Bitácora de Víktor Gómez “Valentinos para compartir noticias, actos y novedades culturales, escrituras, encuentros literarios, presentaciones de libros, crítica y reseñas y otras varias curiosidades.
domingo, 12 de julio de 2015
Reseña de Ángel Luis Luján al libro ASTILLAS,de Miguel Ángel Curiel
jueves, 15 de noviembre de 2012
MIGUEL ÁNGEL CURIEL con 'HACER HIELO' gana el XIII Premio Nacional de Poesía José Hierro
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Miguel Ángel Curiel gana el XXIII Premio Nacional de Poesía José Hierro de la Universidad Popular de San Sebastián de los Reyes
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(seguir noticia, aquí)
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EN LOS AIRES
Vente me dice el aire.
¿Y como voy a irme
con lo que no veo?
Una bola de agua y luz.
¿Cómo voy a romperla
contra mi ojo?
Todo el día está en el aire
ese pájaro invisible.
¿De donde sacará la energía
si no de la muerte?
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CRIBA
Criba arena
hasta que
aparezca
la lágrima.
El borde roto de la taza
hiere el labio.
Me alimento
de visiones breves.
Cucharadas de vino.
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miércoles, 21 de septiembre de 2011
MIGUEL ÁNGEL CURIEL: LOS SUMERGIDOS (y una lectura de aproximación)
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Hoy se ha presentado en Valencia el nuevo poemario de Miguel Ángel Curiel y dejo aquí unas palabras, ligeras y fugaces, sobre una aproximación que fue recientemente mi lectura del libro. Para nada agotan ni sustituyen otras posibles lecturas. Mi recomendación es leer morosamente sus páginas. Y espaciar el retorno. Volver cuando el sí y el no, hayan dejado en el espesor del presente un suficiente pasadizo. La relectura (hoy volví, después de dos meses y medio) trae consigo el acontecimiento.
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Víktor Gómez
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En La nube habitada, Antxo Pastor, nos deja una selección magnífica del libro Los sumergidos,
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acá
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"En los niveles más bajos,
la señal más oscura."
M. A. Curiel
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"Cada palabra es un nudo
de misericordia que se cierra
sobre sí mismo"
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M. A. Curiel
martes, 12 de julio de 2011
NOVEDAD EDITORIAL: LOS SUMERGIDOS de Miguel Ángel Curiel
¿Qué otro árbol podría agarrarse de esa
manera al sol y al viento? ¿Te has agarrado así
alguna vez a la vida? O esas perchas de luz
que se mecen en las higueras. Así, los nudos
secos de mis palabras se desatan aquí por un
tiempo, por la ciudad que se aleja lentamen-
te, como una placa de memoria desgajada.
Rotura natural, implacable. Con todo eso
nunca olvidaré dónde está. Llevo la llave de
una puerta traída de la sierra. ¿Quién inventó
entonces las ventanas, los ojos de las casas?
Incluso cuando están vacías, ellas ven. El cris-
tal se empaña rápidamente. Las palabras lo
empañan todo. Así nos alzamos de puntillas
para ver el paso del desfile, los pájaros que
chillan o esas ascuas de espinas que remuevo
para sacar las palabras entre la ceniza verde.
Te quemas en el silencio de la raíz. No hay un
nudo que desatar en mi garganta o unos ojos
helados en el sol.
Unas palabras que ya no se cotizan, que
no ascienden una vez liberadas, o porque hay
demasiada luz, o se cargan con más peso del
que debieran asumir. De todos modos las he
leído en la fiesta y la gente ha aplaudido. Sa-
car un papel doblado del bolsillo de la cha-
queta, ahí están escritas. Unos renglones que
ascienden. Pensé siempre que lo que escribi-
mos o decimos debía ascender, aunque fuera
ligeramente, y si fuera posible salirse del pa-
pel. Ascender, como la alegría más leve, no
como el caracol o la babosa, que se deslizan
dejando una marca amarilla, unas líneas de
baba, de mucosidad cruzándose en los techos
y en las paredes blancas. Palabras que van de
una oscuridad a otra. Trazos lentos y sin ori-
gen. No es porque me haya puesto ahora un
caracol en el brazo esperando que me reco-
rra que digo esto. No era un buen ejemplo
para lo que quería decir. Las palabras deben
ascender, así es que no deberían encadenarse
unas a otras, sino soltarse al momento para
abrir el espacio. No deberían formar una
pesada cadena. Cierro los ojos y me duelen
los eslabones de nieve. Ellas mismas dejan
el mundo por un instante y no pesan. Allí
arriba parece que hay puentes metálicos, las
cabras de montaña los cruzan pero de una in-
visibilidad a otra. Era más fácil elevar metales
que piedras, casi todo era más fácil que eso.
