sábado, 25 de agosto de 2007

Poéticas electrónicas: una aproximación al estudio semiótico de la “e-poesía” (IV)

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Según Bootz (1997) el “texto-escrito” es aquél creado por el autor y que está estructurado según una lógica propia y específica de ese autor. El “texto para ver” (“texte-à-voir”), es aquél que es aprehendido, captado, capturado, por el lector. Se inserta en el tiempo, esto es, en la duración de la lectura individual, en un instante concreto y preciso, al menos para el lector. A partir de este “texte-à-voir”, el lector se forja una imagen mental, un “texto-leído”, que es el espacio de la construcción del sentido. En síntesis, el “texto-escrito” está caracterizado por una estructura aplicada por el autor a una serie de códigos informáticos y a una serie de informaciones digitales. Este texto es un generador, intemporal, que produce los “textos para ver”, que sí están situados en el tiempo. La suma de un contexto a este “texto para ver” produce una imagen mental, el “texto-leído”, que activa la producción de sentido para el lector. La lectura se convierte, entonces, en un acto individual, único, subjetivo. Dos lectores podrán “capturar” dos “textos para ver” diferentes, que se correspondan a dos generaciones distintas de un mismo “texto-escrito”. Estos conceptos parecen muy útiles para dar cuenta de una manera completa de una cuestión que es central a propósito de la relación entre la literatura y la informática, como es la interactividad. Si ésta consigue introducir el lector en el texto, nos podemos a su vez preguntar si el lector no puede tambíen intervenir en el texto, intervenir en él, de forma irreversible. Por lo que respecta a la literatura electrónica, dicha “reintervención” se sitúa más bien en el nivel del “texto para ver” que no en el “texto-leído”.

Poéticas electrónicas: una aproximación al estudio semiótico de la “e-poesía” (III)

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Esto significa que la particularidad “informática” de la literatura no está circunscrita a una forma literaria en particular, sino que más bien reside en una concepción de la obra. La informática invade la literatura, no para aniquilarla, sino para transformarla. Así, pues, a la poesía sonora y visual y los generadores de texto se suma la poesía dinámica, los poemas de lectura única, los poemas animados, etc. A través de estas múltiples realizaciones, como se dice en el folleto de presentación del primer número de la revista alire, ha sido tanto la “posición del lector la que ha sido repensada” como la “definición de lo escrito” la que ha tenido que ser reformulada, cosa que afecta también al estatuto mismo de la noción de autor. Así pues, los tres ejes del esquema básico de la comunicación literaria “autor-texto-lector” se ven alterados por estas obras electrónicas, necesitan ser repensados a la luz de lo aportan, desde el punto de una óptica literaria, las tecnologías digitales.
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El estudio de las poesías electrónicas presenta dos principales dificultades. La lectura de un texto electrónico generado, ya se trate una generación automática de textos o de poesía animada visual dinámica, rompe con la lectura de textos en formato impreso. ”Leer” es siempre leer en el sentido de que esta acción consiste siempre en percibir y captar signos que emanan del trabajo de un “autor”, pero la manera, las disposiciones que reclama la lectura de los textos electrónicos, que es una escritura ambigua, no fijada, flotante, son radicalmente nuevas. La segunda dificultad tiene que ver con que la poesía electrónica no es únicamente una poética de la pantalla (esto es, de lo que va a ser leído), sino también, y especialmente, una poética de la programación: de los códigos, de los algoritmos y de los cálculos que constituyen su fundamento: la tarea del escritor la encontramos no únicamente en el texto a leer, sino en la programación. Es, pues, el poeta electrónico un creador de potencialidades, no de concreciones. La poesía electrónica por ordenador es una escritura en potencia que se hace acto únicamente en el momento de la lectura. No debemos olvidar que la pantalla no es la página. La página del escritor, del poeta, es un soporte material y fijado. En la literatura electrónica, el soporte es una serie de bits registrados en la memoria del ordenador. Es un soporte, por su propia naturaleza, inestable, y el trabajo de los escritores es explotar lo máximo posible esta especificidad. Si definimos provisionalmente que la escritura informática es aquella en la que el “escritor” se encarga de la programación y de cuidarse de su realización, lo que es cierto es que la informática nos impela a preguntarnos qué quiere decir en este caso escribir: nos obliga a reformular un nuevo concepto de escritura literaria. Nos estamos refiriendo a un tipo de literatura (nos centraremos más en la poesía) en la que los programas informáticos intervienen directamente en la creación literaria, y que crean una nueva relación entre el ser humano y la máquina. El ordenador no es concebido como un útil, como un simple instrumento más “moderno” de escritura, sino como el lugar, el espacio vital de la obra (Papp, 2000: 21). Es en este espacio vital donde se desarrolla el trabajo creativo, donde el ordenador impone sobre las facultades que éste posee y que lo distingue de todas las máquinas y de todas los tecnologías de escritura conocidas hasta el momento presente: sus posibilidades combinatorias infinitas, el azar concebido como una fórmula matemática y la interactividad.
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En este contexto podríamos afirmar que la originalidad de la poesía electrónica no reside en el resultado de sus producciones cuanto en los procedimientos de la creación. Como ya dijimos anteriormente, en este tipo de texto digital resulta necesario considerar los procedimientos de producción, por una parte, que hacen referencia al lenguaje informático (como las operaciones algorítimicas) donde se constituye la materialidad escrita del texto, y, por la otra, la manera en como el texto se presenta al lector en la pantalla, esto es, su apariencia en el momento preciso en que dicho texto está archivado y en el momento concreto y puntual en que es leído. Aunque no sean perceptibles en el mismo espacio, estos dos aspectos son complementarios. El primero pertenece a lo que podríamos llamar el dominio del autor y el segundo al del lector. Y, así, surgen diferencias respecto a la noción de “texto”, según lo pongamos en relación con el polo “autor/texto” o en relación con el polo “lector/texto”. Estas diferencias pueden traducirse por los conceptos “texto-escrito”, “texto para ver” (“texte-à-voir”) y “texto-leído” (“texte-lu”) que han sido propuestos por Philippe Bootz (1997; 1999)[3].


