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domingo, 12 de julio de 2015

Reseña de Ángel Luis Luján al libro ASTILLAS,de Miguel Ángel Curiel

Miguel Ángel Curiel, Astillas. Madrid: Calambur, 2015. 76 págs.


            Sin abandonar el estilo personal que le ha valido un puesto destacado en el panorama lírico español, Miguel Ángel Curiel ha cerrado el ciclo de los elementos (agua, aire, tierra), o por mejor decir lo ha entrecerrado–pues lo elemental sigue siendo la base de su poetizar–, y ha centrado su nuevo libro, si podemos fijar algo de todo lo que sugiere, en el problema de la identidad y la comunicación, temas que ya habían aparecido en otras entregas.




            


















             




                   Como siempre en su poesía, el hecho de estar en el mundo se presenta como enigma y nos vamos moviendo a lo largo del poemario por entre signos contradictorios, contrastantes, aporéticos. El primer poema nos sitúa ya en el espacio donde el hombre se enfrenta a la nada, como en el célebre poema de Montale (“Forse un mattino andando in un'aria di vetro”), donde el sujeto lírico esperaba,“con un terror de borracho”, encontrar la nada al volverse a mirar. Pero en Curiel no se trata de un vacío ontológico  exactamente sino de una figuración de la identidad: damos a los demás la ilusión de existir, pero es solo un espejismo; dentro hay un hueco, un sol de soledad, que calcina el interior y brilla solo hacia el exterior. Este sol-estrella se constituye en símbolo central del libro, y lo encontramos de nuevo en la “estrella del vino” como soporte de una embriaguez vital (11), el sol como la luz de la muerte (14), las estrellas como una cosecha de luz sacada de la negrura (16). En este último ejemplo el elemento “luz” que calcina o aniquila se une a otro elemento muy presente en todo el poemario, el de la orfandad universal, aquí en forma de “ser desangelado” (16), que se repite en el poema inmediatamente posterior: el hombre como ángel descarnado. Y en ambos poemas hallamos de nuevo una constante en la poesía de Curiel, la presencia del color blanco (“Hombre desnudo en la nieve” se titula el poema)como un cromatismo de la pureza de la desaparición, nunca sabemos exactamente si  negativo o positivo. El problema de la identidad se va trenzando, pues, en nuestra lectura a base de estas figuraciones que insisten en la luz blanca que ilumina lo otro, pero no su origen, dejando una soledad de seres caídos de algún estado angélico. Rilke y Celan, evidentemente, por entre bambalinas.

            Resulta, sin embargo, nueva la figuración de la identidad por medio de símbolos vegetales negativos, en especial la imagen reiterada de árboles secos. En “Trasmoz” encontramos la idea de la desasistencia angélica unida a la de la vegetación muerta: “Hombres sin ángeles / agarrados / a ramas secas, / a las raíces / de su yo” (12). Aquí comprobamos que el origen vacío del yo, su soledad radical, se confunde con un exterior muerto, al contrario de lo que ocurría con las imágenes de la luz. Más interesante a este respecto es el poema “Dehesa” (33), donde el sujeto poético se identifica con el árbol arrancado: “y me sequé de pie / como un tú que tiene ramas”. Este desdoblamiento supone un intento de retorno a las raíces, pero el origen vuelve a aparecer como una luz muerta: “El tú que mete / la cabeza en la tierra / para ver la casa, lo abierto / de los ojos que se encienden / con el sol frío”. También puede tratarse aquí del “sol frío” de la muerte, ya que asistimos a un enterramiento, pero la lectura es, sin duda, mucho más rica y difícilmente comunicable.





