Esos puentes metálicos más ligeros, que flo-
tan en la alegría allí arriba. Hasta las palabras
de amor pesan demasiado para esta misión;
hermosas, no hablan más que de la posesión.
Son como las cometas de papel, sólo el hilo
es lo que las hace volar, estar en el aire. Roto
el hilo caen en la turbulencia. Caen rompién-
dose en la fiesta. Un hilo que une la ternura
a la violencia del aire las hace estar allí arriba,
a veces bailando, otras quietas. Pero no qui-
se leer esto en la fiesta. Les hubiese parecido
un texto demasiado disipado, efervescente;
un hielo desaparece en el licor. Hay quien se
mete piedras de hielo en la boca, caramelos
del pasado. Bocas frías, eso hice antes de leer
el texto ascendente, dejar piedras de hielo
en las bocas de los comensales. Pero no leí
esto. Tenían que ascender como cometas sin
hilo, o si no cometas, algo parecido a las sá-
banas, algo muy blanco en el aire casi tan li-
gero como las nubes. Esas sábanas en el cielo
descendiendo ligeramente o quedándose para
siempre como pájaros de hilo que chillan. Leí
algo más directo, pero esas palabras se soste-
nían mal, eran lombrices salidas de la tierra,
perforadoras de los instantes, palabras oscu-
ras aireando la cal o los montones de arena.
¿O no hacen eso estas lombrices un poco an-
tes de que llueva, escribir palabras indecisas
en la luz, o ese silencio de ramas en el que te
dispersas demasiado?
Bajo mis pies hay dinosaurios, bordes de
abismo, alas de hueso. ¿Qué soy entonces, el
ujier de estos misterios, un hombre libre o
una liebre borracha?
Otra vez puentes metálicos allí arriba so-
bre esas ondulaciones de hierba peinada o sá-
banas, y al final ese paisaje donde ella baila
con las raíces, una hondonada con árboles
clavados, chopos boca abajo. ¿No será eso lo
que se llevan mis ojos al corazón, un paisaje
abierto por un río seco?
Nunca se hizo el milagro. Durante mu-
chos años lo esperaste. Qué queda entonces
sino la gravilla blanca de los viejos caminos
o ese retrato de mujer que has dibujado con
carboncillos, un rostro blanco. Al menos tie-
nes su maquillaje en los dedos. ¿Cuánto tiem-
po estaría subiendo el hombre para traer las
palabras verdaderas al mundo. Y esos árboles
quemados, dónde tienen las bocas y las ore-
jas? Sólo veo nudos de silencio en la madera y
muy arriba astros con víboras.
¿Si escucháis por las raíces las campanadas
de hielo, no podríais escucharme a mí que ya
no hablo? Pero esto no lo dije en la fiesta, sino
otras cosas menos invisibles, que se libran de
mí y me dejan más vacío y ligero que de cos-
tumbre. Esto lo notas bien al meter la mano
en el agua, nunca dejas de ver la mano en el
agua. Una mano sumergida en el agua; era así
la escritura de la alegría, y la mano que escri-
bía, al arrastrar las palabras, no era más que
una mano sumergida o sometida al silencio
del agua y la trasparencia, o como lágrimas
de gusano mientras saca el hilo de su muer-
te. Toda mano escribe sumergida. ¿Ycuánto
tiempo la tuve bajo el agua aún cuando esta
estaba fría a principios de abril? Pero lo que
quería decir no era esto, se trataba de algo
más transparente, menos pesado, como ma-
nifestar una dicha, y esa dicha era la misma
que la del día. Poco podía aportar a la luz,
y mi sombra en la hierba era siempre mayor
que yo. Me marché de la fiesta por las som-
bras de la noche.
Existía entonces un espacio para las pala-
bras no corrompidas, donde estas establecían
con la luz un reino invisible.
Pero a veces nos eran arrancadas de la boca
con fuerza.
Lo que fue tachado para no ser aún se
puede leer. Otra vez las escribo hasta que sa-
nen. (Mientras se hace hielo en el congelador
mi mano se quema en la nieve). Frutos , ojos
duros. De noche la lluvia quema mis oídos.