Poéticas electrónicas: una aproximación al estudio semiótico de la “e-poesía” (II)

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El estudio de las poesías electrónicas presenta dos principales dificultades. La lectura de un texto electrónico generado, ya se trate una generación automática de textos o de poesía animada visual dinámica, rompe con la lectura de textos en formato impreso. ”Leer” es siempre leer en el sentido de que esta acción consiste siempre en percibir y captar signos que emanan del trabajo de un “autor”, pero la manera, las disposiciones que reclama la lectura de los textos electrónicos, que es una escritura ambigua, no fijada, flotante, son radicalmente nuevas. La segunda dificultad tiene que ver con que la poesía electrónica no es únicamente una poética de la pantalla (esto es, de lo que va a ser leído), sino también, y especialmente, una poética de la programación: de los códigos, de los algoritmos y de los cálculos que constituyen su fundamento: la tarea del escritor la encontramos no únicamente en el texto a leer, sino en la programación. Es, pues, el poeta electrónico un creador de potencialidades, no de concreciones. La poesía electrónica por ordenador es una escritura en potencia que se hace acto únicamente en el momento de la lectura. No debemos olvidar que la pantalla no es la página. La página del escritor, del poeta, es un soporte material y fijado. En la literatura electrónica, el soporte es una serie de bits registrados en la memoria del ordenador. Es un soporte, por su propia naturaleza, inestable, y el trabajo de los escritores es explotar lo máximo posible esta especificidad. Si definimos provisionalmente que la escritura informática es aquella en la que el “escritor” se encarga de la programación y de cuidarse de su realización, lo que es cierto es que la informática nos impela a preguntarnos qué quiere decir en este caso escribir: nos obliga a reformular un nuevo concepto de escritura literaria. Nos estamos refiriendo a un tipo de literatura (nos centraremos más en la poesía) en la que los programas informáticos intervienen directamente en la creación literaria, y que crean una nueva relación entre el ser humano y la máquina. El ordenador no es concebido como un útil, como un simple instrumento más “moderno” de escritura, sino como el lugar, el espacio vital de la obra (Papp, 2000: 21). Es en este espacio vital donde se desarrolla el trabajo creativo, donde el ordenador impone sobre las facultades que éste posee y que lo distingue de todas las máquinas y de todas los tecnologías de escritura conocidas hasta el momento presente: sus posibilidades combinatorias infinitas, el azar concebido como una fórmula matemática y la interactividad.

