miércoles, 30 de mayo de 2007

JORGE RIECHMANN: 27 MANERAS DE RESPONDER A UN GOLPE


25


De repente el olor de las mimosas
como una antorcha que respira o como
una ola inmemorial que besa
la desnudez expectante de la playa.

No es más que la puerta
que se abre, pero pone en movimiento
un aire donde cuaja
toda la dulzura de este precario otoño.

BAUDELAIRE: "Mi corazón al desnudo"


XVI. Cohetes

He encontrado la definición de Bello, de lo para mí Bello.

Es algo ardiente y triste, una cosa un poco vaga, que abre paso a la conjetura. Voy, si se quiere, a aplicar mis ideas a un objeto sensible, por ejemplo, el objeto más interesante en la sociedad: a un rostro de mujer. Una cabeza seductora y bella, una cabeza de mujer, digo, es una cabeza que hace soñar a la vez -pero de una manera confusa- en voluptuosidades y tristeza; que arrastra una idea de melancolía, de lasitud, hasta de saciedad -esto es, una idea contraria, o sea un ardor, un deseo de vivir, asociado a un reflejo amargo como procedente de privación o desesperanza. El misterio, el pesar son también características de lo Bello.

Una hermosa cabeza de hombre no necesita arrastrar, a los ojos de otro hombre, claro es -pero quizá sí a los de una mujer-, esta idea de voluptuosidad, que en una cara femenina es una provocación tanto más atrayente cuaanto más melancólico es el rostro. Pero esta cabeza contendrá, además, algo triste y ardiente: deseos espirituales, ambiciones oscuramente rechazadas, la idea de una potencia gruñidora y sin empleo; algunas veces, la idea de una insensibilidad vengativa (porque no debemos olvidar el tipo ideal de dandi al hablar de esto); algunas veces también, el misterio, siendo ésta una de las características de belleza más interesantes; y en fin (para tener el valor de declarar hasta qué punto me siento moderno en estética), la desgracia. Yo no pretendo que la Alegría no pueda asociarse con la belleza, pero digo que la Alegría es uno de sus adornos más vulgares, mientras que la Melancolía es, por decirlo así, su ilustre compañera, llegando hasta el extremo de no concebir (¿será mi cerebro un espejo abrumado?) un tipo de Belleza donde no haya Dolor. Apoyado sobre -otros diran obsesionado por- estas ideas, se piensa que me sería difícil no llegar a la conclusión de que el tipo más perfecto de Belleza viril es Satanás, a la manera de Milton.

Charles Baudelaire
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En Casa del editor y poeta Antonio Martinez i Ferrer



Releyendo a Gamoneda, Julio Obeso, poeta de Gijón ha escrito un breve poemario inédito, del que extracto un poema que me cautiva y releo para todos vosotros:



A MI SEÑAL

"Saldremos sin ensayos",

- asiente el viento
con cien ramas -

Alzan
el vuelo pájaros cerámicos,
altísimo móvil,
alerta,
en la puerta de la noche.
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DAÑOS es la abreviatura, la estría que certifica en la piel "d'años que nos marcan y desterritorializan". La pasión con que se vivieron o la ilusión no sin fatiga, de verdad que ahora no sabría calibrar. No se como medirlo. Hay momentos en los que recuento lo bueno y otros las pérdidas. Y no sin fuga de lo real en cualquier caso.

AMAR es la sucinta compresión de la frase "A más dar" porque se entiende que el amor no disminuye con los años, sino que crece y se hace más bosque, más tupido y vario paisaje. Contrariamente a lo que vivimos la mayoria de las personas, a más dar, el darse cada día más, no nos resta ni mengua, nos multiplica.

Con toda esta improvisada reflexión, dudo. Dudo si es amor lo que realmente sentimos y compartimos o será otra cosa, sin nombre, sin tanta belleza y justicia (creo que el amor es la capacidad de casar belleza y justicia en clave de generosidad y autonomía, en pro de la libertad del otro y mi capacidad de servirle). Relaciones convenientes, apoyos necesarios, afectos compartidos, que se...

El arte de amar es la manera de conciliar creatividad y esfuerzo, perseverancia y rebeldía con ese binomio justicia-belleza. Ahí intuyo que está la máxima tensión que nos proyectaría al mejor tú posible.

Como diría Olga Orozco, entre "los eclipses y fulgores" de la vida buscamos el equilibrio personal e intrapersonal con el arte de amar y el amor al arte que deben entenderse en como una sola verdad, como un solo e imposible camino de perfección, irrenunciable, inalcanzable, suficiente "leiv motiv" para cualquier conciencia humana, incluso en las más precarias y desfavorecidas de las situaciones.

Darse en tiempo y persona, multiplicarse en vez de reconcentrarse en uno y aspirar a ser cada vez mejor un arma cargada de futuro. Ese presente por venir, ese devenir en el otro y en lo imposible necesario.

Dudo si seré capaz de hacer con estas lineas improvisadas
una malla de latidos y gestos, de respirable cotidianeidad,
de resistencia a mis impulsos e instintos prehistóricos que
aún gobiernan nuestro cerebro con imantada fuerza mineral.

Dudo, pero allá voy/vamos.

V. G.
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FERNANDO PESSOA

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ALFONSINA STORNI

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ALEJANDRA PIZARNIK

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martes, 29 de mayo de 2007

Tio Juane

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ARBOL GENEALÓGICO DEL CANTE
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Haikus
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Al son del yunque
la fragua está encendida
Tío Juane canta.
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Un martinete
a golpe de martillo
carbón en llamas.



*
Tío Juane
*

Martinete

MARTINETE. m. [De origen incierto, aunque todas las hipótesis apuntan a la fragua o la herrería. Se llamó así, en pl., a los fuelles gemelos que se utilizaban en las fraguas, y también, a las propias fraguas, que tomaron, a su vez, el nombre de las herrerías donde el martillo pilón, también llamado martinete, bate los lingotes de algunos metales antes de darle la forma definitiva] Cante con copla generalmente de cuatro versos octosílabos, que se considera una modalidad de la toná, al igual que la carcelera, individualizándose sólo por el tema de las letras, en general tristes, aunque no faltan las de contenido anecdótico. Como tal toná es un cante sin acompañamiento, lastimoso, monocorde, de tercios arrastrados, que suele terminar con un largo quejío. // 2. Nombre genérico con que frecuentemente se suelen designar los diferentes tipos y modalidades de tonás. // 3. Adaptación escénica como baile, de reciente creación, debida a Antonio, siguiendo un criterio análogo a la adaptación de la siguiriya en lo musical. (Véase Toná.)

El Niño de la Albarizuela
Datos extraidos del Diccionario Flamencode
Jose Blas Vega y Manuel Rios RuizCinterco - 1985.
*
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En Jerez de la Frontera, en la Calle Estancia Barrera, hasta hace apenas quince años, existió uno de los pocos lugares donde se ejercía una de las profesiones artesanas más tradicional: "herrero".
"La Fragua de Tío Juane".
En ella cada día, Tío Juane se afanaba en dar forma al hierro, maleándolo al calor de la intensa, pero corta llama, del carbón mineral.
Mientras desarrollaba esta labor, acompasado por el sonido de los golpes del martillo sobre el yunque, interpretaba magistralmente, uno de los palos más puros del flamenco: "El Martinete".
Esta armoniosa rutina fue escenificada en la obra "La Fragua de Tío Juane" y más tarde por sus hijos, "Nano de Jerez" y "Gordo de Jerez" en el espectáculo "Alrreó de la Fragua".



SALAMANCA CAPITAL DE LA CULTURA




Salamanca celebra nueve años desde la designación como Capital Cultural con el reparto de 4. 000 libros


Salamanca celebra hoy, lunes 28 de mayo, los nueve años desde la designación de la ciudad como Capital Cultural Europea con el reparto gratuito de 4. 000 ejemplares del libro 'El cielo de Salamanca', una obra reúne textos de 12 poetas, el mismo número que estrellas ofrece el logotipo que se lució durante la efeméride, y que serán recitados en un 'acto de luz y sonido' en el Claustro barroco de la Universidad Pontificia el propio día conmemorativo.El acto contará con la música del Quinteto de Metales de la Joven Orquesta Ciudad de Salamanca y darán voz a los poemas los propios literatos. Se trata de Antonio Colinas, Fernando Díaz San Miguel, Asunción Escribano, Juan Luis Fuentes Labrador, Luis García-Camino Burgos, Angel González Quesada, Isabel Bernardo, María Angeles Pérez López, José Manuel Regalado, Charo Ruano, Antonio Sánchez Zamarreño y Raúl Vacas.Además, se entregarán 7. 000 marcapáginas, 4. 000 de ellos con la representación de la Clerecía, lugar donde se celebrará el recital, y otros 3. 000 que se entregarán en fechas previas con la información y el programa de actos del aniversario.Esta iniciativa comenzó a realizarse en el 2001 con una lectura multitudinaria en la Plaza Mayor, desde entonces se suceden anualmente las actividades.En esta ocasión, habrá 'un merecido homenaje' a José Ledesma Criado, literato fallecido recientemente, que en pasadas ediciones colaboró en la efeméride y que ha dejado un importante legado artístico a la ciudad.








"Como decíamos ayer", así reanudaba sus clases en la Universidad de Salamanca el catedrático de teología Fray Luis de León, después de haber pasado cinco años preso por la Inquisición y así es Salamanca, donde el tiempo parece haberse detenido y en la que se dan paradojas tan curiosas como la de albergar dos catedrales en una, recrear los lugares por donde transcurre la Celestina, tener un quinto de población universitaria, contar con uno de los mejores museos Art Decó y Art Nouveau del mundo en una ciudad en la que esos movimientos no tuvieron ninguna repercusión, hacerle un homenaje al primer hombre que pisó la luna en un pórtico de catedral y una rana encima de una calavera que todo el mundo se afana por encontrar en la entrada de su universidad, sobre todo los estudiantes porque cuenta la leyenda que aquel que la encuentre antes de hacer un examen lo aprueba.Méritos no le faltan para haber sido nombrada en 1988 Patrimonio de la Humanidad y para ser Capital Cultural Europea 2002, honor que comparte con la ciudad belga de Brujas.Y si a uno le preguntan de qué color es Salamanca, sin dudarlo ha de contestar que dorada, como la piedra arenisca con la que están construidos todos sus impresionantes edificios y lo mejor es dejarse impresionar por ellos. Las guías marcan rutas posibles, pero en Salamanca no es necesario, sólo hay que atravesar el río Tormes si es posible por encima de su puente romano (peatonal), contemplar el toro celta que marca los orígenes de la villa y admirar encima de los restos de la antigua muralla la fachada sur de la Casa Lis, con una bellísima vidriera modernista y columnas de hierro signo inequívoco de que aquello es el museo Art Decó-Art Nouveau y a partir de ahí Salamanca debe ser descubierta, como en su día ya lo hicieron; Unamuno, santa Teresa, Tierno Galván, Calderón de la Barca, Cervantes, Cristóbal Colón, los Reyes Católicos... porque de todos ellos se guarda un trocito de historia.


