lunes, 30 de enero de 2012

CONVERSACIÓN Y DISENSO: J. JÓRGE SÁNCHEZ

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El año 2011 trajo entre lo inesperado. Una amistad epistolar que ha ido entretejiendo mis lecturas a las del poeta J. Jorge Sánchez, desde que contactara por correo con él, al leer Del Tercer Reich, publicado en la mítica colección Hoja por ojo de la editorial valenciana Germania, que coordinaron José Mª Parreño y Jorge Riechmann. Cruce de cartas, afinidades involuntarias y sincronicidades, un amigo común, Paul Cahill, otros comunes poetas, temas, escritos, indagaciones, y cartas cómplices que dieron pronto su ácido, su veneno en una suerte de conversación y disenso, es decir, diálogos poéticos, sobre contralecturas de sus textos y los míos. Éste que hoy adjunto, Fosa común, me ha impactado en lo más íntimo. Es como si lo hubiese escrito atravesando mis ensoñaciones o intuiciones más secretas, como si ya hubiese leído diciembre, el poema que sólo han leído unos pocos amigos. 

Fosa común puede ser un antes o un después, y mi indecible diciembre ese entre que tiende a enmudecer. En el blog de J. Jorge Sánchez, Bajo la lluvia, hay parte de ese cruce de textos dialógicos. Se puede ver acá

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FOSA COMÚN

............"La luz es la canción de los muertos"
.............Víktor Gómez


En su ausencia indomable los muertos son de todos y de nadie
(de aquello que no es
nadie -y cualquiera- puede ser dueño).
"Muertos míos de Rusia..." cantaba el poeta
reclamando su propiedad.
"Muertos míos de Rusia..." sollozaba
como si con sus lágrimas pudiera resucitarlos y devolverlos al ser.
"Muertos míos de Rusia..." escribía
para conquistar la legitimidad de su muerte y de su rememoración.
"Muertos míos de Rusia..." se lamentaba
queriendo secuestrar su desaparición
para hacerlos presentes de nuevo, substantes.
Pero en su pérdida absoluta los muertos no son de nadie,
"Sus" muertos de Rusia le son tan ajenos
como los "nuestros" de otros lugares.
En su cementerio, sea Yuste o Fuencarral,
en su fosa común, en su osario,
en su zanja perdida,
en sus restos irreconocibles,
imposibles de identificar,
desvanecidos,
ya polvo,
el panteón de los muertos no rinde cuentas más que a sí mismo
como, en cierto sentido,
los libros, una vez pasado su tiempo,
no dialogan más que entre ellos
en el auditorio de la biblioteca universal.
En su tupida ausencia
en su silenciosa lejanía,
pues,
sólo cabe dejar a los muertos en paz.
Su luz es inaudible.
Viven en la absoluta libertad de la nada.
Mas no todos los muertos están irrevocablemente muertos.
Rigurosamente: nadie muere de una vez por todas cuando muere.
En su perturbadora y sutil presencia
en su sigilosa cercanía
interpelan, convocan,
a unos, a otros, a todos
y se ofrecen a quienes responden a su apelación
mas siempre remotamente, con reservas,
sin entregarse completamente.
Si se han acercado
y hemos escuchado su luz
podemos reclamarlos como propios
y rendirles tributo.
Honrarlos a ellos y nada más que a ellos.
Si es necesario, escupir sobre las tumbas de sus enemigos:
no diré que no debemos hacerlo.
Sin embargo, deberíamos ser justos
y no abrazarlos mezquinamente.
Deberíamos recordar que, aunque se le parezca,
su vida no es la nuestra
y su muerte es la suya propia
no la de cada uno de nosotros.
Repito.
Si los queréis reclamar no diré yo cómo debéis hacerlo.
Únicamente, insisto, deberíamos ser justos.
Yo los reclamo como míos porque oí a mi abuelo.
Y lo hago
porque con ellos victoriosos
los moros del viejo asesino
no hubieran sembrado de cadáveres las cunetas de Málaga
seguramente en Babi Yar las zanjas hubieran sido poco profundas,
como de huerto,
y la línea férrea de Oswiecijm no se habría desviado en un ramal
para acabar en una rampa.
Por eso son míos
aunque no quepa engañarse:
no me pertenecen aunque les honre. 




J. Jorge Sánchez
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Al texto empecé a responder, acá 
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