Esta idea, que acaba de aparecer, de que existe un “tú” en todo proceso de comprensión de uno mismo y de que es la mirada el soporte de esa comprensión sirve para enlazar el problema de la identidad con el de la comunicación. Ese salir del “yo” hacia fuera (el dar luz a los otros) para entenderse desemboca en realidad en una comunicación fallida que el poeta nos revela por medio de la imagen del “peso”: “ese tú en el que estamos encerrados todos, el yo es muy primigenio,pero lo que pesa en uno es el tú, el tú que llevamos a la nieve” (19). La imagen de la gravedad del existir entendiendo se extiende por todo el poemario, y así encontramos versos como: “Se lleva a sí mismo / como un peso muerto” (9), o “(Qué peso / si es claridad)” (67). La enorme tarea de comprender y darse a comprender está sometida al juego móvil e inaprensible de los signos. Lo que el poeta dice, lo que cree una “fortuna” –la amistad, el amor– es desmentido por la escritura o la lectura del libro, que lo convierte en una “desventura” (10). Y es que, como se nos dice en el poema “Hombre desnudo en la nieve”, clave para entender muchos planteamientos del poemario, “todos los signos encierran lo abierto. No serían signos si no fuera así”. Con un léxico claramente heideggeriano, el poeta apuesta por la paradoja: “encerrar lo abierto” puede querer decir, en consonancia con el filósofo alemán, que los signos contienen la apertura del ser o, al contrario, que cierran la posibilidad de acceder a la apertura del ser. La declaración que habla sobre el poder de los signos es ella misma contradictoria. De ahí que en la figuración de la Sibila el poeta acabe proclamando: “canto sin saber qué digo” (34). El hecho de que los signos se muevan a su capricho se ve aquí como una liberación, que, como no podía ser de otra manera, es una liberación paradójica: “Y ella, la ponderosa, / la que nada dice / porque ya lo ha dicho todo...”. El vacío del silencio es en realidad el peso de haberlo dicho todo, haber abarcado todo lo abierto con los signos  y haberse quedado en la nada.

            No es extraño, pues, que abunde la paradoja en Astillas, quizá más que en otras entregas del poeta, y así nos encontramos con que “El muerto no tiene sed”, pero inmediatamente “su sed / es lo que le diferencia / de nuestra sed” (14), o la nube que “dentro lleva / todo lo que no lleva” (15), o “el lugar amarillo es negro” (38). Las contradictorias “estrellas negras” (33) nos recuerdan al “sol negro de la melancolía” de Nerval. En alguna ocasión a la paradoja se une el juego conceptual: “el doloroso e indoloro mundo, / donde el ser se vuelve res” (50). Al hecho de que el mundo se presente simultáneamente como “doloroso e indoloro”, se une la imposible verdad, ya puramente lingüística, de que “ser” y “res” sean una reflejo formal de la otra: el ser y la nada son dos imágenes de la misma palabra, a la vez que no podemos apartar la idea de que el mundo degrada al “ser” hasta la categoría de ganado. Como queda claro en el poema que da título al libro: “Lo borroso del ser / es lo mas claro / y la ceniza / otra nieve” (52).








            Las derivaciones y paronomasias son igualmente consecuencia de ese deslizamiento incontrolado de los signos: los “soles solos”; de especial relevancia es el juego con “ojos”, “ojeras”, “ojeriza”, que se repite en varios textos al ser los ojos, como ya hemos visto, el medio para iluminar lo otro. En otra ocasión (“París”, 22) el poeta se entrega a un juego de combinatoria lingüística.

            Muchos más podría comentarse de este poemario, que se abre a la perplejidad de que algo exista y se pueda decir. Curiel nos arranca a cada momento de un suelo que creíamos firme para recordarnos a través de imágenes poderosas y contradictorias que “nunca sabré / la hoja que soy” (55), o, con más contudencia, que “no hace falta estar allí / para no ser este / que soy tras las cabras” (31); la presencia y la ausencia son categorías que ya no nos sirven, quizá el lenguaje tampoco, pero el intento de nombrar lo innombrable hace que el pensamiento pierda también su calidad de pensable y nos encontremos arrojados a la pura percepción de existir, una estética de lo que queda cuando nos hemos asomado a la nada.

ÁNGEL LUIS LUJAN 

jueves, 15 de noviembre de 2012

MIGUEL ÁNGEL CURIEL con 'HACER HIELO' gana el XIII Premio Nacional de Poesía José Hierro

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Miguel Ángel Curiel gana el XXIII Premio Nacional de Poesía José Hierro de la Universidad Popular de San Sebastián de los Reyes

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S.S de los Reyes, 14 de noviembre de 2012.-El poeta y narrador Miguel Ángel Curiel ha sido el ganador del XXIII Premio Nacional de Poesía José Hierro que organiza la Universidad Popular del Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes con la obra ‘Hacer hielo’. En esta edición, un total de 204 autores han presentado sus obras, de las que dieciséis han sido seleccionados para el dictamen final tras las deliberaciones del jurado compuesto por Pablo García Baena, Pureza Canelo, Antonio Hernández, Joaquín Benito de Lucas y Ángel García López.
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(seguir noticia, aquí)
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EN LOS AIRES


Vente me dice el aire.
¿Y como voy a irme 
con lo que no veo?
Una bola de agua y luz.
¿Cómo voy a romperla
contra mi ojo?
Todo el día está en el aire
ese pájaro invisible.
¿De donde sacará la energía
si no de la muerte?
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CRIBA


Criba arena
hasta que 
aparezca 
la lágrima.

