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viernes, 14 de noviembre de 2008

DAVID HUERTA: abrir los ojos en la ciudad

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David Huerta (Ciudad de México, 1949) contra el ruido que confirma y no deja pensar, la música de lo que pasa. Pasar es ir de un lado a otro, pero también es expandirse, ampliarse, respirar. "Un paso es un poema". (extracto de la solapa del libro "La música de lo que pasa")
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Fotopoema de Jenni, Esta burbuja en la que vives


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EN LA CIUDAD


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La lluvia cae
sobre la ciudad envenenada.
Un olor de agua
se mezcla
con el agrio tejido
del humo.
El clima pesa
cual una mano
hecha de mecates
y crudos caldos.
Nadie camina por las calles.
Nadie respira
en las habitaciones.
El mundo se cierra
con un lejano chasquido.
Alguien abre los ojos.


David Huerta
La música de lo que pasa
CONACULTA
México, edición de julio 2004

martes, 22 de julio de 2008

DAVID HUERTA: México es un continente poético

David Huerta nació en México en 1949. Poeta, traductor, y ensayista. Realizó estudios de Filosofía y Letras Inglesas y Españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía: El jardín de la luz (Universidad Nacional Autónoma de México, 1972); Cuaderno de noviembre (Era, 1976), 2da. Ed. Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes (Lecturas Mexicanas, 1993); Huellas del civilizado (La Máquina de Escribir, 1977); Versión (Fondo de Cultura Económica, 1978); El espejo del cuerpo (Universidad Nacional Autónoma de México, 1980); Incurable (Era, 1987); e Historia (Ediciones Toledo, 1990), Premio de Poesía Carlos Pellicer, 1990. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1970-1971) y de la Fundación Guggenheim (1978-1979). Ha sido Secretario de Redacción de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica y Coordinador de talleres literarios en la Casa del Lago, de la Universidad Nacional Autónoma de México.



La noche del cuerpo


(para Los cuadernos de la mierda, de Francisco Toledo)

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En la noche del cuerpo se preparan
los alimentos de Dios,
la cena carmesí de los esclavos, el místico bocado
de los turbios amantes-
sudor, lágrimas, mierda-
el humus lento, el óvalo marchito,
el resto náufrago del visionario,
el regalo sedenteque se posa en la tierra-
un vapor de Demonios
rodea los Testimonios.

En la noche del cuerpo
se preparan de nuevo
para sus explosiones
diurnas, para el momento
en que habrán de salir
entre el humo feroz de su estallido.

David Huerta

martes, 8 de enero de 2008

FRANZ TAMAYO: cuando poesía y política se tatúan en el corazón

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Gari, Julius, quizá este poema os revele una forma otra de aproximarse a la pasión, al versar amoroso, en forma y modo que titila lo inmarchitable, líricamente hablando, sin renunciar al binomio gamonediano de belleza y justicia para la más digna poesía.

Vuestro Víktor
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La víbora invisible



---------------------------------------------------- Romance Aymara


Qué sabor tiene el perfume
Que exhala tu obscura tez!
Como una flor se consume
Mi beso en tu obscura tez.
Qué tibio imán invencible
Envuelve tu obscura tez?
-Una víbora invisible
Virtió su magia en tu tez!
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Desmayan en pleno vuelo
Las aves si oyen tu voz.
Dulce envenenado anhelo,
La muerte fluye en tu voz.
¿Qué caricia aborrecible
Rompe en cristales tu voz?
-Una víbora invisible
Canta ardorosa en tu voz!
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Amor tu cadera enarca
Y vierte su fiebre en ti!
Como en mecedora barca
Mi afán apareja en ti!
¿Qué sortilejo terrible
Sacude tu cuerpo así?

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-Una víbora invisible
Baila enloquecida en ti!



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Nació en La Paz, en 1958. Escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua. En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en el campo de concentración de Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio Huelga y represión, hasta que en 1977, tras ser liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia.


