miércoles, 11 de enero de 2012

Dos poemas en homenaje a Antonio Gamoneda de Un árbol de otro mundo (Vaso roto, Poesía, 2011)

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"Soy un poeta contradictorio y asumo la contradicción".

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"La poesía no debe explicarse. No es posible la reducción de la poesía al lenguaje convencional y socialmente pactado".


A. G. A




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Con motivo de los 80 años de Antonio Gamoneda, Vaso Roto Ediciones le dedica el presente volumen reuniendo voces de diferentes partes del mundo. Se optó por incluir 52 autores por ser este el número representativo de los años que duraba cada Era o Sol en la mitología del México antiguo. Así, como una desintegración de la luz, la palabra de este poeta viene a renovar el lenguaje y la manera de entender la raíz.
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 La escritora y directora de Vaso Roto Ediciones, Jeanette L. Clariond y Antonio Gamoneda


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“Acabo de decir que la poesía viene a ser un indefinible. Y sí, es cierto. (...) El lenguaje interior que se manifiesta cerebralmente en nosotros es poético porque se produce rítmicamente. (...) Yo digo que no sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias palabras ya escritas. (...) Yo pienso que el pensamiento poético es música en su origen. (...) La poesía no es la propagación del discurso, pues para eso está el mitin. La poesía es creación y revelación, y sólo se crea lo que no existe. (...) Mi poesía es poco realista. (...) Los poetas no tenemos que defender algún teorema, sólo dependemos de nuestra sensibilidad. (...) Los pensamientos pesimistas son más abundantes en mi poesía que los pensamientos positivos. (...) La vida es un accidente… un extraño viaje”. 

A. G.
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Víctor M. Diez
(parpadeo) 


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Hombres que parecen árboles
por las mercancías que penden
de su cuerpo.
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----------- ... Y por su espíritu.
Al son de un vaivén de caravanas
fueron niños. Una y otra vez
sus mayores tararearon
seres azules en el agua hirviendo.
Silenciosos soñadores en la lengua
de los mercados.
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------------ Y mujeres que parecen
campamentos en la única sombra
dando de mamar
a sus animales imaginarios. 
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Encarnación Pisonero
XXIII
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A Kratevas no le importó vender su alma, piel de salamandra o astilla de glaciar. Su pasión era añadir conocimiento a su pérfida botánica. Llevaba siempre consigo la artemisa, y el óbolo que ponía en la boca de sus víctimas era de nardo. La muerte la envolvía en mixtura de rosas, licor de cedro o huevos de codorniz rociados con incienso. El solimán y el polvo de esmeralda lo diluía en malvavisco y, a veces, les daba como dádiva unas gotas de aguamiel o clarea. Sabía de las virtudes de la tierra negra y de la samia, y era imposible adivinar lo que encubrían su aceite de azafrán y las flores de nenúfar. Entre hojas de ortiga, flor de lirio y nueces de ciprés escondía las torturas más atroces, apurando el dolor de los escogidos, solo para adquirir otro gramo de saber.
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Del poemario inédito Permiso para embalsamar

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