El borde roto de la taza
hiere el labio.

Me alimento
de visiones breves.
Cucharadas de vino.
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HACER HIELO


Die Samens.
¿Schuppe?
Descamar.
Pop Corn!
También a mano escribimos
Cada vez más deprisa.
(Una lombriz partida 
en mi mano se retuerce.
Una palabra alemana
que querría decirlo
todo de sí misma
sólo con las letras.
Visca die Schnee!
Y aunque los sabañones pican
al calor, a veces en más antiguo
el dolor que el verano,
lo nuevo que lo viejo.
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MESA


Quisiera bendecir 
una mesa vacía,
esta piedra 
en la mesa.
Pero estoy dentro
de un pan
y no puedo comerme
a mi mismo.



miércoles, 21 de septiembre de 2011

MIGUEL ÁNGEL CURIEL: LOS SUMERGIDOS (y una lectura de aproximación)

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He preferido hablar de cosas imposibles
porque de las cosas posibles sabemos ya demasiado.
Silvio Rodríguez
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Hoy se ha presentado en Valencia el nuevo poemario de Miguel Ángel Curiel y dejo aquí unas palabras, ligeras y fugaces, sobre una aproximación que fue recientemente mi lectura del libro. Para nada agotan ni sustituyen otras posibles lecturas. Mi recomendación es leer morosamente sus páginas. Y espaciar el retorno. Volver cuando el sí y el no, hayan dejado en el espesor del presente un suficiente pasadizo. La relectura (hoy volví, después de dos meses y medio) trae consigo el acontecimiento.
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Víktor Gómez


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En La nube habitada, Antxo Pastor, nos deja una selección magnífica del libro Los sumergidos,
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acá
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UN PUENTE

Tiembla un puente.
Como tú.
Tiembla
y nunca se parte.
Debemos temblar
para no rompernos.
Ser más allá
de nosotros.

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Miguel Ángel Curiel
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PRESENTACION DE LOS SUMERGIDOS
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Por Víktor Gómez
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"En los niveles más bajos,
la señal más oscura."


M. A. Curiel
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ANTES que una palabra sumergida, lo que deviene del dictum de Miguel Ángel Curiel es una aérea palabra. Vencida al aire, expirada como un beso, una lágrima, un si. Otra cosa sería preguntarse o preguntarle al poetizar de Los sumergidos por su origen, su errar, ese nomadeo subacuático de piedra lanzada al mar, piedra animada, carnal, como lo son los que en verdad son hijos del daño, esos que aman contra los pronósticos y las glorias, desde lo irrefrenable, lo imposible, lo posible verdadero. ¿Existe poesía que no sea de una sola desnudez, amorosa, política y espiritual? ¿qué permite al poema, una vez expulsado del blanco de la hoja, habitar la memoria, transformar al lector y ser a su vez herida de salud en otro ser? ¿es la poesía anticipación de lo pasado y vivencia de lo por venir? ¿será el amor –capital de lo irracional− la fuerza de voluntad que se expresa sin las ataduras de la conciencia de la tribu, como el exorcismo de tanta realidad sin sentido? Este preguntarse o preguntar quiere eludir lo grandilocuente y también o sentencioso. Será un no saber natural, un temblor, no un estadio de magnimidad, menos aún de poder.
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No es el amor sino un impoder. Así se advierte frente a sus contrarios, el tiempo que no se detiene, la distancia que no se reduce, lo social que no se somete, la superficie que no lo respeta. Los sumergidos es un libro de amor y de insurrección. “Oscuridad y nieve” leemos en un poema.  Instintivamente, desde otros libros anteriores hasta este singular y rebelde por demás, leo en la poética, en todos y cada uno de los poemas de Curiel una voluntad y un silencio. Tensan el arco y lo que sale disparado es la vida del lector. La voluntad de Los sumergidos es la de amar la vida, defenderla de la violencia antinatural y exponerla en la pureza de las aguas sumergidas tanto como en las embarradas orillas de lo cerval. La nostalgia domina en este libro gran parte del cuerpo. Porque la poesía de Curiel es un cuerpo resuelto en “oscuridad y nieve” que se deja caminar sólo por quienes no temen sumergirse. El silencio es un habla difícil. Guardaremos ese secreto, ese dilema. Se quiebra la boca que quiere decir lo que no se ha vivido, así como se impone la afonía cuando queremos leer por otros lo que sólo ellos pueden leer.
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Antes de acabar este acompañamiento, decir dos cosas sin importancia. Que yo también “me puse el pan en la oreja y oí pájaros”. Los pájaros de la amistad vuelven en cada lectura, permanecen en cada impertinencia del amante frente a la mercantilización de ”la belleza y la justicia” (así definió Gamoneda la poesía en su discurso de recepción del Premio Cervantes) y que esa amistad, la última, que emana del vínculo umbilical de los amantes, tiene vuelo aquí y ahora, entre vosotros y el libro. Y la segunda cuestión, una deuda de oscuridad, me obliga a constatar que no existe poesía difícil y poesía fácil, poesía clara o poesía oscura. Sólo existe buena poesía y el resto. La buena poesía es un ejercicio de veracidad y creatividad que no admite sistemas, prebendas, cánones o taxonomías (pero exige un lector atento, moroso, reincidente). Es hija de la libertad, se disciplina en la soledad sonora y se extraña en el presente, porque su atemporidad la aleja de lo previsible. Si la vida es compleja y denso el ahora nuestro de cada día, ¿cómo puede ser una palabra, un espacio, un acontecimiento, un encuentro, en el que el libro y tú, dialogáis, sin tapujos? 