Cursó estudios de pedagogía en la Escuela Superior de Profesores, en Estocolmo. Dictó lecciones de quechua en institutos, coordinó proyectos culturales en una biblioteca y ejerció la docencia durante varios años. Ha publicado: Días y noches de angustia (premio nacional de cuento, UTO, 1984), Cuentos Violentos (1991), El laberinto del pecado (1993), El eco de la conciencia (1994), Antología del cuento latinoamericano en Suecia (1995), Palabra encendida (1996), El niño en el cuento boliviano (1999), Cuentos de la mina (2000), Entre tumbas y pesadillas (2002) y Fugas y socavones (2002). Dirigió las revistas literarias PuertAbierta y Contraluz. Escribe para una veintena de publicaciones en América Latina y Europa.


Es miembro de la Asociación de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Participó en el Primer Encuentro Hispanoamericano de Jóvenes Creadores, Madrid, 1985, y fue uno de los principales organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa, Estocolmo, 1991.


Su obra mereció premios y becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Es redactor responsable de la edición digital de Narradores Latinoamericanos en Suecia:


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http://www.narradores.cjb.net

lunes, 17 de diciembre de 2007

Ricardo Menéndez Salmón: Charlie Parker ya no vive (I)

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Poeta de GIJON, nacido en 1971, licenciado en Filosofia por la Universidad de Oviedo, novelista y corrector literario.

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PRIMERA PARTE


CIUDADES



“La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros.
Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.”
Fernando Pessoa





NUEVA YORK



Según afirman los estudiosos del lenguaje,
los esquimales distinguen en sus relatos hasta cincuenta clases
de nieve.
Concienzudos y malolientes, trepados a un marchito trineo,
emplean una palabra distinta para cada forma en que el frío
se disfraza de belleza.
Hay quien opina –cigarro en mano, los labios crueles–
que ésa es una ridícula manera de complicarse la vida.
Pero, igual que una mujer rota no es lo mismo que una mujer
pública,
una nieve con memoria no sugiere lo mismo que una nieve de
difuntos.
Si, invitado por sabios académicos, el cazador de focas visitara
la gran urbe,
la ciudad de los rascacielos sin olor, de los judíos vagabundos,
de los lascivos borrachos que apuran en el Hudson las heces
de la noche,
descubriría con sorpresa y cierto pavor que en el vocabulario
del neoyorquino
“the snow is white, the snow is white, the snow is white”.
Como su lejano y nunca visto amigo hiperbóreo,
el poeta no cree en ningún principio de economía de la palabra.
Por ello sus mujeres no son altas ni bajas, morenas o rubias,
sino vasos de agua, campos de trigo, cometas de carne;
por ello la nieve que hollan sus pies no es blanca ni negra, ni
está limpia o sucia,
sino que es el país de la infancia, una tentación de Narcisos,
un papel abrasado;
por ello Nueva York no es sólo populosa y febril, cosmopolita
y horrenda,
sino que juega con sus máscaras como un cardumen de
peces con las redes de un dios bondadoso.




CHICAGO



De niño (jura el fingidor mientras vigila al terco
sobrino que se cree inmortal), soñaba con las películas
de Nicholas Ray y la Matanza del Día de San Valentín.
De niño (asegura el viajero mientras pela una naranja
frente a la playa desierta), las calles del Estado de
Illinois eran del color de la nostalgia y siempre llovía
sobre los parterres de dalias.

Eran años (fantasea el enfermo fumándose los cigarros
que el médico le prohibe) en que Cyd Charise nos
enseñaba las rodillas y nos manchaba el alma.
Eran años (miente el poeta mendigando un adjetivo
a su esquiva memoria) en que los hombres tenían el
corazón duro y la sonrisa esquiva.

Hoy Chicago es un bruto
que hiede a molicie y aguas fecales.
Como siempre, los mejores años de nuestra vida
resultaron ser de celuloide y cartón de piedra.




NEW ORLEANS


Truman Capote dejó la salud en estas calles.
Nosotros las hemos recorrido por última vez cogidos de la
mano,
novios siniestros con las venas heladas por un beso blanco.