Carmen Duerto












El cielo de Salamanca



Una vez descansados retrocedemos por la vía de la Rua para encontrarnos otra vez con la catedral y por la calle de Calderón de la Barca, se llega al edificio que alberga la institución por la que Salamanca es mundialmente conocida: la Universidad, tercera más antigua de Europa. Fue fundada por Alfonso IX en 1218. En su pórtico de entrada es donde hay que buscar la rana encima de la calavera, no daremos más pistas sólo que busquen por la izquierda. En sus muros se pueden leer los vítores de Tomás y Valiente y Enrique Tierno Galván, entre otros. Todos los alumnos que se doctoran en la Universidad de Salamanca tienen derecho a imprimir un vítor con su nombre en un lugar público. Puede que también sea una leyenda pero cuentan que antes se hacían con sangre de toro, de ahí que sean de color rojo.Para acceder a su Museo Universitario donde se encuentra el "cielo de Salamanca" un antiguo mural abovedado que representa el zodíaco y del que se conserva un fragmento de lo que debió ser una bóveda completa, hay que atravesar el patio de las Escuelas Menores y observar unos arcos curiosos, llamados mixtilíneos, que son únicamente salmantinos.




Carmen Duerto

lunes, 28 de mayo de 2007

CON/VERSAR DE GARCIA BAENA CON TRES JOVENES POETAS

Pablo García Baena


Elena Medel



PABLO GARCÍA BAENA POETA




«No me puedo permitir descartar poemas»


Alberto Santamaría, Elena Medel y Eduardo García conversan con el autor cordobés, protagonista hoy de la revista 'Nadadora' y de la Tertulia de la Fundación Gerardo Diego


Pablo García Baena (Córdoba, 1923) fue uno de los fundadores del grupo 'Cántico'. Premio Príncipe de Asturias 1984, es la voz poética protagonista en Santander este fin de semana. Hoy su voz será el pilar de la tercera 'Tertulia de Equis y Zeda', impulsada desde el Centro de la Documentación de la poesía española del siglo XX de la Fundación Gerardo Diego. El poeta cordobés, a partir de las siete y media de la tarde, abrirá el ciclo 'Ante mi poesía' con la lectura de sus poemas. La presentación correrá a cargo del también poeta y codirector de la revista 'Nadadora' Alberto Santamaría, quien intervendrá bajo el epígrafe 'El paraíso presente. Apuntes para una lectura de Pablo García Baena'. Mañana sábado, además, García Baena será el encargado de clausurar el XV Simposio de Actualización científica y didáctica para profesores de español en el Centro de Caja Cantabria (Tantín). Los jóvenes poetas Alberto Santamaría, Elena Medel y Eduardo García dialogaron con García Baena acerca de su última obra 'Los Campos Elíseos'. Una ingente entrevista que se publica íntegramente en el cuarto número de 'Nadadora' que se presenta hoy en la capital cántabra en la sede de la Fundación Gerardo Diego, la cual colabora en la edición de esta revista. Este es un extracto significativo de la entrevista.




Alberto Santamaría: Comencemos por el final. Sesenta años transcurren entre Rumor oculto (1946) y Los Campos Elíseos (2006) que es tu último libro. Lo que me gustaría preguntarte es, para comenzar, ¿por qué ese título?




-Para empezar debemos situarnos en la cita inicial del libro, que es de un poema mío pero me pareció tan tonto autocitarme Todo el libro está dedicado a Bernabé Fernández-Canivell en su centenario. Sencillamente los Campos Elíseos es donde vivía Bernabé en Málaga, era su calle. Por eso al inicio del libro pongo bajo la cita Cuando Bernabé sube a los Campos Elíseos. Pero es sencillamente el nombre de la calle, donde él vivía. Para mí subir a los Campos Elíseos era tan de diario cuando vivía en Málaga como cualquier otra cosa. Luego ya Bernabé al final de su vida se cambió de casa y ya no vivía en los Campos Elíseos, sino en un sitio con nombre menos apropiado para título de un libro. Los Campos Elíseos era un título muy Un amigo me dijo: "oye, he leído el libro y no tiene nada que ver con París". Nada en absoluto. Hombre, hay alguno quizá, en los temas de viajes, ligeramente cercano, pero nada en concreto




-ALBERTO S: Lo que llama la atención también del libro es su estructura. La división y construcción del libro en partes, e incluso el propio ordenamiento de los poemas que dan al libro una contundente sensación de bloque y a la par hace que cada poema se diferencie.




-Una cosa que me gusta es organizar los libros. Mira, los primeros libros no. Hombre, voy situando los poemas, buscando su sitio, pero no hay una organización o una construcción demasiado meditada. Es a partir de Antes que el tiempo acabe (1978) cuando empiezo a estructurar los libros como capítulos. Fieles guirnaldas fugitivas (1990) es quizá el libro donde se observa más claramente la estructura del libro. Son trípticos, ahí es evidente el interés de organización del libro. Y este, pues, la verdad lo pensé como un concierto, a la manera de una pieza musical. En el fondo es un batiburrillo de cosas, porque ¿cómo puedo organizar esto? Le das un poco a la cabeza y lo vas uniendo o cosiendo, y no queda más.




-Elena Medel: A diferencia de otros poetas, hay en tu poesía una línea u modelo muy marcado, que no baja ni pierde en cada libro, ¿no crees?




-Lo cierto es que todo estaba ya en Rumor oculto, luego la voz se va modulando, pero todo estaba ya ahí. Han pasado sesenta años.




-Eduardo García: La voz está hecha pero se van incorporando de fondo cosas nuevas.






-Yo en realidad tendría que haber hecho desaparecer Rumor oculto.




-ELENA M: ¿Por qué?






-Como hacía Juan Ramón que perseguía los primeros libros. No sólo yo, conozco cantidad de gente que cuando hace recopilaciones el primer libro no lo han incluido, no lo consideran. Pero bueno, a pesar de eso pensé que debía incluirlo, que debía aparecer porque si no era engañar al lector. Si lo engañas en los primeros pasos no ves luego toda su fuerza.






-ALBERTO S: En las recopilaciones de tu poesía, ¿has reelaborado algo? ¿has retocado algún verso o actualizado?






-No he reelaborado nada. Está igual que cuando salió la primera vez. Pero mira el caso de Juan Ramón persiguiendo sus libros, las Ninfeas y todo eso




-ELENA M: ¿Y descartas muchos poemas antes de publicar?




-No. No descarto ningún poema. No me puedo permitir eso. No soy un productor tan grande que pueda decir 'ahora voy a quitar cuatro o cinco poemas'. Yo únicamente dudé de meter 'Gran vía' porque un amigo me dijo que era un poema que no parecía mío, que desentonaba con el resto del libro. Es el único con el que he tenido dudas. Luego al final lo metí. Creí que podía ir en ese 'Oratorio', podía ir en esa negación, y por eso lo metí. Pero desechar no, yo no puedo desechar. Creo que todo lo que he escrito lo he publicado. A lo mejor hay alguna cosa pero ah bueno, los primeros poemas que eran una imitación lorquiana, entre Lorca y Conchita Piquer. Eso algún día habrá alguno que lo saqué y lo publique. Alguno habrá suelto. Por ahí cualquier día puede salir algo, no me extrañaría nada.




-ELENA M: Entonces la labor de cohesión del libro la hace el orden de los poemas, ¿no?




-Bueno, luego ya los voy ordenando. Yo pensaba hacer un libro de viajes. Como el libro tiene tanto tiempo. ¿Quince años! El libro empieza como un libro de viajes: apuntes sobre viajes, pero luego la gente empieza a ir Praga, empieza a ir Lisboa, Venecia empieza a decaer. Empieza entonces todo el mundo a hacer un libro de viajes. Por ahí no voy. Yo haré una parte de un libro porque no puedo ya tirar estos poemas. No me puedo permitir ese lujo, tengo entonces la necesidad de darle la vuelta como sea y meter eso no ya como libro de viajes. Sobre todo cuando se han hecho ya tantos en este periodo de tiempo. Lo de Praga ha sido agobiante. A Praga no he ido, pero Praga ya me la conozco. Entonces tenía ya una serie de poemas breves sobre temas de viajes, poemas breves que yo no había hecho nunca, ya que suelo hacer poemas más o menos largos. ( ) Por otro lado, el Conde de Casapadilla me manda desde no sé dónde una reproducción de una postal de Zurbarán y veo ahí también unos temas pictóricos que me interesan para el libro, y ya hago así esa parte pictórica, va así creciendo y haciéndose el libro. Luego está la parte religiosa, "Oratorio". Tenemos, por ejemplo, esos Oratorios de Bach, esas obras magníficas, ¿cómo lo metemos aquí?




-Entonces, cómo funciona. Es decir, los poemas dependen unos de otros o son independientes ¿De alguna manera se va metiendo el libro en sí mismo?






-A mí un poema no me saca otro, no, no. Yo encuentro el asunto en otra cosa, a no ser que yo me meta en , bueno puedo volver sobre el mismo asunto o el mismo personaje, pero puede ser que sencillamente se engarcen por algún motivo como sucede con 'Museo', con el cuadro de Antonio del Castillo y con el de Zurbarán. Todo esto de pronto parece que se ofrece en una disposición adecuada, como un grupo unitario. ( ) Luego el poema de Merton de San Malaquías, que es un poema que siempre me encantó. Ese viejo caminando bajo la lluvia en busca de la abadía. Esa idea del otoño Yo normalmente los veranos, desde que estoy en Córdoba en contrapeso de la carnal Costa del Sol me voy al monasterio, este año me voy a Silos, el año pasado estuve en San Pedro de Dueñas, y el poema de San Malaquías de Merton, ese anciano con la lluvia, es algo que hace mucho me rondaba y tenía que escribir ese poema.




-ELENA M: ¿Tienes algún poema escrito desde que terminaste el libro?






- No, no, nada. Estoy in albis. Digo, "voy a tener que hacer algo". No tengo más remedio que hacer un poema, ya que me hacéis un homenaje.




-EDUARDO G: ¿Retocas entonces mucho los poemas? Es decir, ¿retocas la primera escritura, tachas, o suelas dejar la primera escritura?