"Cada palabra es un nudo 
de misericordia que se cierra 
sobre sí mismo"
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M. A. Curiel


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Gracias a todas y todos por la asistencia. Disfruten de la lectura y su retorno más sabroso aún.
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martes, 12 de julio de 2011

NOVEDAD EDITORIAL: LOS SUMERGIDOS de Miguel Ángel Curiel


SABINAS
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¿Qué otro árbol podría agarrarse de esa
manera al sol y al viento? ¿Te has agarrado así
alguna vez a la vida? O esas perchas de luz
que se mecen en las higueras. Así, los nudos
secos de mis palabras se desatan aquí por un
tiempo, por la ciudad que se aleja lentamen-
te, como una placa de memoria desgajada.
Rotura natural, implacable. Con todo eso
nunca olvidaré dónde está. Llevo la llave de
una puerta traída de la sierra. ¿Quién inventó
entonces las ventanas, los ojos de las casas?
Incluso cuando están vacías, ellas ven. El cris-
tal se empaña rápidamente. Las palabras lo
empañan todo. Así nos alzamos de puntillas
para ver el paso del desfile, los pájaros que
chillan o esas ascuas de espinas que remuevo
para sacar las palabras entre la ceniza verde.
Te quemas en el silencio de la raíz. No hay un
nudo que desatar en mi garganta o unos ojos
helados en el sol.

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LA FIESTA
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Unas palabras que ya no se cotizan, que
no ascienden una vez liberadas, o porque hay
demasiada luz, o se cargan con más peso del
que debieran asumir. De todos modos las he
leído en la fiesta y la gente ha aplaudido. Sa-
car  un papel doblado del  bolsillo de la cha-
queta, ahí están escritas. Unos renglones que
ascienden. Pensé siempre que lo que escribi-
mos o decimos debía ascender, aunque fuera
ligeramente, y si fuera posible salirse del pa-
pel. Ascender, como la alegría  más  leve, no
como el caracol o la babosa, que se deslizan
dejando  una  marca amarilla, unas líneas de
baba, de mucosidad cruzándose en los techos
y en las paredes blancas. Palabras que van de
una oscuridad a otra. Trazos lentos y sin ori-
gen. No es porque me haya puesto ahora un
caracol  en el brazo  esperando  que  me reco-
rra  que  digo esto. No  era  un buen ejemplo
para lo que quería decir. Las palabras deben
ascender, así es que no deberían encadenarse
unas a  otras, sino soltarse al momento para
abrir  el espacio. No  deberían formar una 