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En este contexto podríamos afirmar que la originalidad de la poesía electrónica no reside en el resultado de sus producciones cuanto en los procedimientos de la creación. Como ya dijimos anteriormente, en este tipo de texto digital resulta necesario considerar los procedimientos de producción, por una parte, que hacen referencia al lenguaje informático (como las operaciones algorítimicas) donde se constituye la materialidad escrita del texto, y, por la otra, la manera en como el texto se presenta al lector en la pantalla, esto es, su apariencia en el momento preciso en que dicho texto está archivado y en el momento concreto y puntual en que es leído. Aunque no sean perceptibles en el mismo espacio, estos dos aspectos son complementarios. El primero pertenece a lo que podríamos llamar el dominio del autor y el segundo al del lector. Y, así, surgen diferencias respecto a la noción de “texto”, según lo pongamos en relación con el polo “autor/texto” o en relación con el polo “lector/texto”. Estas diferencias pueden traducirse por los conceptos “texto-escrito”, “texto para ver” (“texte-à-voir”) y “texto-leído” (“texte-lu”) que han sido propuestos por Philippe Bootz (1997; 1999)[3].

Poéticas electrónicas: una aproximación al estudio semiótico de la “e-poesía” (I)

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Gérard Genette, en el inicio de su brillante artículo “Ficción y dicción” se plantea que, si no hubiera temido tanto al ridículo, dicho estudio tendría que haberse titulado “¿Qué es la literatura?”. Argumenta el teórico francés que, sabiendo que no podría dar una respuesta definitiva a tal pregunta, había preferido no formularla: lo cual era una muestra de gran sabiduría. No sé demasiado bien si el hecho de que esta comunicación no se titule “¿Qué es la literatura electrónica?” también es signo de inteligencia. De lo que sí estoy seguro es que, de haberla formulado, tampoco no se le hubiera podido dar una respuesta satisfactoria, ya que se trata de una literatura en fase de formación. Ello no debe significar, en todo caso, que no debamos plantearnos la necesidad de estudiar y de analizar, como semióticos y como teóricos de la literatura, estas nuevas formas de manifestación de aquello que, aún hoy, hemos convenido en seguir dándole el nombre de literatura. Porque, y ésta es una de las ideas que me gustaría saber transmitir, no podemos dar la espalda o simplemente cerrar los ojos a esas nuevas formas de textualidad que, bajo las diversas etiquetas de literatura informática, literatura generada por ordenador, literatura electrónica o ciberliteratura, nos han mostrado que existe una literatura íntimamente vinculada a las particularidades de la informática y que han ampliado el campo de lo que venimos llamando “lo” literario.

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Aunque la literatura electrónica (y más concretamente la poesía por ordenador) tiene ya una larga historia[1], que arranca en 1959 en Alemania cuando un ingeniero, Théo Lutz, y un lingüista, Max Bense, consiguieron programar un “calculador” para generar los primeros versos por ordenador de la historia, así como el gran interés mostrado posteriormente por diversos componentes del OULIPO por las posibilidades de crear una literatura combinatoria y aleatoria mediante el uso de las computadoras y las máquinas, también parece evidente que el rechazo o el menosprecio por parte de teóricos y estudiosos de la literatura ante estas prácticas literarias ha sido prácticamente unánime.

