Bitácora de Víktor Gómez “Valentinos para compartir noticias, actos y novedades culturales, escrituras, encuentros literarios, presentaciones de libros, crítica y reseñas y otras varias curiosidades.
de tanta ligereza me recubro que me filtro como aire por las materias sólidas. Los párpados ignoran cómo abrirse, al golpe soy retráctil y el espejismo de una madre llega a cuidarme las heridas que me deja el verdugo.
De tanta ligereza que tiemblo de humildad en un rincón oscuro, que sueño con banquetes de ratones y arsénico, y este equipaje de huesos parece un hotel donde vegetan los días, revueltos avisperos del insomnio.
Chile, primero y Argentina después, Décadas de los 70 y 80.
Y todos estábamos vivos, de Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950), documenta una peculiar mirada al mundo: una mirada que no pretende acuarelar lo observado, ni recamar la página de estribillos o analogías, sino sugerir el espasmódico bullir de lo real. Por eso sus versos abundan en ojos –“los ojos que se es”– y en referencias pictóricas, que dan cuenta de la formación estética de la autora, pero también del acto asombrado de contemplar. Nada rehuye la pupila de la poeta: su ojo-palabra recae en todos los objetos, en todos los rincones, aunque no sea imposible esbozar la arquitectura de sus intereses. Un amplio grupo de poemas plasma escenas naturales, asociadas, por lo general, a momentos germinativos o de vivificación. En estos breves paisajes destacan los pájaros, símbolo de libertad, y tópico caro a otro notable poeta del siglo, José Ángel Valente. Un poema de la sección “Lugares” dice así:
“El trajín de los grajos que se van y vuelven
como si hubieran errado. Nada
mejor que hacer que mirar pájaros,
si no es mirar árboles,
ahora que son ramas de grumos, materia
de luz tierna casi líquida,
vegetal y violenta...”.
Junto a la observación exterior de un cosmos cíclico y no necesariamente hostil, García Valdés practica la observación entrañada: pinta entonces sonámbulas escenas cotidianas, atravesadas por cosas comunes, por instantes sin relieve, pero también por paradojas e irrealidades, que conforman un espacio onírico y abisal, como teñido por una ardentía lechosa: una cuadrilla de albañiles con monos azules alzan sus andamios en la casa; una mujer limpia con gasóleo un pavimento ajedrezado; otra se dirige a la estación, bajo la lluvia; alguien arranca malas hierbas en un huertecillo situado “en la salida de la M-40, dirección A-6, / en los desmontes entre la autopista y el acceso”. El sueño se entrevera a menudo con estos vislumbres, construyendo un mundo de planos superpuestos y de promiscuidad perceptiva, y reforzando la sensación de extrañeza. Un tercer polo temático es la mujer, a veces desdoblada en madre, por cuya presencia, vigorosa y desamparada, revela la poeta un interés singular. No son casuales las alusiones a Perséfone –cuyas connotaciones órficas convienen a la escritura de la propia García Valdés– y a Rosalía de Castro, ejemplo de intimismo escrutador y de delicadeza audaz. Por último, la muerte salpica el libro de referencias ominosas, aunque no lúgubres, sino claroscuras, como la penumbra resplandeciente que lo baña. El título, Y todos estábamos vivos –extraído de un poema de la primera sección–, sugiere, por contraste, una realidad desconcertante: que ahora estamos muertos. Lo fúnebre se desgrana después, a veces carnavalesco, como en las alucinadas ordalías del Bosco; a veces obsesivo, acogiéndose a la repetición para subrayar su amenaza; a veces comedido, mera alusión al desgaire, pero siempre sosegado, con inflexión estoica.
Diario de la Luzes un poemario deMiguel Angel Curiel, que se quiere escribir en el presente contra la transparencia de las aguas que desmemorizan su paso y arrastre de limos, fondos, barros, verdores, hacia el inalcanzado después, por el fugaz ahora, en la pérdida irretornable de lo vivido o de lo imposible. Un libro para contemplar, benigno en la translectura y retorno a ese silencio en apariencia hijo de la quietud, que es dónde realmente suceden los signos perdurables.
Acudan a éste libro que se libra del oficio de inutilidad al que sometemos habitualmente la poesía ya pensada, ya sentida, ya reconocible (Perniola) para propiciar acceso efímero por un haz de luz a rincones del caudaloso río de la vida que sigue este Poeta residente es su "soy" y en carrera hacia la noche y hacia el mar.
Hay poemarios que tienen en sus vientres de arena peces impredecibles, pecios incalculables ...
Juan Desiderio es un poeta que conviene releer. LLegué desde "Para un tiempo herido", por Quique Falcón, a este corajudo escritor nacido en Buenos Aires, 1962. Publicó los libros fundacionales para el movimiento poético de los 90, Barrio Trucho (1990) y La Zanjita (1996). Además, Ángeles Parricidas (1998), Tos (2002) e Hipnosis (2005). Residió en Costa Rica los primeros ocho meses del año 1992. En ese periodo, comenzó a escribir su Diario de viaje , el que sigue en progreso hasta el día de hoy.
Me han llegado estos días, y para hacerme compañía durante el veranito recién inaugurado, varios libros de poesía: Gang Bang, de Óscar David López, (Fondo Editorial Tierra Adentro, México 2007); Albafeto para nadie, de Cristián Gómez (Editorial Fuga, Valparaíso, 2007); Inventario de Equipaje, de Antonia Torres , que me lo dio en París ( Editorial Cuarto Propio, Santiago, 2006); y Para un tiempo herido, de Enrique Falcón (Amagord Ediciones, Madrid, 2008). Aquí les pongo un poema de cada uno para que se hagan una idea:
Ana Maria Espinosa, poeta de Jerez de la frontera, se implica con la pintura y la fotografia en un constante diálogo poético, de extrema sensibilidad, del que afloran textos o poemas como éste:
De Nancy Spero nos dejó una interesante entrada en su blog y por una asociación involuntaria, de una mezcla en el estupor del presente herido y su reflejo en el arte pictórico de la artista neoyorkina se fraguó un poema sacudido por el conflicto de los cayucos, en éste otro poema:
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No es el cielo azul. Luto en los arrecifes. Blanco limbo, lo profundo. Nueve burbujas de sed y hambre. Siembra sin futuro, sal, la nada tiembla el horizonte. Nunca halló tierra verde su raíz viva. Sonajeros marinos, arrullo de sirena; casi nada rima con olvido. Flota una daga de nácar en la matriz del mundo. Qué ángel custodia las aguas. Qué silencio cierne sus clavos en el vientre huérfano, aún caliente, ----- gruta rota por las olas abrazando eternidad, breve latido la espuma.