Todo lo que escribo se secará.
miércoles, 11 de mayo de 2011
MIGUEL ÁNGEL CURIEL: POESIA Y LIBERTAD
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Al hablar durante unos días y luego seguir con-versando con Miguel Ángel Curiel sobre la poesía y el mundo, sobre la cultura y los conflictos del ser humano, individuo, agente social, observador y actor de la historia y la intrahistoria, desde intimidad y desde su relación con la polis (ser político) surgieron temores, iras, pasiones, razón e irracionalidad, claridad y umbría, conciencia y desnudez, miedo y libertad en torno a lo que da de sí la palabra, a lo que se expone y por lo que se justifica, entre tanto ruido y tanto silencio, la palabra dada. Una palabra que no dé la espalda al mundo.
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Me llegó entonces esto, que comparto, fragmentado y descontextualizado, pero que es sustantiva respuesta a mi gran interrogante y caudal dilema como lector y poeta:
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¿Por dónde pasa la poesía?
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¿o debería decir siguiendo a Laura Giordani, la poe-diversidad?
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Ya nos advierte Eduardo Milan, como punto de partida, en su Ensayo sobre la poesía:
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Esto es lo moderno: todos los caminos.
No sé porque, pero creo que este debate, esta cosa que pica donde rascar es difícil, pica y mucho. Pica hasta hacer sangre. Y pica a muchas y muchos. ¿sabremos rascarnos donde pica y rascarnos bien?
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(Afganistan, 2011)
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UNA POESIA EN LIBERTAD
He querido que estas palabras fueran más transparentes que de costumbre, que no las vierais ni si quiera en el papel, sino en la voz que siempre intenta dejarlas allí arriba para que caigan despacio sobre el agua. Quería hablar de una poesía que no rescindiera su misión de discurso moral y ético, y de espacio de autentica libertad. Aves y hombres juntos volando. Y oigo el eco de los agoreros, el eco de los falsarios, y veo el monopolio, la dictadura de lo blando, de lo que nos falta a la inteligencia, de lo amarillo, la etiqueta burda, y leo la poesía blanda e imbécil de nuestros tiempos. Blanda, esa es la palabra que produce en la boca asco. He querido que estas palabras arrastren a otras. He dicho simplemente no a la poesía de la experiencia porque en verdad carece de experiencia. Yo tengo experiencia de vida y de muerte y mi poesía, o mi reino de palabras transparentes radica en eso, en mi experiencia verdadera, y no en una experiencia falsaria, en una construcción literaria, en una filología vacía. Necesito para esto que mis palabras entablen conmigo una relación esencial, una relación pura, y a veces será clara y otras oscura, será lo que ella quiera ser. Y necesito encontrar mi lengua para esto, mis palabras en la ceniza de mis palabras. Es así que manifiesto una necesidad ahora de una poesía en libertad, una poesía que no ataje, que se encuentre en el centro del lenguaje y no en el de la filología. Una poesía que no sea secuestrada. Voces a media altura, y aves y hombre volando a media altura en la luz. Sumaros a estas palabras y no tengáis miedo.
Miguel Ángel Curiel
lunes, 25 de abril de 2011
INÉDITO de Miguel Ángel Curiel
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El ruido del agua, así le dije a alguien esta mañana que se titularía mi nuevo libro. Chapotear o beber con las manos. A veces un texto transparente, muy cristalino, así las palabras dejan ver a través de ellas. No nos quedamos entonces en el signo retorcido de una caligrafía demasiado difícil. Que no sean estas palabras el fondo sino la superficie. ¿Puedo así agitar un poco tu espíritu hasta dar con un cuerpo cristalino? El ruido del agua. ¿Y de que hablaría un libro con ese título? Me he imaginado a dos amantes que se sumergen e intentan hablar debajo del agua. Los ojos muy abiertos, como si intentaran respirar con ellos todo el aire que tomaron antes de sumergirse. Burbujas que encierran palabras de amor cuando ya no queda aire. Los ojos se abren aún más e intentan respirar lo que ven. ¿Qué pueden decirse sumergidos, agarrados el uno al otro para no ascender a la superficie? Intuyo lo que podrían decirse, sólo lo intuyo, pero jamás lo sabré verdaderamente. Cadenillas de burbujas que se rompen en el aire. Esas palabras de los sumergidos eran sólo aire, transparencia, vacío del amor. Ni siquiera yo he podido iluminar con mis palabras una pequeña habitación oscura, pero los sumergidos si han iluminado de silencio el agua. Ahora emergen y vuelven a tomar una gran bocanada de aire nuevo. El libro entonces debería titularse Los sumergidos. Solo debajo del agua pueden decirse lo que no son capaces de decirse fuera.
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Inédito de Miguel Ángel
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