-Sí, sí que retoco, tacho, tacho mucho, pero cuando dejo el poema, lo dejo. El poema está ya, lo he hecho en el tiempo que sea y lo dejo cuando pienso que está acabado y no lo cambio ya. Retoco en vivo. A veces cambias alguna repetición de palabras, pero no mucho. ( ) Cuando está vivo el poema es cuando hay que operar, arrancar lo que sea, pero volver luego, resucitar el poema al cabo del tiempo no. Los poemas no me dan mucha guerra si me dieran mucha guerra no podría, no estoy por la labor. Los retoco, puede ser un día o una noche, cuando está vivo. Si no es un tiempo perdido.


FERNANDO MERLO Y SU EPITAFIO DE VENA ENCALLADA Y SANGRE DE NIEVE REBASADA



"ESCATÓFAGO (...) Libro tan marginado y para marginados (los poetas lo somos), tan difícil de leer entre tanto amor en la basura, tanto acto carnal de laboratorio, tantas evacuaciones controladas, tanta pragmática de la decencia-momia, hay un humor ligero, desbordante de sarcasmo inocente, de estar de vuelta ya de todo, como si oyéramos su carcajada lejana, cuando intentamos adentrarnos guiados por un hilo de razón entre la selva de palabras duras, hirientes, chirriantes. Palabras que no están en los diccionarios (como él dijo) "elegantes poetisos de salón". Y de pronto, en medio de ese caos y esa destrucción, vuela una tórtola (estremecimiento y vibración por el aire) con el mismo candor y frescura de las tórtolas del Romancero, de la tórtola viuda de la "Fonte frida". Es la poesía volando alta, limpia, inalcanzable, pura".

Pablo García Baena









Poeta español nacido en Málaga en 1952 y fallecido en 1981.
De estética transgresora y políticamente incorrecta, sus poemas aparecen destacados en la obra Escatófago (1968-1972); libro éste reeditado en 1992, con la ilustración de portada de Miquel Barceló, y en 2004. Fue incluido en la antología "Degeneración del 70. Poetas heterodoxos andaluces" (1978). Poeta cercano a la revista de poesía cordobesa "Antorcha de Paja". En sus poemas hay influencias de García Lorca, Blas de Otero o Miguel Hernández. En 1981 Merlo apareció muerto con una jeringuilla en el brazo tras la barra de su propio bar. (Wikipedia)






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«Porque yo soy poeta


incluso cagando


quiero dar,


os doy


una poca de mierda.




La demás para mí»






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Escatófago (1983) de Fernando Merlo


Del poemaTROFEOS










Curioso y espectacular pez de cuerpo muy comprimido lateralmente conperfil giboso, que recuerda una silueta circular y que puede llegara sobrepasar 30 cm de longitud.
El nombre de scatophagus viene referido a la costumbre de estos animales de ingerir excrementos de otros animales, como aves y otros peces, ricos en urea que refuerzan su capacidad osmótica lo que les permite adaptarse a diferentes niveles de salinidad.






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A SUS VENAS
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Estos cauces que ves amoratados
y de amarillo cieno revestidos
eran la flor azul de los sentidos
que hoy descubre sus pétalos ajados
-
Besos verdes de aguja en todos lados
hieren la trabazón de los tejidos
y denuncian los brazos resentidos
la enigmática piel de los drogados
-
Las que llevaban vida y alimento
son tibias cobras de veneno breve
blanco caballo con la sien de nieve
-
Trotando corazón y sentimiento
que por las aguas de la sangre vierte
con rápido caudal la lenta muerte

sábado, 26 de mayo de 2007

MILA GARCIA TALAVERA: EL CORAJE POETICO DE TRANSCENDER


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Quien pudiera volver

a bañarse en el Jordán

Quien pudiera bautizarse

de nuevo.

Sacudirse el Karma de los

siglos

el lodo del dolor original.

Quien pudiera volver

al cauce de sus aguas

a mi ser

barquito blanco de papel

a la intemperie.

Quien pudiera desandar

el camino

olvidar lo evidente

y esperar algún prodigio.

viernes, 25 de mayo de 2007

MARIA VICTORIA ATENCIA


DE LO QUE NO SE RIEN ELLOS

Antonio Orihuela (Moguer, 1965) Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla, Poeta y gran comunicador social.








El humor es una sorpresa de la inteligencia,


también el humo del amor,


ese arder que transforma el dolor


aligerándolo, haciéndolo sufrible, soportable,


mejor aún, de tan (In)útil devenir


un posible calor, un calor


hablitable.





Con el humor el infierno es más fresco


y se des/entienden de la locura y el suicidio


los de siempre,


los últimos, los desheredados, los que rien


de frío extremo.





Humor también es una manera subversiva


de bombardear con "H" los cimientos


de una sociedad dura como el cemento armado


y más armada que las huestes de hunos.

El humor es el arma de los que se defienden

sin balas, sin talonarios, sin exclusiones mediáticas.


V.G.

Viktor Gómez "Valentinos"

Viktor Gómez "Valentinos"

jueves, 24 de mayo de 2007

DEL JUEGO Y DEL DESVELO

Niños hondureños en vela, temiendo la sombra nocturna de los Escuadrones de la Muerte.





I

.-

De atravesar el muro
Para correr por las filas de setos
Y esconderse de ella.

Como si fuera un juego
Posible de ganar,
Así vivimos contra el tiempo,
En el ocio nocivo de los indolentes.

Los niños del agua nocturna
Ni juegan ni duermen
Ni saltan el muro.

Pero el tiempo igualmente
Quiere cazarlos
Para la nada.

--






II

Para la nada.
Y nadie recordará los que nunca existieron.



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III



¿Quién no duerme
sueña?

¿Quién no sueña
no muere dos veces?




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Viktor Gómez




(Del poemario inédito "Taller de invidentes")

RELOJ A LA VELOCIDAD DE LA LUZ

Un hombre va al cielo, ve muchos relojes y le pregunta a Dios:

- ¿Para qué son esos relojes?

- Cada reloj dice que gobierno miente y si lo hace avanza 5 minutos. -Respondió Dios-

Y el hombre le pregunta:

¿Y el de España cuál es?

- A no, ese lo tengo en la habitación y lo uso como ventilador.

miércoles, 23 de mayo de 2007

ANA MARIA ESPINOSA VOZ Y ALMA, CANTE HONDO, POETICA SIN ESPINAS


Carlos Herrera y Ana Mª Espinosa



LOS NIÑOS

“El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño”


Federico García Lorca.



Nacen

en propósito

y tamaño

a la realidad.



Me despertaron
Una mañana
-aún no amanecida-
estas palabras,
literalmente cedidas
del sueño.

No sé su procedencia.
Quién o por qué las puso en mis manos.
No sé de su trascendencia,
si tiene alguna.

Pero ahí están.
Ellas
venidas de un sueño,
literales y exactas.


- -
- -

Ana María Espinosa (poeta jerezana)
(Rgto.Gral.Pdad.
Intelectual año 2006)

EL DESORDEN DE LO VISIBLE. EL TECHO ES LA INTEMPERIE




LA POESIA NO ES METALENGUAJE EN SENTIDO DE HABLA PREVIA: "NO SEMBREIS, HORADAD (Deleuze)"









LA TEORÍA DE LA OBRA DE ARTE COMPROMETIDA, tal como hoy circula por todas partes, sin darse cuenta pasa por alto el hecho absolutamente dominante en la sociedad de mercado de la alienación entre los hombres tanto como entre el espíritu objetivo y la sociedad que éste expresa y rige. Quiere que el arte hable inmediatamente al hombre, como si en un mundo de mediación universal se pudiese realizar inmediatamente lo inmediato. Pero con ello precisamente degrada la palabra y forma a meros medios, a elemento del sistema de efectos, a manipulación psicológica, y socava la coherencia y la lógica de la obra de arte, la cual ya no ha de desplegarse según la ley de la propia verdad, sino seguir la linea de mínima resistencia de los consumidores (Adorno, 2003: 117)





Una poesía crítica o conflictiva, visto así, no aspira a realizar inmediatamente lo inmediato: explora oblicuidades, trabaja en las fisuras, asume su abstracción como un impulso. No reduce su lenguaje a medio o instrumento de ninguna Causa. Pierde ahí su autoridad, sin duda, reemplazándola por una tensión, apenas perceptible, de carácter libertario. Los vectores del poder social y cultural, del estado al mercado, quedarían de este modo interpelados en sus premisas por un lenguaje que no cesa de cuestionarse, capaz de abismar los principios de identidad y realidad en los que toda inmediatez y todo reconocimiento devienen instrumentalizables.



(... / ...)



En el límite de la desubjetivización, el estremecimiento es todavía posible, incluso, como nunca, inevitable. <>.



(... / ...)



El pensamiento poético proyecta así una nueva política antimimética, donde la imitación no es posible sencillamente porque la diferencia entre lenguaje (que imita) y realidad (imitada) se ha disuelto por la acción de un flujo deseante, discontinuamente inaugural y limítrofe a un tiempo. Este movimiento espectral se hurta a toda alternativa simple entre presencia y ausencia. De ahí su peligro, su reptar inquietante, su deslizamiento. No sería un mero juego de palabras hablar entonces de una concepción de la poesía como desliz de la conciencia.