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Las causas pueden ser múltiples. Creo que, aún hoy, el recelo ante la totalidad de la literatura informática es una consecuencia del temor provocado por las primeras muestras de literatura generada por ordenador realizadas durante la década de los 60 por algunos miembros del OULIPO (“Ouvroir de Littérature Potentielle”, y en su posterior derivado informático, el ALAMO (l’“Association pour la Littérature Asistée par la Mathématique et par l’Ordinateur”, nacida en 1981), que hicieron realidad la vieja intuición de que llegaría un día en que las máquinas podrían ser capaces de crear textos poéticos de manera automática. La existencia, pues, de generadores automáticos, capaces de “producir” textos y más textos literarios, siempre diferentes, hasta el infinito, que no podían ser ni copiados ni almacenados, era radicalmente novedosa y problemática. No sólo porque el recurso a la informática modificaba profundamente los procesos de creación de obras literarias, y porque se producía una mutación radical de los vínculos entre el “autor” inicial, el “poeta” y su obra, así como el papel que desarrollaba el lector en los procesos de lectura, sino también porque podían poner en cuestión algunos concepciones ideológicas previas sobre la literatura.

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La reacción más habitual a la existencia de dichas prácticas de creación literaria combinatoria y aleatoria ha sido la de considerarlas como “subliteratura tecnológica”, como una especie de literatura de laboratorio que expone burdamente sus procedimientos, lo cual permite seguir sacralizando aún más el acto literario anterior, aquél que tiene como objetivo final el ser fijado en el formato del libro impreso y que identifica creatividad con “genialidad” entendida como una idea totalmente opuesta a la de invención. La sacralización de la que hablaba, y que ve en la literatura combinatoria, aleatoria y automática una seria amenaza y un peligro para cierta manera de entender el humanismo, es la que afirma que la máquina (el ordenador) jamás podrá ser capaz de producir textos literarios de una calidad poética y estética que estén a la altura de los escritos producidos por autores de carne y hueso (Balpe, 1995: 22). En general se han rechazado este tipo de prácticas poéticas, alegando que el estado actual de los textos generados por ordenador se caracteriza por una inferioridad literaria —por no decir pobreza— en comparación con la auténtica creación de autor. Contrariamente, algunos de los miembros del OULIPO, pensamos en Italo Calvino, pensaban que la potencialidad del lenguaje era tan grande que iba a acabar anulando o multiplicando la personalidad del autor e, incluso, las máquinas de escritura podrían acabar siendo capaces de producir páginas escritas con personalidad propia, lo que hacía dudar de la concepción literaria tradicional en la que el autor es el centro indiscutible de la creatividad literaria. Escribe Calvino: “Scompaia dunque l’autore, questo enfant gaté –bambino viziato– dell’inconsapevolezza, per lasciare il suo posto a un uomo più cosciente, che saprà che l’autore è una macchina è saprà come questa macchina funziona.” (Calvino, 1981). Philippe Bootz, uno de los poetas electrónicos en lengua francesa más interesantes y que más ha reflexionado sobre las relaciones entre poesía y ordenador, afirma que este argumento de la debilidad del texto generado por ordenador resulta tan falaz como la de aquellos que consideraban que una máquina nunca podría ganar una partida de ajedrez. No debemos olvidar que esto ya ha ocurrido.




No toda la literatura electrónica, sin embargo, es literatura generada automáticamente por ordenador. Si bien es cierto, como decíamos, que la literatura electrónica (y, especialmente, la poesía electrónica en soporte CD, que será el género discursivo en el que centraré esta aproximación) mantiene una estrecha vinculación histórica con una tradición literaria ya conocida, de raíz vanguardista, y que se emparentaría con la poesía visual (denominación común de un conjunto de obras en las que su materia prima es el lenguaje visivo y que hacen del espacio una materialidad del significado), con la poesía sonora (aquella entendida como emanación de la lengua oral y que no puede tener equivalencia escrita, si no es por aproximación) y con la poesía de aspecto clásico pero combinatoria, como la del OULIPO y su idea de la literatura potencial (sé que puede resultar chocante llamar clásica, por ejemplo, a la idea de Raymond Queneau de sus Cent mille milliards de poèmes, diez sonetos de catorce versos cada uno en los que el lector puede, a su voluntad, reemplazar cada verso por los nueves restantes que le correspondan: el lector puede, así, componer él mismo 1014 poemas, es decir, cien mil miles de millones de poemas diferentes que respetan todas las reglas del soneto, por lo que el resultado final de cada una de las elecciones sí es una poesía de aspecto clásico), si bien es cierto, como decía, que existe esa vinculación histórica entre la poesía por ordenador y estas prácticas literarias de raigambre vanguardista, también lo es que, a partir de finales de los años 80, algunos escritores quisieron desmarcarse de la práctica automática de textos y experimentar las nuevas posibilidades creativas que ofrecía la informática a la hora de elaborar textos poéticos.