pesada cadena. Cierro  los  ojos y  me duelen
los  eslabones  de nieve. Ellas mismas dejan
el mundo  por  un instante y  no pesan. Allí
arriba parece que hay puentes metálicos, las
cabras de montaña los cruzan pero de una in-
visibilidad a otra. Era más fácil elevar metales
que piedras, casi todo era más fácil que eso.
Esos puentes metálicos más ligeros, que flo-
tan en la alegría allí arriba. Hasta las palabras
de amor pesan  demasiado para esta misión;
hermosas, no hablan más que de la posesión.
Son como las  cometas de papel, sólo el hilo
es lo que las hace volar, estar en el aire. Roto
el hilo caen en la turbulencia. Caen rompién-
dose en la fiesta. Un hilo que une la ternura
a la violencia del aire las hace estar allí arriba,
a veces bailando, otras quietas. Pero no qui-
se leer esto en la fiesta. Les hubiese parecido
un texto  demasiado  disipado, efervescente;
un hielo desaparece en el licor. Hay quien se
mete piedras  de hielo  en la boca, caramelos
del pasado. Bocas frías, eso hice antes de leer
el texto  ascendente, dejar  piedras  de hielo
en las  bocas  de los  comensales. Pero  no leí
esto. Tenían que ascender como cometas sin
hilo, o si no cometas, algo parecido a las sá-
banas, algo muy blanco en el aire casi tan li-
gero como las nubes. Esas sábanas en el cielo
descendiendo ligeramente o quedándose para

siempre como pájaros de hilo que chillan. Leí
algo más directo, pero esas palabras se soste-
nían mal, eran lombrices salidas de la tierra,
perforadoras de los  instantes, palabras oscu-
ras aireando la cal o los montones de arena.
¿O no hacen eso estas lombrices un poco an-
tes  de que  llueva, escribir palabras indecisas
en la luz, o ese silencio de ramas en el que te
dispersas demasiado?


Bajo mis pies hay dinosaurios, bordes de
abismo, alas de hueso. ¿Qué soy entonces, el
ujier de estos  misterios, un hombre  libre  o
una liebre borracha?


Otra vez puentes metálicos allí arriba so-
bre esas ondulaciones de hierba peinada o sá-
banas, y  al final ese  paisaje  donde ella baila
con  las  raíces, una  hondonada  con  árboles
clavados, chopos boca abajo. ¿No será eso lo
que se llevan mis ojos al corazón, un paisaje
abierto por un río seco? 


Nunca se hizo  el milagro. Durante mu-
chos años lo esperaste. Qué queda entonces
sino la gravilla blanca de los  viejos caminos
o ese retrato de mujer que has dibujado con
carboncillos, un rostro blanco. Al menos tie-
nes su maquillaje en los dedos. ¿Cuánto tiem-

po estaría subiendo el hombre para traer las
palabras verdaderas al mundo. Y esos árboles
quemados, dónde tienen las bocas y las ore-
jas? Sólo veo nudos de silencio en la madera y
muy arriba astros con víboras. 


¿Si escucháis por las raíces las campanadas
de hielo, no podríais escucharme a mí que ya
no hablo? Pero esto no lo dije en la fiesta, sino
otras cosas menos invisibles, que se libran de
mí y me dejan más vacío y ligero que de cos-
tumbre. Esto lo notas bien al meter la mano
en el agua, nunca dejas de ver la mano en el
agua. Una mano sumergida en el agua; era así
la escritura de la alegría, y la mano que escri-
bía, al arrastrar las  palabras, no era más que
una  mano sumergida  o  sometida al silencio
del  agua y  la trasparencia, o  como lágrimas
de gusano mientras saca el hilo de su muer-
te. Toda mano escribe sumergida. ¿Ycuánto
tiempo la tuve bajo el agua aún cuando esta
estaba fría a principios de abril? Pero lo que
quería decir  no era  esto, se trataba  de algo
más transparente, menos pesado, como ma-
nifestar una dicha, y esa dicha era la misma
que  la del  día. Poco  podía  aportar  a  la luz,
y mi sombra en la hierba era siempre mayor
que yo. Me marché de la fiesta por las som-
bras de la noche.


Existía entonces un espacio para las pala-
bras no corrompidas, donde estas establecían
con la luz un reino invisible.
Pero a veces nos eran arrancadas de la boca
con fuerza.

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TACHADO
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Lo  que  fue  tachado  para no ser  aún  se
puede leer. Otra vez las escribo hasta que sa-
nen. (Mientras se hace hielo en el congelador
mi mano se quema en la nieve). Frutos , ojos
duros. De  noche la lluvia quema mis oídos.
Todo lo que escribo se secará.