Extracto de "Una lectura del expolio. Aproximación a la poesía de Jenaro Taléns" por ANTONIO MENDEZ RUBIO

EL ROTO: ESTO NO ES HUMOR, ES AMOR EN LA PERSPECTIVA DE LO REAL











CANCELA LA DEUDA


BARTLEBY (cuento de H. Melville) IV

Pasaron varios días durante los cuales, en momentos de ocio, revisé Sobre testamentos de Edwards y Sobre la necesidad de Priestley. Estos libros, dadas las circunstancias, me produjeron un sentimiento saludable. Gradualmente llegué a persuadirme de que mis disgustos acerca del amanuense estaban decretados desde la eternidad, y Bartleby me estaba destinado por algún misterioso propósito de la Divina Providencia, que un simple mortal como yo no podía penetrar. Sí, Bartleby, quédate ahí, detrás del biombo, pensé; no te perseguiré más; eres inofensivo y silencioso como una de esas viejas sillas; en una palabra, nunca me he sentido en mayor intimidad que sabiendo que estabas ahí. Al fin lo veo, lo siento; penetro el propósito predestinado de mi vida. Estoy satisfecho. Otros tendrán papeles más elevados, mi misión en este mundo, Bartleby, es proveerte de una oficina por el período que quieras. Creo que este sabio orden de ideas hubiera continuado, a no mediar observaciones gratuitas y maliciosas que me infligieron profesionales amigos, al visitar las oficinas. Como acontece a menudo, el constante roce con mentes mezquinas acaba con las buenas resoluciones de los más generosos. Pensándolo bien, no me asombra que a las personas que entraban a mi oficina les impresionara el peculiar aspecto del inexplicable Bartleby y se vieran tentadas de formular alguna siniestra observación. A veces un procurador visitaba la oficina y, encontrando solo al amanuense, trataba de obtener de él algún dato preciso sobre mi paradero; sin prestarle atención, Bartleby seguía inconmovible en medio del cuarto. El procurador, después de contemplarlo un rato, se despedía tan ignorante como había venido.
También, cuando alguna audiencia tenía lugar, y el cuarto estaba lleno de abogados y testigos, y se sucedían los asuntos, algún letrado muy ocupado, viendo a Bartleby enteramente ocioso le pedía que fuera a buscar en su oficina (la del letrado) algún documento. Bartleby, en el acto, rehusaba tranquilamente y se quedaba tan ocioso como antes. Entonces el abogado se quedaba mirándolo asombrado, le clavaba los ojos y luego me miraba a mí. Y yo ¿qué podía decir? Por fin, me di cuenta de que en todo el círculo de mis relaciones corría un murmullo de asombro acerca del extraño ser que cobijaba en mi oficina. Esto me molestaba ya muchísimo. Se me ocurrió que podía ser longevo y que seguiría ocupando mi departamento, y desconociendo mi autoridad y asombrando a mis visitantes; y haciendo escandalosa mi reputación profesional; y arrojando una sombra general sobre el establecimiento y manteniéndose con sus ahorros (porque indudablemente no gastaba sino medio real por día), y que tal vez llegara a sobrevivirme y a quedarse en mi oficina reclamando derechos de posesión, fundados en la ocupación perpetua. A medida que esas oscuras anticipaciones me abrumaban, y que mis amigos menudeaban sus implacables observaciones sobre esa aparición en mi oficina, un gran cambio se operó en mí. Resolví hacer un esfuerzo enérgico y librarme para siempre de esta pesadilla intolerable.
Antes de urdir un complicado proyecto, sugerí simplemente a Bartleby la conveniencia de su partida. En un tono serio y tranquilo, entregué la idea a su cuidadosa y madura consideración. Al cabo de tres días de meditación, me comunicó que sostenía su criterio original; en una palabra, que prefería permanecer conmigo.
¿Qué hacer?, dije para mi, abotonando mi abrigo hasta el último botón. ¿Qué hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué dice mi conciencia que debería hacer con este hombre, o más bien, con este fantasma? Tengo que librarme de él; se irá, pero ¿cómo? ¿Echarás a ese pobre, pálido, pasivo mortal, arrojarás esa criatura indefensa? ¿Te deshonrarás con semejante crueldad? No, no quiero, no puedo hacerlo. Más bien lo dejaría vivir y morir aquí y luego emparedaría sus restos en el muro. ¿Qué harás entonces? Con todos tus ruegos, no se mueve. Deja los sobornos bajo tu propio pisapapeles, es bien claro que prefiere quedarse contigo.
Entonces hay que hacer algo severo, algo fuera de lo común. ¿Cómo, lo harás arrestar por un gendarme y entregarás su inocente palidez a la cárcel? ¿Qué motivos podrías aducir? ¿Es acaso un vagabundo? ¡Cómo!, ¿él, un vagabundo, un ser errante, él, que rehúsa moverse? Entonces, ¿porque no quiere ser un vagabundo, vas a clasificarlo como tal? Esto es un absurdo. ¿Carece de medios visibles de vida?, bueno, ahí lo tengo. Otra equivocación, indudablemente vive y ésta es la única prueba incontestable de que tiene medios de vida. No hay nada que hacer entonces. Ya que él no quiere dejarme, yo tendré que dejarlo. Mudaré mi oficina; me mudaré a otra parte, y le notificaré que si lo encuentro en mi nuevo domicilio procederé contra él como contra un vulgar intruso.
Al día siguiente le dije:
-Estas oficinas están demasiado lejos de la Municipalidad, el aire es malsano. En una palabra: tengo el proyecto de mudarme la semana próxima, y ya no requeriré sus servicios. Se lo comunico ahora, para que pueda buscar otro empleo.
No contestó y no se dijo nada más.
En el día señalado contraté carros y hombres, me dirigí a mis oficinas, y teniendo pocos muebles, todo fue llevado en pocas horas. Durante la mudanza el amanuense quedó atrás del biombo, que ordené fuera lo último en sacarse. Lo retiraron, lo doblaron como un enorme pliego; Bartleby quedó inmóvil en el cuarto desnudo. Me detuve en la entrada, observándolo un momento, mientras algo dentro de mí, me reconvenla.
Volví a entrar, con la mano en el bolsillo y mi corazón en la boca.
-Adiós, Bartleby, me voy, adiós y que Dios lo bendiga de algún modo, y tome esto -deslicé algo en su mano. Pero él lo dejó caer al suelo y entonces, raro es decirlo, me arranqué dolorosamente de quien tanto había deseado librarme.
Establecido en mis oficinas, por uno o dos días mantuve la puerta con llave, sobresaltándome cada pisada en los corredores. Cuando volvía, después de cualquier salida, me detenía en el umbral un instante, y escuchaba atentamente al introducir la llave. Pero mis temores eran vanos. Bartleby nunca volvió.
Pensé que todo iba bien, cuando un señor muy preocupado me visitó, averiguando si yo era el último inquilino de las oficinas en el n.º X de Wall Street.
Lleno de aprensiones, contesté que sí.
-Entonces, señor -dijo el desconocido, que resultó ser un abogado-, usted es responsable por el hombre que ha dejado allí. Se niega a hacer copias; se niega a hacer todo; dice que prefiere no hacerlo; y se niega a abandonar el establecimiento.
-Lo siento mucho, señor -le dije con aparente tranquilidad, pero con un temblor interior-, pero el hombre al que usted alude no es nada mío, no es un pariente o un meritorio, para que usted quiera hacerme responsable.
-En nombre de Dios, ¿quién es?
-Con toda sinceridad no puedo informarlo. Yo no sé nada de él. Anteriormente lo tomé como copista; pero hace bastante tiempo que no trabaja para mí.
-Entonces, lo arreglaré. Buenos días, señor.
Pasaron varios días y no supe nada más; y aunque a menudo sentía un caritativo impulso de visitar el lugar y ver al pobre Bartleby, un cierto escrúpulo, de no sé qué, me detenía.
Ya he concluido con él, pensaba, al fin, cuando pasó otra semana sin más noticias. Pero al llegar a mi oficina, al día siguiente, encontré varias personas esperando en mi puerta, en un estado de gran excitación.
-Este es el hombre, ahí viene -gritó el que estaba delante, y que no era otro que el abogado que me había visitado.
-Usted tiene que sacarlo, señor, en el acto -gritó un hombre corpulento adelantándose y en el que reconocí al propietario del n.º X de Wall Street-. Estos caballeros, mis inquilinos, no pueden soportarlo más; El señor B. -señalando al abogado- lo ha echado de su oficina, y ahora persiste en ocupar todo el edificio, sentándose de día en los pasamanos de la escalera y durmiendo a la entrada, de noche. Todos están inquietos; los clientes abandonan las oficinas; hay temores de un tumulto, usted tiene que hacer algo, inmediatamente.
Horrorizado ante este torrente, retrocedí y hubiera querido encerrarme con llave en mi nuevo domicilio. En vano protesté que nada tenía que ver con Bartleby. En vano: yo era la última persona relacionada con él y nadie quería olvidar esa circunstancia.
Temeroso de que me denunciaran en los diarios (como alguien insinuó oscuramente) consideré el asunto y dije que si el abogado me concedía una entrevista privada con el amanuense en su propia oficina (la del abogado), haría lo posible para librarlos del estorbo.
Subiendo a mi antigua morada, encontré a Bartleby silencioso, sentado sobre la baranda en el descanso.
-¿Qué está haciendo ahí, Bartleby? -le dije.
-Sentado en la baranda -respondió humildemente.
Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.
-Bartleby -dije-, ¿se da cuenta de que está ocasionándome un gran disgusto, con su persistencia en ocupar la entrada después de haber sido despedido de la oficina?
Silencio.
-Tiene que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted. Ahora bien, ¿qué clase de trabajo quisiera hacer? ¿Le gustaría volver a emplearse como copista?
-No, preferiría no hacer ningún cambio.
-¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?
-Es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor; pero no soy exigente.
-¡Demasiado encierro -grité-, pero si usted está encerrado todo el día!
-Preferiría no ser vendedor -respondió como para cerrar la discusión.
-¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.
-No me gustaría, pero, como he dicho antes, no soy exigente.
Su locuacidad me animó. Volví a la carga.
-Bueno, ¿entonces quisiera viajar por el país como cobrador de comerciantes? Sería bueno para su salud.
-No, preferiría hacer otra cosa.
-¿No iría usted a Europa, para acompañar a algún joven y distraerlo con su conversación? ¿No le agradaría eso?
-De ninguna manera. No me parece que haya en eso nada preciso. Me gusta estar fijo en un sitio. Pero no soy exigente.
-Entonces, quédese fijo -grité, perdiendo la paciencia. Por primera vez, en mi desesperante relación con él, me puse furioso-. ¡Si usted no se va de aquí antes del anochecer; me veré obligado, en verdad, estoy obligado, a irme yo mismo! -dije, un poco absurdamente, sin saber con qué amenaza atemorizarlo para trocar en obediencia su inmovilidad. Desesperado de cualquier esfuerzo ulterior; precipitadamente me iba, cuando se me ocurrió un último pensamiento -uno ya vislumbrado por mí.
-Bartleby -dije, en el tono más bondadoso que pude adoptar; dadas las circunstancias- ¿usted no iría a casa conmigo? No a mi oficina, sino a mi casa, ¿a quedarse allí hasta encontrar un arreglo conveniente? Vámonos ahora mismo.
-No, por el momento preferiría no hacer ningún cambio.
No contesté; pero eludiendo a todos por lo súbito y rápido de mi fuga, huí del edificio, corrí por Wall Street hacia Broadway y saltando en el primer ómnibus me vi libre de toda persecución. Apenas vuelto a mi tranquilidad, comprendí que yo había hecho todo lo humanamente posible, tanto respecto a los pedidos del propietario y sus inquilinos, como respecto a mis deseos y mi sentido del deber; para beneficiar a Bartleby, y protegerlo de una ruda persecución. Procuré estar tranquilo y libre de cuidados; mi conciencia justificaba mi intento, aunque a decir verdad, no logré el éxito que esperaba. Tal era mi temor de ser acosado por el colérico propietario y sus exasperados inquilinos, que entregando por unos días mis asuntos a Nippers, me dirigí a la parte alta de la ciudad, a través de los suburbios, en mi coche; crucé de Jersey City a Hoboken, e hice fugitivas visitas a Manhattanville y Astoria. De hecho, casi estuve domiciliado en mi coche durante ese tiempo. Cuando regresé a la oficina, encontré sobre mi escritorio una nota del propietario. La abrí con temblorosas manos. Me informaba que su autor había llamado a la policía, y que Bartleby había sido conducido a la cárcel como vagabundo. Además, como yo lo conocía más que nadie, me pedía que concurriera y que hiciera una declaración conveniente de los hechos. Estas nuevas tuvieron sobre mi un efecto contradictorio. Primero, me indignaron, luego casi merecieron mi aprobación. El carácter enérgico y expeditivo del propietario le había hecho adoptar un temperamento que yo no hubiera elegido; y, sin embargo, como último recurso, dadas las circunstancias especiales, parecía el único camino.
Supe después que cuando le dijeron al amanuense que sería conducido a la cárcel, éste no ofreció la menor resistencia. Con su pálido modo inalterable, silenciosamente asintió. Algunos curiosos o apiadados espectadores se unieron al grupo; encabezada por uno de los gendarmes, del brazo de Bartleby, la silenciosa procesión siguió su camino entre todo el ruido, y el calor, y la felicidad de las aturdidas calles al mediodía.
El mismo día que recibí la nota, fui a la cárcel. Buscando al empleado, declaré el propósito de mi visita, y fui informado que el individuo que yo buscaba estaba, en efecto, ahí dentro. Aseguré al funcionario que Bartleby era de una cabal honradez y que merecía nuestra lástima, por inexplicablemente excéntrico que fuera. Le referí todo lo que sabía, y le sugerí que lo dejaran en un benigno encierro hasta que algo menos duro pudiera hacerse -aunque no sé muy bien en qué pensaba. De todos modos, si nada se decidía, el asilo debía recibirlo. Luego solicité una entrevista.
Como no había contra él ningún cargo serio, y era inofensivo y tranquilo, le permitían andar en libertad por la prisión y particularmente por los patios cercados de césped. Ahí lo encontré, solitario en el más quieto de los patios, con el rostro vuelto a un alto muro, mientras alrededor; me pareció ver los ojos de asesinos y de ladrones, atisbando por las estrechas rendijas de las ventanas.
-¡Bartleby!
-Lo conozco -dijo sin darse vuelta- y no tengo nada que decirle.
-Yo no soy el que le trajo aquí, Bartleby -dije profundamente dolido por su sospecha-. Para usted, este lugar no debe ser tan vil. Nada reprochable lo ha traído aquí. Vea, no es un lugar tan triste, como podría suponerse. Mire, ahí está el cielo, y aquí el césped.
-Sé dónde estoy -replicó, pero no quiso decir nada más, y entonces lo dejé.
Al entrar de nuevo en el corredor; un hombre ancho y carnoso, de delantal, se me acercó, y señalando con el pulgar sobre el hombro, dijo:
-¿Ése es su amigo?
-Sí.
-¿Quiere morirse de hambre? En tal caso, que observe el régimen de la prisión y saldrá con su gusto.
-¿Quién es usted? -le pregunté, no acertando a explicarme una charla tan poco oficial en ese lugar.
-Soy el despensero. Los caballeros que tienen amigos aquí me pagan para que los provea de buenos platos.
-¿Es cierto? -le pregunté al guardián. Me contestó que sí.
-Bien, entonces -dije, deslizando unas monedas de plata en la mano del despensero-, quiero que mi amigo esté particularmente atendido. Dele la mejor comida que encuentre. Y sea con él lo más atento posible.
-Presénteme, ¿quiere? -dijo el despensero, con una expresión que parecía indicar la impaciencia de ensayar inmediatamente su urbanidad.
Pensando que podía redundar en beneficio del amanuense, accedí, y preguntándole su nombre, me fui a buscar a Bartleby.
-Bartleby, éste es un amigo, usted lo encontrará muy útil.
-Servidor; señor -dijo el despensero, haciendo un lento saludo, detrás del delantal-. Espero que esto le resulte agradable, señor; lindo césped, departamentos frescos, espero que pase un tiempo con nosotros, trataremos de hacérselo agradable. ¿Qué quiere cenar hoy?
-Prefiero no cenar hoy -dijo Bartleby, dándose vuelta-. Me haría mal; no estoy acostumbrado a cenar -con estas palabras se movió hacia el otro lado del cercado, y se quedó mirando la pared.
-¿Cómo es esto? -dijo el hombre, dirigiéndose a mí con una mirada de asombro-. Es medio raro, ¿verdad?
-Creo que está un poco desequilibrado -dije con tristeza.
-¿Desequilibrado? ¿ Está desequilibrado? Bueno, palabra de honor que pensé que su amigo era un caballero falsificador; los falsificadores son siempre pálidos y distinguidos. No puedo menos que compadecerlos; me es imposible, señor. ¿No conoció a Monroe Edwards? -agregó patéticamente y se detuvo. Luego, apoyando compasivamente la mano en mi hombro, suspiró-: murió tuberculoso en Sing-Sing. Entonces, ¿usted no conocía a Monroe?
-No, nunca he tenido relaciones sociales con ningún falsificador. Pero no puedo demorarme. Cuide a mi amigo. Le prometo que no le pesará. Ya nos veremos.
Pocos días después, conseguí otro permiso para visitar la cárcel y anduve por los corredores en busca de Bartleby, pero sin dar con él.
-Lo he visto salir de su celda no hace mucho -dijo un guardián-. Habrá salido a pasear al patio. Tomó esa dirección.
-¿Está buscando al hombre callado? -dijo otro guardián, cruzándose conmigo-. Ahí está, durmiendo en el patio. No hace veinte minutos que lo vi acostado.
El patio estaba completamente tranquilo. A los presos comunes les estaba vedado el acceso. Los muros que lo rodeaban, de asombroso espesor; excluían todo ruido. El carácter egipcio de la arquitectura me abrumó con su tristeza. Pero a mis pies crecía un suave césped cautivo. Era como si en el corazón de las eternas pirámides, por una extraña magia, hubiese brotado de las grietas una semilla arrojada por los pájaros.
Extrañamente acurrucado al pie del muro, con las rodillas levantadas, de lado, con la cabeza tocando las frías piedras, vi al consumido Bartleby. Pero no se movió. Me detuve, luego me acerqué; me incliné, y vi que sus vagos ojos estaban abiertos; por lo demás, parecía profundamente dormido. Algo me impulsó a tocarlo. Al sentir su mano, un escalofrío me corrió por el brazo y por la medula hasta los pies.
La redonda cara del despensero me interrogó:
-Su comida está pronta. ¿No querrá comer hoy tampoco? ¿O vive sin comer?
-Vive sin comer -dije yo y le cerré los ojos.
-¿Eh?, está dormido, ¿verdad?
-Con reyes y consejeros -dije yo.
Creo que no hay necesidad de proseguir esta historia. La imaginación puede suplir fácilmente el pobre relato del entierro de Bartleby. Pero antes de despedirme del lector; quiero advertirle que si esta narración ha logrado interesarle lo bastante para despertar su curiosidad sobre quién era Bartleby, y qué vida llevaba antes de que el narrador trabara conocimiento con él, sólo puedo decirle que comparto esa curiosidad, pero que no puedo satisfacerla. No sé si debo divulgar un pequeño rumor que llegó a mis oídos, meses después del fallecimiento del amanuense. No puedo afirmar su fundamento; ni puedo decir qué verdad tenía. Pero, como este vago rumor no ha carecido de interés para mí, aunque es triste, puede también interesar a otros.
El rumor es éste: que Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Wáshington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en este rumor; apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Conciban un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los años. A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo -el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte.
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