Mientras que la gente del OULIPO y del ALAMO habían acudido a la informática porque, para ellos, se había convertido en un útil, en una herramienta muy poderosa y llena de posibilidades para plasmar sus ideas de literatura potencial y de creación lingüística, los nuevos escritores surgidos al entorno de la revista francesa alire, creada en París en enero de 1989 por el equipo L.A.I.R.E. (Lecture, Art, Innovation, Recherche, Écriture)[2], querían que la literatura informática fuera vista, simplemente, como una literatura producida en un nuevo soporte, el digital, que iba a necesitar, para ser creada y para ser leída, de una mediación llamada ordenador. Antes de la irrupción del CD-ROM y de la explosión de Internet, a través de dicha revista se difundió a un público minoritario todo un conjunto de obras poéticas producidas y destinadas a ser leídas exclusivamente mediante el ordenador: textos de fuente (source) electrónica, como ellos las llaman.
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Su objetivo era el de crear Literatura, con mayúsculas. Teniendo en cuenta, con todo, que la materialidad con la que se trabaja es radicalmente distinta, se hace posible que acabe cuestionando la naturaleza misma del concepto de literatura: esa nueva materialidad es el medio digital, identificado con el ordenador, concebido como una lugar de innovación (lieu d’innovation). Es en este sentido que estoy de acuerdo con Philippe Bootz cuando advierte que, a la hora de estudiar y analizar la literatura creada por ordenador, no debemos conformarnos con la idea que la informática ha contribuido únicamente a la creación y la difusión de un tipo de obras especificas, que sólo pueden ser leídas a través del ordenador, sino que también ha modificado profundamente la manera de concebir la creación literaria en su totalidad (Bootz,1998).




Esto significa que la particularidad “informática” de la literatura no está circunscrita a una forma literaria en particular, sino que más bien reside en una concepción de la obra. La informática invade la literatura, no para aniquilarla, sino para transformarla. Así, pues, a la poesía sonora y visual y los generadores de texto se suma la poesía dinámica, los poemas de lectura única, los poemas animados, etc. A través de estas múltiples realizaciones, como se dice en el folleto de presentación del primer número de la revista alire, ha sido tanto la “posición del lector la que ha sido repensada” como la “definición de lo escrito” la que ha tenido que ser reformulada, cosa que afecta también al estatuto mismo de la noción de autor. Así pues, los tres ejes del esquema básico de la comunicación literaria “autor-texto-lector” se ven alterados por estas obras electrónicas, necesitan ser repensados a la luz de lo aportan, desde el punto de una óptica literaria, las tecnologías digitales.


viernes, 24 de agosto de 2007

BOFF: ABAJAR AL DIOS, HUMANIZACION Y POSIBILIDAD DE VIDA LOGRADA

Charla de Leonardo Boff
mostrando su apoyo
a la comunidad
de San Carlos Borromeo

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Gran parte de la comunidad científica considera como dato seguro que el universo y nosotros mismos venimos de una inconmensurable explosión -big bang- ocurrida hace cerca de 13.700 millones de años. Existe un último fósil de ese evento, verificado por la ciencia. En 1965 dos técnicos estadounidenses de la Bell Telephone Laboratories de New Jersey, Arno Penzias y Robert Wilson construyeron un aparato de microondas ultrasensible. Al probar el aparato, constataron que en él había un ruido que no podían limpiar. Venía uniformemente de todas las partes del universo, una onda bajísima de tres grados Kelvin.
¿Cuál era el origen de este ruido cósmico de fondo? Ellos y otros astrofísicos constataron que era el último eco de la gran explosión y el resto final que quedaba de la irradiación inicial. Tomando como referencia las galaxias más distantes que se alejan de nosotros a gran velocidad y cuya radiación roja nos está llegando ahora, concluyeron que tal hecho había ocurrido cerca de 13.700 millones de años atrás. Por este descubrimiento, Penzias y Wilson ganaron el premio Nóbel de física en 1978.
Es decir, nuestra edad no es la de nuestro nacimiento sino la del nacimiento del universo hace todos esos miles de millones de años, cuando estábamos potencialmente todos juntos allí con los demás seres del universo. Este dato sería, según algunos, el mayor descubrimiento realizado por la ciencia.

