lunes, 7 de febrero de 2011

Lectura crítica a Vísteme de largo (Calambur, 2010) aproximación a la poética de Cecilia Quílez (2/3)

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2/3 políticas del silencio sostenido

He de acudir al comienzo,

a la inutilidad de la mudanza

en las pupilas infantiles.

Cecilia Quílez

Así de contundente ve la inutilidad del cliché impuesto socialmente a la mujer la poética de Vísteme de largo. Reniega de la política de estereotipos y la educación formal tradicional que tanto daño ha hecho a nuestra inteligencia emocional.

“Jugamos en el dormitorio prohibido” expone la poeta, situando al yo poético en el afuera del orden establecido, descubriendo la pasión como juego y la complicidad amorosa como verdad inconfesable –siguiendo la gramática de la moralina vigente fuera de escena, es decir, en lo obsceno− y así lo obsceno se rebela contra lo normativo. Rebeldía que es salud, dolor. ¿Llorar? Se desestima. ¿Vestir al uso, someterse? Se quiebra, porque la dignidad es el vestido que Quilez propone para esa mujer del poema (no-lugar, utopía realizable, empezando por el cuerpo), mujer detrás de la mujer esperada por los convencionalismos, que empieza a tomar las riendas de su vida allí, en el campo de batalla, primer y último escenario político, ese allí que es la intimidad, que es lo más íntimo de lo más íntimo del ser, que son sus pasiones vertidas por la ingenuidad, los vínculos afectivos, territorio de la máxima vulnerabilidad y dónde se precisa ser más fuerte, más resistente a la doma…

“ahora necesito otro cuerpo

y otro vestido que ponerme”.

La política de autonomía se intuye poéticamente en la niñez, antes de las heridas del mundo, y sólo volviendo a pasar por ella se resuelve un no camino reglado para bueyes mansos, sino ese vuelo de pájaro sin hebilla, que pinta en el cielo –súbito ascenso de lo abisal submarino− de escarlata, su vertiginoso y suficiente trazo.

“Una niña comía peces voladores,

sin cabeza.

Sin cabeza

comía peces voladores”.

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La violencia simbólica que reprime el deseo al gobierno del deseo y de la inocencia constituye el eje de presión “la higuera en el campo del padre” al cual la poética de Cecilia se resiste. Resistencia y más, repudio. Se repudia esa invisible e insistente vigilancia y castigo que la sensibilidad advierte en el “sonido de las pisadas anónimas”. Ser mujer es el conjunto de todas sus relaciones sociales. Si estas están fuertemente marcadas por patrones machistas, ¿qué puede hacerse, sino cambiar de vestido?

¿No es el vestido el alma de un cuerpo que vive bajo la condición sociocultural y política de su tiempo?

Ante la insistencia de cordura, de eficacia, de pragmatismo y rentabilidad, se descubre desde el pulso femenino lo absurdo como liberación, lo imaginario como revolución:

“Soy absurda cuando beso

pero llamas a mis labios mariposas”

Una voluntad de transformar el mundo por el deseo y la imaginación corre el riesgo de fracasar. Porque asumir ante la negación del presente a las utopías y el amor sin condicionantes esa verdad íntima, prohibida, secreta…

“ Si digo la verdad

se acabará el mundo

Alguien me dijo que estaba en lo cierto.

Alguien dijo adiós”.

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Esa tozudez de la sociedad por negar la posibilidad utópica-amorosa conlleva la soledad, pero no el abandono del sueño, de la necesidad de encontrar el bosque de la afectuosidad oxigenante, desvinculada de las prebendas pragmático-materialistas.

“Sólo los náufragos sueñan con árboles”

Y es ahora, que la música como llave de esa posibilidad, incita al poema a avanzar contracorriente y al poeta a seguir al poema, por donde quiera llevarnos. Desde el no saber, nomadear. No más dogmatismos racionalistas, no más demagogia ni retóricas del poder. La música:

“Necesito la música para implorar lo que no conozco”

Del desapego de la política dominante, machista y alienante a la poesía, que ahora sean los poemas desde donde se formule la pregunta esencial:

“Tú:

¿me conoces?”

No estamos por la previsibilidad de los roles femeninos, menos aún por una búsqueda de lo correcto, política, socialmente correcto. Ese vestido ya no nos vale. Desnuda, la poeta comienza a vestirse de largo, con las telas de la palabra dada, la poesía del ser, del ser mujer, no arquetipo, slogan, sierva, maniquí. Y puede devenir, entonces, esa “Dilación al desnudo” que formula la segunda parte del poemario.

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Víktor Gómez

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1 comentario:

MarisaLy dijo...

me identifico con varios de sus versos como por ej: “Necesito la música para implorar lo que no conozco” a lo que agregaría de mi: y la poesía, y me sorprendo con sus preguntas y planteos. me encanta. Gracias Victor.