BARTLEBY (cuento de H. Melville) III

De pronto, me atrajo el escritorio cerrado de Bartleby, con su llave visible en la cerradura.
No me llevaba, pensé, ninguna intención aviesa, ni el apetito de una desalmada curiosidad, además, el escritorio es mío y también su contenido; bien puedo animarme a revisarlo. Todo estaba metódicamente arreglado, los papeles en orden. Los casilleros eran profundos; removiendo los legajos archivados, examiné el fondo. De pronto sentí algo y lo saqué. Era un viejo pañuelo de algodón, pesado y anudado. Lo abrí y encontré que era una caja de ahorros.
Entonces recordé todos los tranquilos misterios que había notado en el hombre. Recordé que sólo hablaba para contestar; que aunque a intervalos tenía tiempo de sobra, nunca lo había visto leer -no, ni siquiera un diario-; que por largo rato se quedaba mirando, por su pálida ventana detrás del biombo, al ciego muro de ladrillos; yo estaba seguro que nunca visitaba una fonda o un restaurante; mientras su pálido rostro indicaba que nunca bebía cerveza como Nippers, ni siquiera té o café como los otros hombres, que nunca salía a ninguna parte; que nunca iba a dar un paseo, salvo, tal vez ahora; que había rehusado decir quién era, o de dónde venía, o si tenía algún pariente en el mundo; que, aunque tan pálido y tan delgado, nunca se quejaba de mala salud. Y más aún, recordé cierto aire de inconsciente, de descolorida -¿cómo diré?- de descolorida altivez, digamos, o austera reserva, que me había infundido una mansa condescendencia con sus rarezas, cuando se trataba de pedirle el más ligero favor, aunque su larga inmovilidad me indicara que estaba detrás de su biombo, entregado a uno de sus sueños frente al muro.
Meditando en esas cosas, y ligándolas al reciente descubrimiento de que había convertido mi oficina en su residencia, y sin olvidar sus mórbidas cavilaciones, meditando en estas cosas, repito, un sentimiento de prudencia nació en mi espíritu. Mis primeras reacciones habían sido de pura melancolía y lástima sincera, pero a medida que la desolación de Bartleby se agrandaba en mi imaginación, esa melancolía se convirtió en miedo, esa lástima en repulsión.
Tan cierto es, y a la vez tan terrible, que hasta cierto punto el pensamiento o el espectáculo de la pena atrae nuestros mejores sentimientos, pero algunos casos especiales no van más allá. Se equivocan quienes afirman que esto se debe al natural egoísmo del corazón humano. Más bien proviene de cierta desesperanza de remediar un mal orgánico y excesivo. Y cuando se percibe que esa piedad no lleva a un socorro efectivo, el sentido común ordena al alma librarse de ella. Lo que vi esa mañana me convenció de que el amanuense era la víctima de un mal innato e incurable. Yo podía dar una limosna a su cuerpo; pero su cuerpo no le dolía; tenía el alma enferma, y yo no podía llegar a su alma.
No cumplí, esa mañana, mi propósito de ir a la Trinidad. Las cosas que había visto me incapacitaban, por el momento, para ir a la iglesia. Al dirigirme a mi casa, iba pensando en lo que haría con Bartleby. Al fin me resolví: lo interrogaría con calma, la mañana siguiente, acerca de su vida, etc., y si rehusaba contestarme francamente y sin reticencias (y suponía que él preferiría no hacerlo), le daría un billete de veinte dólares, además de lo que le debía, diciéndole que ya no necesitaba sus servicios; pero que en cualquier otra forma en que necesitara mi ayuda, se la prestaría gustoso, especialmente le pagaría los gastos para trasladarse al lugar de su nacimiento dondequiera que fuera. Además, si al llegar a su destino necesitaba ayuda, una carta haciéndomelo saber no quedaría sin respuesta.
La mañana siguiente llegó.
-Bartleby -dije, llamándolo comedidamente.
Silencio.
-Bartleby -dije en tono aún más suave- venga, no le voy a pedir que haga nada que usted preferiría no hacer. Sólo quiero conversar con usted.
Con esto, se me acercó silenciosamente.
-¿Quiere decirme, Bartleby, dónde ha nacido?
-Preferiría no hacerlo.
-¿Quiere contarme algo de usted?
-Preferiría no hacerlo.
-Pero ¿qué objeción razonable puede tener para no hablar conmigo? Yo quisiera ser un amigo.
Mientras yo hablaba, no me miró. Tenía los ojos fijos en el busto de Cicerón, que estaba justo detrás de mí, a unas seis pulgadas sobre mi cabeza.
-¿Cuál es su respuesta, Bartleby? -le pregunté, después de esperar un buen rato, durante el cual su actitud era estática, notándose apenas un levísimo temblor en sus labios descoloridos.
-Por ahora prefiero no contestar -dijo, y se retiró a su ermita.
Tal vez fui débil, lo confieso, pero su actitud en esta ocasión me irritó. No sólo parecía acechar en ella cierto desdén tranquilo; su terquedad resultaba desagradecida si se considera el indiscutible buen trato y la indulgencia que había recibido de mi parte.
De nuevo me quedé pensando qué haría. Aunque me irritaba su proceder, aunque al entrar en la oficina yo estaba resuelto a despedirlo, un sentimiento supersticioso golpeó en mi corazón y me prohibió cumplir mi propósito, y me dijo que yo sería un canalla si me atrevía a murmurar una palabra dura contra el más triste de los hombres. Al fin, colocando familiarmente mi silla detrás de su biombo, me senté y le dije:
-Dejemos de lado su historia, Bartleby; pero permítame suplicarle amistosamente que observe en lo posible las costumbres de esta oficina. Prométame que mañana o pasado ayudará a examinar documentos; prométame que dentro de un par de días se volverá un poco razonable, ¿verdad, Bartleby?
-Por ahora prefiero no ser un poco razonable -fue su mansa y cadavérica respuesta. En ese momento se abrió la puerta vidriera y Nippers se acercó. Parecía víctima, contra la costumbre, de una mala noche, producida por una indigestión más severa que las de costumbre. Oyó las últimas palabras de Bartleby.
-«¿Prefiere no ser razonable?» -gritó Nippers-. Yo le daría preferencias, si fuera usted, señor. ¿Qué es, señor, lo que ahora prefiere no hacer? -Bartleby no movió ni un dedo.
-Señor Nippers -le dije-, prefiero que, por el momento, usted se retire.
No sé cómo, últimamente, yo había contraído la costumbre de usar la palabra preferir. Temblé pensando que mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi estado mental. ¿Qué otra y quizá más honda aberración podría traerme? Este recelo había influido en mi determinación de emplear medidas sumarias.
Mientras Nippers, agrio y malhumorado, desaparecía, Turkey apareció, obsequioso y deferente.
-Con todo respeto, señor -dijo-, ayer estuve meditando sobre Bartleby, y pienso que si él prefiriera tomar a diario un cuarto de buena cerveza, le haría mucho bien, y lo habilitaría a prestar ayuda en el examen de documentos.
-Parece que usted también ha adopta do la palabra -dije, ligeramente excitado.
-Con todo respeto. ¿Qué palabra, señor? -preguntó Turkey, apretándose respetuosamente en el estrecho espacio detrás del biombo y obligándome, al hacerlo, a empujar al amanuense.
-¿Qué palabra, señor?
-Preferiría quedarme aquí solo -dijo Bartleby, como si lo ofendiera el verse atropellado en su retiro.
-Esa es la palabra, Turkey, ésa es.
-¡Ah!, ¿preferir?, ah, sí, curiosa palabra. Yo nunca la uso. Pero señor, como iba diciendo, si prefiriera...
-Turkey -interrumpí-, retírese, por favor.
-Ciertamente, señor, si usted lo prefiere.
Al abrir la puerta vidriera para retirarse, Nippers desde su escritorio me echó una mirada y me preguntó si yo prefería papel blanco o papel azul para copiar cierto documento. No acentuó maliciosamente la palabra preferir. Se veía que había sido dicha involuntariamente. Reflexioné que era mi deber deshacerme de un demente, que ya, en cierto modo, había influido en mi lengua y quizá en mi cabeza y en las de mis dependientes. Pero juzgué prudente no hacerlo de inmediato.
Al día siguiente noté que Bartleby no hacía más que mirar por la ventana, en su sueño frente a la pared. Cuando le pregunté por qué no escribía, me dijo que había resuelto no escribir más.
-¿Por qué no? ¿Qué se propone? -exclamé-. ¿ No escribir más?
-Nunca más.
-¿Y por qué razón?
-¿No la ve usted mismo? -replicó con indiferencia.
Lo miré fijamente y me pareció que sus ojos estaban apagados y vidriosos. Enseguida se me ocurrió que su ejemplar diligencia junto a esa pálida ventana, durante las primeras semanas, había dañado su vista.
Me sentí conmovido y pronuncié algunas palabras de simpatía. Sugerí que, por supuesto, era prudente de su parte el abstenerse de escribir por un tiempo; y lo animé a tomar esta oportunidad para hacer ejercicios al aire libre. Pero no lo hizo. Días después, estando ausentes mis otros empleados, y teniendo mucha prisa por despachar ciertas cartas, pensé que no teniendo nada que hacer, Bartleby seria menos inflexible que de costumbre y querría llevármelas al Correo. Se negó rotundamente y aunque me resultaba molesto, tuve que llevarlas yo mismo. Pasaba el tiempo. Ignoro si los ojos de Bartleby se mejoraron o no. Me parece que sí, según todas las apariencias. Pero cuando se lo pregunté no me concedió una respuesta. De todos modos, no quería seguir copiando. Al fin, acosado por mis preguntas, me informó que había resuelto abandonar las copias.
-¡Cómo! -exclamé-. ¿Si sus ojos se curaran, si viera mejor que antes, copiaría entonces?
-He renunciado a copiar -contestó y se hizo a un lado.
Se quedó como siempre, enclavado en mi oficina. ¡Qué! -si eso fuera posible- se reafirmó más aún que antes. ¿Qué hacer? Si no hacia nada en la oficina: ¿por qué se iba a quedar? De hecho, era una carga, no sólo inútil, sino gravosa. Sin embargo, le tenía lástima. No digo sino la pura verdad cuando afirmo que me causaba inquietud. Si hubiese nombrado a algún pariente o amigo, yo le hubiera escrito, instándolo a llevar al pobre hombre a un retiro adecuado. Pero parecía solo, absolutamente solo en el universo. Algo como un despojo en mitad del océano Atlántico. A la larga, necesidades relacionadas con mis asuntos prevalecieron sobre toda consideración. Lo más bondadosamente posible, le dije a Bartleby que en seis días debía dejar la oficina. Le aconsejé tomar medidas en ese intervalo para procurarse una nueva morada. Le ofrecí ayudarlo en este empeño, si él personalmente daba el primer paso para la mudanza.