¿Qué había antes del big bang? Los cosmólogos sugieren que lo que había era el vacío cuántico, el estado de energía de fondo del universo, origen de todo lo que existe. Otros lo llaman abismo alimentador de todo ser. Condensación de él sería aquel puntito que primero se hinchó como un balón y después explotó dando origen tal vez, según la teoría de las cuerdas, a otros eventuales mundos paralelos. Pero el vacío cuántico, última realidad alcanzada por la microfísica, es todavía una realidad discernible. Es el antes. Pero ¿qué había antes de ese antes discernible?






En un programa de radio le preguntaron a Penzias qué había antes del big bang y del vacío cuántico. Él respondió: “No lo sabemos, pero razonablemente podemos decir que no había nada”. Inmediatamente llamó una oyente, irritada, acusando a Penzias de ateo. Él sabiamente respondió: “Señora, creo que usted no se ha dado cuenta de las implicaciones de lo que acabo de decir. Antes del big bang no había nada de lo que hoy existe. Si lo hubiera cabría preguntar: ¿de dónde vino?”. Sigue comentando que si había la nada y de repente empezaron a aparecer cosas era señal de que Alguien las había sacado de la nada, y concluye diciendo que su descubrimiento podrá llevar a la superación de la histórica enemistad entre ciencia y religión.
Lo que podemos decir honradamente es que antes del antes había lo Incognoscible, lo Impenetrable, el Misterio. Pues bien, los nombres que las religiones atribuyen a aquello que llaman Dios o Tao, Yavé, Olorum o cualquier otra Entidad, quieren expresar exactamente lo Incognoscible y el Misterio al que se refería Penzias. Por lo tanto “había Dios”. Él no creó el mundo en el tiempo y en el espacio sino con el tiempo y con el espacio.
¿Qué había antes del antes? Ahora podemos balbucear: había la «Realidad» fuera del espacio-tiempo, en el equilibrio absoluto de su movimiento, la Totalidad de simetría perfecta, la Energía infinita y el Amor desbordante. Ni siquiera deberíamos usar tales nombres, pues los nombres surgieron después, cuando ya todo había sido traído a la existencia. Verdaderamente deberíamos callar. Pero como somos seres hablantes, usamos palabras, aunque no dicen nada. Sólo son flechas que apuntan hacia un Misterio."


Leonardo Boff

ANA MARIA ESPINOSA: LA CONVENIENTE PREGUNTA DEL POETA






Qué recuento
desde qué ángulo
en qué pálpito
sobre qué sangre
se alza inmenso
un Dios de piedra.
Interrogad a los vencedores
por los caídos,
al pan por la levadura
al cincel por la roca.
Preguntad por las sombras.
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Suma traditio.
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Ana María Espinosa.

¿ES POSIBLE EL DEVENIR DE UN SIGLO DELEUZIANO?