Vaqueros, Arlequines, locos embozados nos saludan desde
los balcones.
Preñados de absenta, ciegos de humo y rotas pianolas
escuchamos a viejas cantantes devanar la cruel madeja de las
estaciones.
¿Recuerdas el sabor de mi boca hace un puñado de siglos,
cuando nuestras pieles eran salvajes e indisciplinadas,
niños al borde de un abismo?
De regreso al hotel, la lluvia nos muerde las nucas.
Pronto, nuestros cuerpos no serán más que recipientes vacíos.
Míralas cómo refulgen. Las cuchillas se han bebido toda nuestra
sangre.



BOSTON


A Poe quiero imaginarlo con bigotes lacios y tabaquera de
plata,
recorriendo en silencio los parques blancos de institutrices.
Llevará en la diestra un paraguas cerrado, un periódico bajo
la axila,
dos quintales de angustia en el santuario del pecho.
“A ese hombre pequeño y pulcro que nadie lo toque –me atreveré
a gritar–,

pues en su cuerpo atesora un millar de prodigios”.
No hay tabernas en su camino. No.

Que el fantasma del alcohol no contamine estas páginas.
Prefiero sentir en su aliento terrores menos diáfanos,
que no entone el aleluya dulzón de los moscateles.
Mujeres pálidas lo tentarán como sirenas de asfalto,
protegidas tras velos y fugaces sonrisas
que el poeta interpretará con el candor de los tristes.

Bajo el reclamo de un roble, dos perros se amarán sin recato,
octubre dibujará en el cielo su leyenda de ceniza y frío,
las bostonianas correrán a cobijarse junto a ebúrneas chimeneas...
Pero basta ya. Dejemos que sus pasos se pierdan al doblar
la esquina.

Mejor que envidiar a los genios es conocerlos así,
despojados de grandeza, ritos, palinodias,
caminantes que deambulan entre la rutina de sus paisanos.




SAN FRANCISCO


Cada ciudad deja una huella en nuestro cuerpo:
una fe de erratas, un adverbio subrayado, un índice de
miedos.
Cada ciudad es una mujer que recorre
la piel insomne de esta calavera.
Cada ciudad es una cifra que el
Tiempo escribe
en el debe o en el haber de los sueños
que forjamos.
Cada ciudad es una imagen torpe pero
necesaria.
Para mí,
San Francisco es James Stewart colgando
de un tejado.
Cuando un día me vaya, viejo y acaso
lujurioso,
me llevaré su pánico conmigo al solar
sin ventanas que es la muerte.


domingo, 9 de septiembre de 2007

ROBERTO JUARROZ: POESIA Y REALIDAD (I)

Yo me he sentido atraído en primer lugar por los elementos de la naturaleza. Nací en un pueblo al borde del campo. Mi padre era jefe de la estación de ferrocarril y teníamos enfrente el horizonte abierto. En esa pequeña ciudad de Coronel Dorrego me acostumbré desde muy chico a los silencios. Esas noches abiertas en donde se veían las estrellas, la luna nítida, los vientos, el agua, el árbol que para mí es un protagonista de la vida. Comencé mis lecturas muy temprano. Me atrajeron cada vez más y dediqué buena parte de mi vida a eso. Mientras tanto se fue configurando como lenguaje predilecto, o elector (tal vez me eligió a mí), la poesía.

Leí mucha poesía, de todos los tiempos y en varias lenguas, y poco a poco se fue formando ese hecho de vida que es escribir. Hasta que sentí que la poesía era un poco flácida, repetitiva, aún en los grandes poetas, con zonas en las cuales cedía la tensión interior, ese rango de intensidad que para mí tiene siempre el poema. Eso me llevó a concebir una poesía más ceñida, más estricta o rigurosa, en donde cada elemento fuera irremplazable. La inclinación fue la de recoger de las situaciones extremas eso que llevamos escondido en nuestro silencio, lo que barajamos y pocas veces decimos. Para eso necesitaba un tipo de lenguaje diferente que dejara de lado lo que las palabras tienen de ornamento, de euforia. Buscar formas de síntesis poética, que no es síntesis intelectual, en donde confluyeran emoción, sensibilidad, inteligencia.