-Y cuando usted se vaya del todo, Bartleby -añadí-, velaré para que no salga completamente desamparado. Recuerde, dentro de seis días.
Al expirar el plazo, espié detrás del biombo: ahí estaba Bartleby.
Me abotoné el abrigo, me paré firme; avancé lentamente hasta tocarle el hombro y le dije:
-El momento ha llegado; debe abandonar este lugar; lo siento por usted; aquí tiene dinero, debe irse.
-Preferiría no hacerlo -replicó-, siempre dándome la espalda.
-Pero usted debe irse.
Silencio.
Yo tenía una ilimitada confianza en su honradez. Con frecuencia me había devuelto peniques y chelines que yo había dejado caer en el suelo, porque soy muy descuidado con esas pequeñeces. Las providencias que adopté no se considerarán, pues, extraordinarias.
-Bartleby -le dije-, le debo doce dólares, aquí tiene treinta y dos; esos veinte son suyos ¿quiere tomarlos? -y le alcancé los billetes.
Pero ni se movió.
-Los dejaré aquí, entonces -y los puse sobre la mesa bajo un pisapapeles. Tomando mi sombrero y mi bastón me dirigí a la puerta, y volviéndome tranquilamente añadí:
-Cuando haya sacado sus cosas de la oficina, Bartleby, usted por supuesto cerrará con llave la puerta, ya que todos se han ido, y por favor deje la llave bajo el felpudo, para que yo la encuentre mañana. No nos veremos más. Adiós. Si más adelante, en su nuevo domicilio puedo serle útil, no deje de escribirme. Adiós Bartleby y que le vaya bien.
No contestó ni una palabra, como la última columna de un templo en ruinas, quedó mudo y solitario en medio del cuarto desierto.
Mientras me encaminaba a mi casa, pensativo, mi vanidad se sobrepuso a mi lástima. No podía menos de jactarme del modo magistral con que había llevado mi liberación de Bartleby. Magistral, lo llamaba, y así debía opinar cualquier pensador desapasionado. La belleza de mi procedimiento consistía en su perfecta serenidad. Nada de vulgares intimidaciones, ni de bravatas, ni de coléricas amenazas, ni de paseos arriba y abajo por el departamento, con espasmódicas órdenes vehementes a Bartleby de desaparecer con sus miserables bártulos. Nada de eso. Sin mandatos gritones a Bartleby -como hubiera hecho un genio inferior- yo había postulado que se iba, y sobre esa promesa había construido todo mi discurso. Cuanto más pensaba en mi actitud, más me complací en ella. Con todo, al despertarme la mañana siguiente, tuve mis dudas: mis humos de vanidad se habían desvanecido. Una de las horas más lúcidas y serenas en la vida del hombre es la del despertar. Mi procedimiento seguía pareciéndome tan sagaz como antes, pero sólo en teoría. Cómo resultaría en la práctica era lo que estaba por verse. Era una bella idea, dar por sentada la partida de Bartleby; pero, después de todo, esta presunción era sólo mía, y no de Bartleby. Lo importante era no que yo hubiera establecido que debía irse, sino que él prefiriera hacerlo. Era hombre de preferencias, no de presunciones.
Después del almuerzo, me fui al centro, discutiendo las probabilidades pro y contra. A ratos pensaba que sería un fracaso y que encontraría a Bartleby en mi oficina como de costumbre; y enseguida tenía la seguridad de encontrar su silla vacía. Y así seguí titubeando. En la esquina de Broadway y la calle del Canal, vi a un grupo de gente muy excitada, conversando seriamente.
-Apuesto a que... -oí decir al pasar.
-¿A que no se va? ¡Ya está! -dije-, ponga su dinero.
Instintivamente metí la mano en el bolsillo, para vaciar el mío, cuando me acordé que era día de elecciones. Las palabras que había oído no tenían nada que ver con Bartleby, sino con el éxito o fracaso de algún candidato para intendente. En mi obsesión, ya había imaginado que todo Broadway compartía mi excitación y discutía el mismo problema.
Seguí, agradecido al bullicio de la calle, que protegía mi distracción. Como era mi propósito, llegué más temprano que de costumbre a la puerta de mi oficina. Me paré a escuchar. No había ruido. Debía de haberse ido. Probé el llamador. La puerta estaba cerrada con llave. Mi procedimiento había obrado como magia; el hombre había desaparecido. Sin embargo, cierta melancolía se mezclaba a esta idea: el éxito brillante casi me pesaba. Estaba buscando bajo el felpudo la llave que Bartleby debía haberme dejado cuando, por casualidad, pegué en la puerta con la rodilla, produciendo un ruido como de llamada, y en respuesta llegó hasta mí una voz que decía desde adentro:
-Todavía no; estoy ocupado.
Era Bartleby.
Quedé fulminado. Por un momento quedé como aquel hombre que, con su pipa en la boca, fue muerto por un rayo, hace ya tiempo, en una tarde serena de Virginia; fue muerto asomado a la ventana y quedó recostado en ella en la tarde soñadora, hasta que alguien lo tocó y cayó.
-¡No se ha ido! -murmuré por fin. Pero una vez más, obedeciendo al ascendiente que el inescrutable amanuense tenía sobre mí, y del cual me era imposible escapar, bajé lentamente a la calle; al dar vuelta a la manzana, consideré qué podía hacer en esta inaudita perplejidad. Imposible expulsarlo a empujones; inútil sacarlo a fuerza de insultos; llamar a la policía era una idea desagradable; y, sin embargo, permitirle gozar de su cadavérico triunfo sobre mí, eso también era inadmisible. ¿Qué hacer? o, si no había nada que hacer, ¿qué dar por sentado? Yo había dado por sentado que Bartleby se iría; ahora podía yo retrospectivamente asumir que se había ido. En la legítima realización de esta premisa, podía entrar muy apurado en mi oficina, y fingiendo no ver a Bartleby, llevarlo por delante como si fuera el aire. Tal procedimiento tendría en grado singular todas las apariencias de una indirecta. Era bastante difícil que Bartleby pudiera resistir a esa aplicación de la doctrina de las suposiciones. Pero repensándolo bien, el éxito de este plan me pareció dudoso. Resolví discutir de nuevo el asunto.
-Bartleby -le dije, con severa y tranquila expresión, entrando a la oficina-, estoy disgustado muy seriamente. Estoy apenado, Bartleby. No esperaba esto de usted. Yo me lo había imaginado de caballeresco carácter, yo había pensado que en cualquier dilema bastaría la más ligera insinuación -en una palabra- suposición. Pero parece que estoy engañado. ¡Cómo! -agregué, naturalmente asombrado-, ¿ni siquiera ha tocado ese dinero? -Estaba en el preciso lugar donde yo lo había dejado la víspera.
No contestó.
-¿Quiere usted dejarnos, sí o no? -pregunté en un arranque, avanzando hasta acercarme a él.
-Preferiría no dejarlos -replicó suavemente, acentuando el no.
-¿Y qué derecho tiene para quedarse? ¿Paga alquiler? ¿Paga mis impuestos? ¿Es suya la oficina?
No contestó.
-¿Está dispuesto a escribir ahora? ¿Se ha mejorado de la vista? ¿Podría escribir algo para mi esta mañana, o ayudarme a examinar unas líneas, o ir al Correo? En una palabra, ¿quiere hacer algo que justifique su negativa de irse?
Silenciosamente se retiró a su ermita.
Yo estaba en tal estado de resentimiento nervioso que me pareció prudente abstenerme de otros reproches. Bartleby y yo estábamos solos. Recordé la tragedia del infortunado Adams y del aún más infortunado Colt en la solitaria oficina de éste; y cómo el pobre Colt, exasperado por Adams, y dejándose llevar imprudentemente por la ira, fue precipitado al acto fatal, acto que ningún hombre puede deplorar más que el actor. A menudo he pensado que si este altercado hubiera tenido lugar en la calle o en una casa particular, otro hubiera sido su desenlace. La circunstancia de estar solos en una oficina desierta, en lo alto de un edificio enteramente desprovisto de domésticas asociaciones humanas -una oficina sin alfombras, de apariencia, sin duda alguna, polvorienta y desolada- debe haber contribuido a acrecentar la desesperación del desventurado Colt. Pero cuando el resentimiento del viejo Adams se apoderó de mí y me tentó en lo concerniente a Bartleby, luché con él y lo vencí. ¿Cómo? Recordando sencillamente el divino precepto: Un nuevo mandamiento les doy: ámense los unos a los otros. Sí, esto fue lo que me salvó. Aparte de más altas consideraciones, la caridad obra como un principio sabio y prudente, como una poderosa salvaguardia para su poseedor. Los hombres han asesinado por celos, y por rabia, y por odio, y por egoísmo y por orgullo espiritual; pero no hay hombre, que yo sepa, que haya cometido un asesinato por caridad. La prudencia, entonces, si no puede aducirse motivo mejor, basta para impulsar a todos los seres hacia la filantropía y la caridad. En todo caso, en esta ocasión me esforcé en ahogar mi irritación con el amanuense, interpretando benévolamente su conducta. ¡Pobre hombre, pobre hombre!, pensé, no sabe lo que hace; y, además, ha pasado días muy duros y merece indulgencia.
Procuré también ocuparme en algo; y al mismo tiempo consolar mi desaliento. Traté de imaginar que en el curso de la mañana, en un momento que le viniera bien, Bartleby, por su propia y libre voluntad, saldría de su ermita, decidido a encaminarse a la puerta. Pero, no, llegaron las doce y media, la cara de Turkey se encendió, volcó el tintero y empezó su turbulencia; Nippers declinó hacia la calma y la cortesía; Ginger Nut mascó su manzana del mediodía; y Bartleby siguió de pie en la ventana en uno de sus profundos sueños frente al muro. ¿Me creerán? ¿Me atreveré a confesarlo? Esa tarde abandoné la oficina, sin decirle ni una palabra más.