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TENDRE QUE ERRAR SOLO.
(Jaques Derrida sobre Deleuze)
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Texto publicado en Libération, París, 7 de noviembre de 1995. Traducción de Manuel Arranz en «Cada vez única, el fin del mundo», Valencia, Pre-Textos, 2005.
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Demasiado que decir, y hoy no tengo ánimo para ello. Demasiado que decir sobre lo que nos acaba de suceder, sobre lo que me acaba de suceder a mí también, con la muerte de Gilles Deleuze, con una muerte temida sin duda (sabíamos que estaba muy enfermo), con esta muerte concreta, esta imagen inimaginable cuyo acontecimiento seguirá ahondando, todavía más si es posible, el doloroso infinito de otro acontecimiento. Deleuze el pensador es ante todo el pensador del acontecimiento, y siempre de este acontecimiento. Lo fue del principio al fin. Releo lo que decía del acontecimiento, ya en 1969, en uno de sus mejores libros. Logique du sens. Primero cita a Bousquet («A mi gusto por la muerte, dice Bousquet, que era un fallo de la voluntad, sustituiré un deseo de morir que sea la apoteosis de la voluntad»), y luego continúa: «De ese gusto a ese deseo, nada cambia en cierto modo, salvo un cambio de la voluntad, una especie de salto de todo el cuerpo, sin moverse del sitio, que troca su voluntad orgánica por una voluntad espiritual, que desea ahora no exactamente lo que sucede, sino algo en lo que sucede, algo por venir que está de acuerdo con lo que sucede, de acuerdo con las leves de una oscura conformidad humorística: el Acontecimiento. En este sentido es en el que el amor fati se identifica con la lucha de los hombres libres». (Habría que citar interminablemente.)












Demasiado que decir, sí, sobre el tiempo que con tantos otros de mi «generación» tuve la suerte de compartir con Deleuze, sobre la suerte de pensar gracias a él, pensando en él. Desde el principio, todos sus libros (pero sobre todo Nietzsche, Difference et Répètition, Logique du sens) fueron para mí no sólo fuertes incitaciones a pensar, por supuesto, sino que en cada ocasión la experiencia turbadora, tan turbadora, de una proximidad o de una afinidad casi completa con las «tesis», si puede decirse así, a través de las diferencias demasiado evidentes en aquello que llamaré, a falta de palabra mejor, el «gesto», la «estrategia», la «manera”: de escribir, de hablar, de leer quizás. Por lo que respecta, aunque esta palabra no es apropiada, a las «tesis», y concretamente a aquella que concierne a una diferencia irreductible a la oposición dialéctica, una diferencia «más profunda» que una contradicción (Différence et Répètition), una diferencia en la afirmación felizmente repetida («sí, sí»), la asunción del simulacro, Deleuze sigue siendo sin duda, a pesar de tantas diferencias, aquel de quien me he considerado siempre más cerca de entre todos los de esta «generación», jamás he sentido la menor «objeción» insinuarse en mí, ya fuese virtualmente, contra ninguno de sus discursos, incluso si ha sucedido a veces que haya protestado contra tal o cual proposición de L’Anti-Œdipe (se lo dije un día mientras volvíamos juntos en coche de Nanterre, después de haber asistido a la lectura de una tesis sobre Spinoza) o tal vez contra la idea de que la filosofía consista en «crear» conceptos. Me gustaría tratar un día de explicarme a propósito de semejante acuerdo sobre el contenido filosófico cuando ese mismo acuerdo no excluye nunca todas esas distancias que no sabría, todavía hoy, nombrar o situar. (Deleuze había aceptado la idea de publicar un día una larga entrevista improvisada entre nosotros sobre este tema, pero tuvimos que esperar, que esperar demasiado.) Únicamente sé que esas diferencias jamás dieron lugar entre nosotros a otra cosa que amistad. Jamás una sombra, ningún gesto, que yo sepa, ha indicado lo contrario. Esto es algo tan raro en nuestro medio que por eso quiero hacerlo constar aquí en este momento. Esta amistad no tenía que ver solamente con el hecho, por lo demás significativo, de que tuviésemos los mismos enemigos. Nos veíamos poco, es cierto, sobre todo en los últimos años. Pero todavía puedo oír el sonido de su voz un poco cascada diciéndome tantas cosas que me gusta recordar literalmente («mi enhorabuena», me susurró con una amable ironía un verano de 1955 en el patio de la Sorbona cuando yo estaba a punto de conseguir una agregaduría: o bien, con la misma amabilidad del veterano: «Es una pena que dediquéis todo ese tiempo a esta institución [el Colegio Internacional de Filosofía], preferiría que os dedicaseis a escribir…». Recuerdo también la memorable década «Nietzsche» en Cerisy, en 1972, y tantos y tantos otros momentos que me hacen, sin duda como a Jean François Lyotard (que se encontraba también allí), sentirme hoy muy solo, como un melancólico superviviente de eso que llamamos, con esa terrible y un poco falsa palabra, una «generación». Cada muerte es única, sin duda, y por lo tanto insólita, pero ¿podemos llamarla insólita cuando, de Barthes a Althusser, de Foucault a Deleuze, se ceba de ese modo en la misma «generación», como en serie –y Deleuze fue también el filósofo de la singularidad serial–, podemos llamar insólitas todas esas muertes fuera de lo común?
