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Miguel Ángel Curiel (2011, Almud Ediciones)
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miércoles, 11 de mayo de 2011

MIGUEL ÁNGEL CURIEL: POESIA Y LIBERTAD

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Al hablar durante unos días y luego seguir con-versando con Miguel Ángel Curiel sobre la poesía y el mundo, sobre la cultura y los conflictos del ser humano, individuo, agente social, observador y actor de la historia y la intrahistoria, desde intimidad y desde su relación con la polis (ser político) surgieron temores, iras, pasiones, razón e irracionalidad, claridad y umbría, conciencia y desnudez, miedo y libertad en torno a lo que da de sí la palabra, a lo que se expone y por lo que se justifica, entre tanto ruido y tanto silencio, la palabra dada. Una palabra que no dé la espalda al mundo.
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Me llegó entonces esto, que comparto, fragmentado y descontextualizado, pero que es sustantiva respuesta a mi gran interrogante y caudal dilema como lector y poeta:
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¿Por dónde pasa la poesía?
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¿o debería decir siguiendo a Laura Giordani, la poe-diversidad?
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Ya nos advierte Eduardo Milan, como punto de partida, en su Ensayo sobre la poesía:
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Esto es lo moderno: todos los caminos.

No sé porque, pero creo que este debate, esta cosa que pica donde rascar es difícil, pica y mucho. Pica hasta hacer sangre. Y pica a muchas y muchos. ¿sabremos rascarnos donde pica y rascarnos bien?
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Víktor Gómez







(Afganistan, 2011)
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UNA POESIA EN LIBERTAD

He querido que estas palabras fueran más transparentes que de costumbre, que no las vierais ni si quiera en el papel, sino en la voz que siempre intenta dejarlas allí arriba para que caigan despacio sobre el agua. Quería hablar de una poesía que no rescindiera su misión de discurso moral y ético, y de espacio de autentica libertad. Aves y hombres juntos volando. Y oigo el eco de los agoreros, el eco de los falsarios, y veo el monopolio, la dictadura de lo blando, de lo que nos falta a la inteligencia, de lo amarillo, la etiqueta burda, y leo la poesía blanda e imbécil de nuestros tiempos. Blanda, esa es la palabra que produce en la boca asco. He querido que estas palabras arrastren a otras. He dicho simplemente no a la poesía de la experiencia porque en verdad carece de experiencia. Yo tengo experiencia de vida y de muerte y mi poesía, o mi reino de palabras transparentes radica en eso, en mi experiencia verdadera, y no en una experiencia falsaria, en una construcción literaria, en una filología vacía. Necesito para esto que mis palabras entablen conmigo una relación esencial, una relación pura, y a veces será clara y otras oscura, será lo que ella quiera ser. Y necesito encontrar mi lengua para esto, mis palabras en la ceniza de mis palabras. Es así que manifiesto una necesidad ahora de una poesía en libertad, una poesía que no ataje, que se encuentre en el centro del lenguaje y no en el de la filología. Una poesía que no sea secuestrada. Voces a media altura, y aves y hombre volando a media altura en la luz. Sumaros a estas palabras y no tengáis miedo.

Miguel Ángel Curiel


lunes, 25 de abril de 2011

INÉDITO de Miguel Ángel Curiel

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SUMERGIDOS


El ruido del agua, así le dije a alguien esta mañana que se titularía mi nuevo libro. Chapotear o beber con las manos. A veces un texto transparente, muy cristalino, así las palabras dejan ver a través de ellas. No nos quedamos entonces en el signo retorcido de una caligrafía demasiado difícil. Que no sean estas palabras el fondo sino la superficie. ¿Puedo así agitar un poco tu espíritu hasta dar con un cuerpo cristalino? El ruido del agua. ¿Y de que hablaría un libro con ese título? Me he imaginado a dos amantes que se sumergen e intentan hablar debajo del agua. Los ojos muy abiertos, como si intentaran respirar con ellos todo el aire que tomaron antes de sumergirse. Burbujas que encierran palabras de amor cuando ya no queda aire. Los ojos se abren aún más e intentan respirar lo que ven. ¿Qué pueden decirse sumergidos, agarrados el uno al otro para no ascender a la superficie? Intuyo lo que podrían decirse, sólo lo intuyo, pero jamás lo sabré verdaderamente. Cadenillas de burbujas que se rompen en el aire. Esas palabras de los sumergidos eran sólo aire, transparencia, vacío del amor. Ni siquiera yo he podido iluminar con mis palabras una pequeña habitación oscura, pero los sumergidos si han iluminado de silencio el agua. Ahora emergen y vuelven a tomar una gran bocanada de aire nuevo. El libro entonces debería titularse Los sumergidos. Solo debajo del agua pueden decirse lo que no son capaces de decirse fuera.

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Inédito de Miguel Ángel

-2011-

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