BARTLEBY (cuento de H. Melville) II

Con cualquier otro hombre, me hubiera precipitado en un arranque de ira, desdeñando explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba. Me puse a razonar con él.
-Son sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le ahorrará trabajo, pues un examen bastará para sus cuatro copias. Es la costumbre. Todos los copistas están obligados a examinar su copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!
-Prefiero no hacerlo -replicó melodiosamente. Me pareció que mientras me dirigía a él, consideraba con cuidado cada aserto mío; que comprendía por entero el significado; que no podía contradecir la irresistible conclusión; pero que al mismo tiempo alguna suprema consideración lo inducía a contestar de ese modo.
-¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud, solicitud hecha de acuerdo con la costumbre y el sentido común?
Brevemente me dio a entender que en ese punto mi juicio era exacto. Sí: su decisión era irrevocable.
No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera insólita e irrazonable, bruscamente descrea de su convicción más elemental. Empieza a vislumbrar vagamente que, por extraordinario que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado; si hay testigos imparciales, se vuelve a ellos para que de algún modo lo refuercen.
-Turkey -dije-, ¿qué piensa de esto? ¿Tengo razón?
-Con todo respeto, señor -dijo Turkey en su tono más suave-, creo que la tiene.
-Nippers. ¿Qué piensa de esto?
-Yo lo echaría a puntapiés de la oficina.
El sagaz lector habrá percibido que siendo mañana, la contestación de Turkey estaba concebida en términos tranquilos y corteses y la de Nippers era malhumorada. O para repetir una frase anterior, diremos que el malhumor de Nippers estaba de guardia y el de Turkey estaba franco.
-Ginger Nut -dije, ávido de obtener en mi favor el sufragio más mínimo-, ¿qué piensas de esto?
-Creo, señor, que está un poco chiflado -replicó Ginger Nut con una mueca burlona.
-Está oyendo lo que opinan -le dije, volviéndome al biombo-. Salga y cumpla con su deber.
No condescendió a contestar. Tuve un momento de molesta perplejidad. Pero las tareas urgían. Y otra vez decidí postergar el estudio de este problema a futuros ocios. Con un poco de incomodidad llegamos a examinar los papeles sin Bartleby, aunque a cada página, Turkey, deferentemente, daba su opinión de que este procedimiento no era correcto; mientras Nippers, retorciéndose en su silla con una nerviosidad dispéptica, trituraba entre sus dientes apretados, intermitentes maldiciones silbadas contra el idiota testarudo de detrás del biombo. En cuanto a él (Nippers), ésta era la primera y última vez que haría sin remuneración el trabajo de otro.
Mientras tanto, Bartleby seguía en su ermita, ajeno a todo lo que no fuera su propia tarea.
Pasaron algunos días, en los que el amanuense tuvo que hacer otro largo trabajo. Su conducta extraordinaria me hizo vigilarlo estrechamente. Observé que jamás iba a almorzar; en realidad, que jamás iba a ninguna parte. Jamás, que yo supiera, había estado ausente de la oficina. Era un centinela perpetuo en su rincón. Noté que a las once de la mañana, Ginger Nut solía avanzar hasta la apertura del biombo, como atraído por una señal silenciosa, invisible para mí. Luego salía de la oficina, haciendo sonar unas monedas, y reaparecía con un puñado de bizcochos de jengibre, que entregaba en la ermita, recibiendo dos de ellos como jornal.
Vive de bizcochos de jengibre, pensé; no toma nunca lo que se llama un almuerzo; debe ser vegetariano; pero no, pues no toma ni legumbres, no come más que bizcochos de jengibre. Medité sobre los probables efectos de un exclusivo régimen de bizcochos de jengibre. Se llaman así, porque el jengibre es uno de sus principales componentes, y su principal sabor. Ahora bien, ¿qué es el jengibre? Una cosa cálida y picante. ¿Era Bartleby cálido y picante? Nada de eso; el jengibre, entonces, no ejercía efecto alguno sobre Bartleby. Probablemente, él prefería que no lo ejerciera.
Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo resistido no es inhumano, y el individuo resistente es inofensivo en su pasividad, el primero, en sus mejores momentos, caritativamente procurará que su imaginación interprete lo que su entendimiento no puede resolver.
Así me aconteció con Bartleby y sus manejos. ¡Pobre hombre! pensé yo, no lo hace por maldad; es evidente que no procede por insolencia; su aspecto es suficiente prueba de lo involuntario de sus rarezas. Me es útil. Puedo llevarme bien con él. Si lo despido, caerá con un patrón menos indulgente, será maltratado y tal vez llegará miserablemente a morirse de hambre. Sí, puedo adquirir a muy bajo precio la deleitosa sensación de amparar a Bartleby; puedo adaptarme a su extraña terquedad; ello me costará poquísimo o nada y, mientras, atesoraré en el fondo de mi alma lo que finalmente será un dulce bocado para mi conciencia. Pero no siempre consideré así las cosas. La pasividad de Bartleby solía exasperarme. Me sentía aguijoneado extrañamente a chocar con él en un nuevo encuentro, a despertar en él una colérica chispa correspondiente a la mía. Pero hubiera sido lo mismo tratar de encender fuego golpeando con los nudillos de mi mano en un pedazo de jabón Windsor.
Una tarde, el impulso maligno me dominó y tuvo lugar la siguiente escena:
-Bartleby -le dije-, cuando haya copiado todos esos documentos, los voy a revisar con usted.
-Preferiría no hacerlo.
-¿Cómo? ¿Se propone persistir en ese capricho de mula?
Silencio.
Abrí la puerta vidriera, y dirigiéndome a Turkey y a Nippers exclamé:
-Bartleby dice por segunda vez que no examinará sus documentos. ¿Qué piensa de eso, Turkey?
Hay que recordar que era de tarde.
Turkey resplandecía como una marmita de bronce; tenía empapada la calva; tamborileaba con las manos sobre sus papeles borroneados.
-¿Qué pienso? -rugió Turkey-. ¡Pienso que voy a meterme en el biombo y le voy a poner un ojo negro!
Con estas palabras se puso de pie y estiró los brazos en una postura pugilística. Se disponía a hacer efectiva su promesa cuando lo detuve, arrepentido de haber despertado la belicosidad de Turkey después de almorzar.
-Siéntese, Turkey -le dije-, y oiga lo que Nippers va a decir. ¿Qué piensa, Nippers? ¿No estaría plenamente justificado despedir de inmediato a Bartleby?
-Discúlpeme, esto tiene que decidirlo usted mismo. Creo que su conducta es insólita, y ciertamente injusta hacia Turkey y hacia mí. Pero puede tratarse de un capricho pasajero.
-¡Ah! -exclamé-, es raro ese cambio de opinión. Usted habla de él, ahora, con demasiada indulgencia.
-Es la cerveza -gritó Turkey-, esa indulgencia es efecto de la cerveza. Nippers y yo almorzamos juntos. Ya ve qué indulgente estoy yo, señor. ¿ Le pongo un ojo negro?
-Supongo que se refiere a Bartleby. No, hoy no. Turkey -repliqué-, por favor, baje esos puños.
Cerré las puertas y volví a dirigirme a Bartleby. Tenía un nuevo incentivo para tentar mi suerte. Estaba deseando que volviera a rebelarse. Recordé que Bartleby no abandonaba nunca la oficina.
-Bartleby -le dije-. Ginger. Nut ha salido; cruce al Correo, ¿quiere? -era a tres minutos de distancia- y vea si hay algo para mí.
-Preferiría no hacerlo.
-¿No quiere ir?
-Lo preferiría así.
Pude llegar a mi escritorio, y me sumí en profundas reflexiones. Volvió mi ciego impulso. ¿Habría alguna cosa capaz de procurarme otra ignominiosa repulsa de este necio tipo sin un cobre, mi dependiente asalariado?
-¡Bartleby!
Silencio.
-¡Bartleby! -más fuerte.
Silencio.
-¡Bartleby! -vociferé.
Como un verdadero fantasma, cediendo a las leyes de una invocación mágica, apareció al tercer llamado.
-Vaya al otro cuarto, y dígale a Nippers que venga.
-Preferiría no hacerlo -dijo con respetuosa lentitud, y desapareció mansamente.
-Muy bien, Bartleby -dije con voz tranquila, aplomada y serenamente severa, insinuando el inalterable propósito de alguna terrible y pronta represalia. En ese momento proyectaba algo por el estilo. Pero pensándolo bien, y como se acercaba la hora de almorzar, me pareció mejor ponerme el sombrero y caminar hasta casa, sufriendo con mi perplejidad y mi preocupación.
¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi oficina que un pálido joven llamado Bartleby tenía ahí un escritorio, que copiaba al precio corriente de cuatro céntimos la hoja (cien palabras), pero que estaba exento, permanentemente, de examinar su trabajo y que ese deber era transferido a Turkey y a Nippers, sin duda en gracia de su mayor agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no sería llamado a evacuar el más trivial encargo; y si se le pedía que lo hiciera, se entendería que preferiría no hacerlo, en otras palabras, que rehusaría de modo terminante.
Con el tiempo, me sentí considerablemente reconciliado con Bartleby. Su aplicación, su falta de vicios, su laboriosidad incesante (salvo cuando se perdía en un sueño detrás del biombo), su gran calma, su ecuánime conducta en todo momento, hacían de él una valiosa adquisición. En primer lugar siempre estaba ahí, el primero por la mañana, durante todo el día, y el último por la noche. Yo tenía singular confianza en su honestidad. Sentía que mis documentos más importantes estaban perfectamente seguros en sus manos. A veces, muy a pesar mío, no podía evitar el caer en espasmódicas cóleras contra él. Pues era muy difícil no olvidar nunca esas raras peculiaridades, privilegios y excepciones inauditas, que formaban las tácitas condiciones bajo las cuales Bartleby seguía en la oficina. A veces, en la ansiedad de despachar asuntos urgentes, distraídamente pedía a Bartleby, en breve y rápido tono, poner el dedo, digamos, en el nudo incipiente de un cordón colorado con el que estaba atando unos papeles. Detrás del biombo resonaba la consabida respuesta: preferiría no hacerlo; y entonces ¿cómo era posible que un ser humano dotado de las fallas comunes de nuestra naturaleza dejara de contestar con amargura a una perversidad semejante, a semejante sinrazón? Sin embargo, cada nueva repulsa de esta clase tendía a disminuir las probabilidades de que yo repitiera la distracción.
Debo decir que, según la costumbre de muchos hombres de ley con oficinas en edificios densamente habitados, la puerta tenía varias llaves. Una la guardaba una mujer que vivía en la buhardilla, que hacía una limpieza a fondo una vez por semana y diariamente barría y sacudía el departamento. Turkey tenía otra, la tercera yo solía llevarla en mi bolsillo, y la cuarta no sé quién la tenía.
Ahora bien, un domingo de mañana se me ocurrió ir a la iglesia de la Trinidad a oír a un famoso predicador, y como era un poco temprano pensé pasar un momento a mi oficina. Felizmente llevaba mi llave, pero al meterla en la cerradura, encontré resistencia por la parte interior. Llamé; consternado, vi girar una llave por dentro y, exhibiendo su pálido rostro por la puerta entreabierta, entreví a Bartleby en mangas de camisa, y en un raro y andrajoso deshabillé.
Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy ocupado y que prefería no recibirme por el momento. Añadió que sería mejor que yo fuera a dar dos o tres vueltas por la manzana, y que entonces habría terminado sus tareas.
La inesperada aparición de Bartleby, ocupando mi oficina un domingo, con su cadavérica indiferencia caballeresca, pero tan firme y tan seguro de sí, tuvo tan extraño efecto, que de inmediato me retiré de mi puerta y cumplí sus deseos. Pero no sin variados pujos de inútil rebelión contra la mansa desfachatez de este inexplicable amanuense. Su maravillosa mansedumbre no sólo me desarmaba, me acobardaba. Porque considero que es una especie de cobarde el que tranquilamente permite a su dependiente asalariado que le dé órdenes y que lo expulse de sus dominios. Además, yo estaba lleno de dudas sobre lo que Bartleby podría estar haciendo en mi oficina, en mangas de camisa y todo deshecho, un domingo de mañana. ¿Pasaría algo impropio? No, eso quedaba descartado. No podía pensar ni por un momento que Bartleby fuera una persona inmoral. Pero, ¿qué podía estar haciendo allí? ¿Copias? No, por excéntrico que fuera Bartleby, era notoriamente decente. Era la última persona para sentarse en su escritorio en un estado vecino a la desnudez. Además, era domingo, y había algo en Bartleby que prohibía suponer que violaría la santidad de ese día con tareas profanas.
Con todo, mi espíritu no estaba tranquilo; y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía, miré ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo; pero era claro que se había ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada; en el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo; en una silla una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa; en un diario, unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso. Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí .
Entonces, me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande; pero, su soledad ¡qué terrible!
Los domingos, Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y cada noche de cada día es una desolación. Este edificio, también, que en los días de semana bulle de animación y de vida, por la noche retumba de puro vacío, y el domingo está desolado. ¡Y es aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una soledad que ha visto poblada, una especie de inocente y transformado Mario, meditando entre las ruinas de Cartago!
Por primera vez en mi vida una impresión de abrumadora y punzante melancolía se apoderó de mí. Antes, nunca había experimentado más que ligeras tristezas, no desagradables. Ahora el lazo de una común humanidad me arrastraba al abatimiento. ¡Una melancolía fraternal! Los dos, yo y Bartleby, éramos hijos de Adán. Recordé las sedas brillantes y los rostros dichosos que había visto ese día, bogando como cisnes por el Misisipí de Broadway, y los comparé al pálido copista, reflexionando: ah, la felicidad busca la luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre; pero el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe. Estas imaginaciones -quimeras, indudablemente, de un cerebro tonto y enfermo- me llevaron a pensamientos más directos sobre las rarezas de Bartleby. Presentimientos de extrañas novedades me visitaron. Creí ver la pálida forma del amanuense, entre desconocidos, indiferentes, extendida en su estremecida mortaja.