Sí, todos amábamos la filosofía, ¿quién puede negarlo? Pero es verdad, lo dijo él mismo, que Deleuze era de todos, en esta «generación», el que practicaba la filosofía más alegremente más inocentemente. Me parece que no le habría gustado la palabra que he utilizado antes, «pensador». Habría preferido «filósofo». Se reconocía a este respecto «el más inocente (el más exento de culpabilidad por “hacer filosofía”» (Pourparlers 1972-1990). Ésta era sin duda la condición para dejar en la filosofía de este siglo la profunda, la incomparable huella que ha dejado. La huella de un gran filósofo y de un gran profesor. El historiador de la filosofía que procedió a una especie de selección para configurar su propia genealogía (los estoicos, Lucrecio, Spinoza. Hume, Kant, Nietzsche, Bergson, etcétera), fue también un inventor de filosofía que no se encerró jamás en ningún coto filosófico (escribió sobre la pintura, el cine y la literatura, Bacon, Lewis Carrol, Proust, Kafka, Melville, etcétera).








Y además quiero decir también aquí que me gustaba y admiraba su manera –siempre justa– de tratar con la imagen, los periódicos, la televisión, la escena pública y las transformaciones que ha experimentado en el curso de los últimos decenios. Economía y prudente retirada. Me sentía solidario con lo que él hacía y decía a este respecto, por ejemplo en una entrevista en Libération a raíz de la publicación de Mille Plateaux (en la línea de su panfleto de 1977). «Habría que saber», decía, «lo que está pasando actualmente en el terreno de los libros. Vivimos desde hace algunos años un periodo de reacción en todos los dominios. No hay ninguna razón para que no afecte también a los libros. Estamos a punto de fabricarnos un espacio literario, lo mismo que un espacio jurídico, un espacio económico, político, completamente reaccionarios, prefabricados y agobiantes. Yo creo que hay ahí una empresa sistemática que Libération tendría que haber analizado». Esto es «mucho peor que una censura», añadía, pero «este periodo de esterilidad no durará eternamente». Tal vez, tal vez. Como Nietzsche y como Artaud, como Blanchot, otras admiraciones compartidas, Deleuze no perdió nunca de vista esa alianza de la necesidad con lo aleatorio, con el caos y lo intempestivo. Cuando escribí sobre Marx hace tres años, en el peor momento, me tranquilicé un poco al saber que él pensaba hacerlo también. Y voy a releer esta tarde lo que él decía en 1990 a este respecto:
Felix Guattari y yo hemos seguido siendo marxistas, de dos maneras diferentes, tal vez, pero los dos. Porque no creemos en una filosofía política que no esté centrada en el análisis del capitalismo y de su evolución. Lo que más nos interesa de Marx es el análisis del capitalismo como sistema inmanente que no cesa de rechazar sus propios límites, y que se los vuelve a encontrar siempre a una escala más grande, porque el límite es el Capital mismo.
Continuaré o recomenzaré a leer a Gilles Deleuze para aprender, y tendré que errar solo en esa larga entrevista que debíamos haber hecho juntos. Mi primera pregunta, creo, habría tratado de Artaud, de su interpretación del «cuerpo sin órganos», y de esa palabra, «inmanencia», a la que siempre recurrió, para hacerle decir o para dejarle decir algo que todavía sigue secreto para nosotros. Y habría intentado decirle por qué su pensamiento no me ha abandonado nunca desde hace casi cuarenta años. ¿Cómo podré hacerlo ahora?