Una forma de expresión que penetrase en las zonas aparentemente prohibidas. Zonas que mucha gente se veda a sí misma por temor. Albert Béguin, en El alma romántica y el sueño, dice que no se lee poesía porque se le tiene miedo. Es que la gran poesía desnuda las cosas. Es la búsqueda de lo abierto, no de una realidad cercada, estrecha, confortable que ya conocemos, sino un territorio que a veces el hombre ignora de sí mismo y en donde surgen, a veces, sus más ricos instantes.

(1993, en una entrevista) Roberto Juarroz



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Que cada uno despierte como es y a lo que pueda. Que no se sienta encerrado en teorías hechas en sistemas fraguados y hasta privilegios y poderes. Yo creo que cuando el poeta es poeta y vive lo que hace, siembra, y la cosecha no es de su responsabilidad. No esperemos efectos inmediatos. Hay que tener la humildad, diría yo, de dejar de esperar en ellos. simplemente, hacer lo que podemos hacer con la palabra que tenemos en las manos, vivir con ellas y olvidarse de los resultados.
(1984, en una entrevista)












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El centro del amor


no siempre coincide


con el centro de la vida.




Ambos centros


se buscan entonces


como dos animales atribulados.


Pero casi nunca se encuentran,


porque la clave de la coincidencia es otra:


nacer juntos.




Nacer juntos,


como debieran nacer y morir


todos los amantes


Roberto Juarroz

lunes, 20 de agosto de 2007

IMPRONTA A JULIO OBESO


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Por la boca del pozo escucho

un eco,

zapateo de rayuelas.

Estoy aquí profundo y fresco:

Profundo y fresco.

Apuesto por los insectos

en horas suicidas.

Habla

el agua que llega de lejos,de antes, de lo

h

o

n

d

o,

como la tristeza.


Julio Obeso




Razón invidente,


aire que quiebra


el silencio


con el rumor


desapercibido


del punto de resistencia.




Esperanza bajo palabra.


Y la vida


que sin reclamo


se erige


en diosa única


del llanto y la melancolía.




Nadie asi,


nadie tan


dispuesto.




Y con prudencia


de abeja


se liba


la flor


oscura, el caliz del tiempo.




Viktor Gómez

lunes, 2 de julio de 2007

EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA

Al fin, el amor. Lorca y Rapún:

Esta tendencia crecería con el devenir de los años, cuando a partir de 1933 dio comienzo, por fin, a una relación plena y henchida de gratificaciones con el secretario de La Barraca, un muchacho matemático y estudiante de ingeniería llamado Rafael Rodríguez Rapún.

Rapún no sólo fue su pareja estable sino también su amigo inseparable. Compartían cada instante del día y de la noche. En las giras de La Barraca por los pueblos de España se hospedaban en la misma habitación, y cuando Pirandello lo invitó a Italia a un festival de teatro, el poeta preguntó si en lugar de llevar a su esposa –como se estilaba– podía llevar a su secretario. Finalmente el viaje no se produjo, pero la relación entre Lorca y Rapún asumió estatuto público más allá de los confines de La Barraca. En los tres últimos años de la vida del poeta, ambos recorrían juntos el Madrid nocturno, la vida de los cafés, de las charlas, de las conferencias, comidas y recitales de aquella bullente capital de la preguerra.

Para quitar todo sesgo platónico a la relación, basta leer los impresionantes Sonetos del amor oscuro, que siguen de algún modo la tradición de los inquietantes sonetos de Shakespeare. Esta colección –que algunos llaman simplemente Sonetos– no fue publicada en vida del poeta, y su edición se hizo esperar largamente. Se sabe que están inspirados en Rapún, aunque en la composición de estos poemas de amor el poeta haya sido cuidadoso, trabajando la ambigüedad de las palabras para que ningún adjetivo o participio se delatara en masculino, y descartando el esperable y "normalizador" femenino de la lengua española.

A casi diez años de la deshumanizada composición "Oda a Salvador Dalí", que el joven Lorca había compuesto deslumbrado por la estética y la personalidad de su amigo pintor, este Lorca hipersensible de los Sonetos permite a su voz explayarse, en primera persona y sin vergüenza alguna, acerca de su propia pasión:

"Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma sobre tu cintura,
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura."

Llega la muerte

Cuando Rafael Rodríguez Rapún se enteró de que Federico había sido ejecutado en su propia tierra natal de Granada, se enroló en el Ejército Republicano, alcanzando pronto el grado de teniente. Murió en combate exactamente un año después que García Lorca –el 18 de agosto de 1937– en el hospital de Santander, por las heridas recibidas bajo la ráfaga de una metralla de los aviones enemigos, de la que no intentó guarecerse, como sí hicieron sus compañeros. Sólo tenía veinticinco años.

Extracto del artículo de Andrea Blanqué " García Lorca: el hombre que rompió la máscara".

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"... Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus Sonetos de amor oscuro, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento; puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: '(...) ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!' Me miró y me sonrió como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para el honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la capacidad sin par del corazón de su poeta."

Vicente Aleixandre recordando a Lorca


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Amor de mis entrañas, viva muerte,




en vano espero tu palabra escrita




y pienso, con la flor que se marchita,




que si vivo sin mi quiero perderte.




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El aire es inmortal, la piedra inerte




ni conoce la sombra ni la evita.




Corazón interior no necesita




la miel helada que la luna vierte.






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Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,




tigre y paloma, sobre tu cintura




en duelo de mordiscos y azucenas.




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Llena, pues, de palabras mi locura




o déjame vivir en mi serena




noche del alma para siempre oscura.




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FEDERICO GARCIA LORCA


domingo, 10 de junio de 2007

BRECHT PARA JULIO OBESO


COMO ERA II


Tus penas eran mis penas,

las mías, tuyas.

Si no estabas tú contenta,

yo no lo estaba.


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DEBILIDADES


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No tenías ninguna,

yo sólo una,

que amaba.

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Versiones de Jesús Munárriz y Jenaro Talens



LECCIÓN DE AMOR


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Pero chiquilla, te recomiendo

algo de seducción en los grititos:

carnal me gusta el alma

y con alma la carne.

La castidad no puede rebajar la lujuria;

si estuviese hambriento me gustaría saciarme.

Me apetece que la virtud tenga trasero

y que el trasero tenga sus virtudes.

Desde que el dios aquel cabalgó al cisne

a más de una chica le da miedo,

aunque también sufra con gusto

que él se aferre al canto del cisne.


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Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens

viernes, 1 de junio de 2007

POEMAS PARA JULIO OBESO (I)

"La esgrimista" de Jean Béraud (Francia 1849-1936)


EL QUEMADO


De la mañana a la tarde

me consumes, sol; me secas

con tu gran ojo sin alma;

pero así la noche al fin

halla en mí el duro carbón

que no podrá disolver,

y al corazón seco vuelve,

sombría y fresca, la savia

que blanca le sorbió el día.


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Tomás Segovia (Valencia, 1927)
Poeta y escritor mexicano de origen español, figura fundamental de la poesía de México. Nacido en Valencia (España), estudió en Francia y Marruecos. Llegó exiliado a México, donde dio cursos en El Colegio de México y otras universidades. Fundó la publicación Presencia (1946), fue director de la Revista Mexicana de Literatura (1958-1963), formó parte de la revista Plural y colaboró en Vuelta. Su labor como poeta no está separada de la crítica y la traducción, de la enseñanza y la polémica. La escritura de Segovia es un umbral en el que la intimidad se hace pública, se hable de erotismo o de lingüística, se escriba un diario o un diálogo político. Entre sus libros de poemas de tema amoroso y preocupación metafísica destacan: La luz provisional (1950), El sol y su eco (1960), Anagnórisis (1967), Figura y secuencias (1979) y Cantata a solas (1985). Su obra Casa del nómada (1994) reúne los libros Partición, Lapso y Orden del día. En 1997 publicó Fiel imagen. Entre sus ensayos hay que mencionar Contracorrientes (1973), Poética y profética (1986) y Alegatorio (1997). Segovia ha escrito también una obra de teatro, Zamora bajo los astros (1959), y de narrativa, como Trizadero (1974) y Personajes mirando una nube (1981). En 2001 publicó la colección de relatos Otro invierno.
Premio de Literatura Juan Rulfo 2005