miércoles, 28 de mayo de 2008

Antonio Méndez Rubio: "Lo que son las cosas" , escrito en apoyo a La Asamblea contra Boloña

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ESTE ARTICULO ES MUY IMPORTANTE. POR FAVOR, LEEDLO HASTA EL FINAL. OS ASEGURO QUE IMPORTA Y VALE LA PENA



Víktor Gómez



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"Lo que son las cosas" de Antonio Méndez Rubio

Aquest és un article que ens ha oferit Antonio Méndez Rubio, professor de la Universitat de València, per a penjar-lo al blog com a suport per a l'Assemblea contra Bolonya. El article és una actualització d'un text fet per al seu llibre "La apuesta invisible" (2003). Des de l'assemblea li donem les gràcies per a donar-nos suport i oferir-nos la seua ajuda.

Para más información:

www.assembleacontrabolonya.blogspot.com

dirección:

assembleacontrabolonya.gmail.com


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LO QUE SON LAS COSAS
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1. A propósito del espacio académico de producción de conocimiento, como se está sabiendo, la crisis ha dejado de ser un momento esporádico de conmoción para instalarse con renovada fuerza en sus pilares. La universidad, y especialmente el pensamiento crítico dentro de ella, viven hoy a escala internacional un episodio de barbarie, sorda y callada por lo general, pero insidiosa, y barbarie al fin y al cabo. Como le ocurría a Jacques Derrida hace ya dos décadas, la situación obliga a decir que la cuestión de saber ante qué y ante quién se es responsable, tiene mayor legitimidad y vigencia que nunca, y tal vez no hayamos pensado lo suficiente que “la autonomía de las universidades como de aquellos que habitan en ellas, estudiantes y profesores, es una treta del Estado”. El mercado neoliberal, en tiempos como éstos de recrudecimiento obsceno y sin excusas, ha descubierto la treta y no está dispuesto a que las cosas sigan como estaban. Pero esta mutación institucional en curso rehegemoniza una estructura universitaria que debe seguir sirviendo a los intereses del sistema, ahora inmediatamente económico y mediatamente político, con la nueva condición de que las decisiones clave queden definitivamente no ya lejos sino fuera del ámbito de lo público y del bien común. Por eso en las palabras de Derrida se trasluce que sigue pendiente un lema que ha vuelto a poner sobre la mesa la movilización en protesta contra la actual reforma universitaria: “La universidad para quien la trabaja”.



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2. Allá por la segunda mitad de los años sesenta, en muchas universidades se gritaba aquello de “seamos realistas, pidamos lo imposible”. No supe nada de este tipo de reivindicaciones, ni del lugar del que procedían, hasta mucho tiempo después, cuando un esfuerzo colectivo de generaciones empezaba a hacer real el sueño universitario para muchos jóvenes de clase trabajadora, como era mi caso. También más tarde tuve noticia de un suceso histórico sobrecogedor en aquellos mismos años: en Zaire, el mariscal Mobutu Seseko y su Mouvement Populaire pour la Révolution habían sacado a todos los estudiantes de la universidad para enrolarlos en el ejército. No era un hecho aislado ni irrelevante en el panorama internacional. De hecho, sería fácil poner ejemplos todavía más terribles y cercanos en el tiempo y en el espacio. Pero aquel gesto dictatorial respondía a un cruce de fuerzas muy abierto, a un choque de promesas que atravesaban las estructuras económicas y geopolíticas de un mundo en conflicto. Esa especie de summum tardío del totalitarismo moderno aplicado al terreno de la cultura actualizaba una vieja frase de los tiempos del nazismo alemán: “cuando oigo la palabra cultura, saco el revólver” –Millán Astray le haría un cover glorioso con su “mueran los intelectuales”.









El suceso, y luego comprendimos mejor por qué, tenía que darse en un país del llamado Tercer Mundo, en la zona de sombra y muerte que proyectaba una sociedad de consumo en ascenso imparable a una escala global. Claro que para mucha gente el ejemplo sonará como de otro mundo. Pero el ejercicio de pensar, además de molesto, juega a menudo malas pasadas. Por ejemplo, ayuda a descubrir líneas de proximidad histórica entre nuestro entorno inmediato y el acontecimiento liderado por Mobutu: el control estatal (estatal-mercantil) de la universidad como pieza clave en la reconstrucción de un orden social demagógico y autoritario, la negación justamente de un espacio de pensamiento libre y, en suma, la realización de ese proceso en nombre de una supuesta necesidad y soberanía popular. Decía Weber que la estructura política del estado dispone de la violencia como medio específico. Una observación oportuna, sobre todo porque se trata de un tipo de estructura en el que todavía vivimos. Eso sí, una estructura que ha madurado democráticamente lo suficiente como para haberse dado cuenta de que su verdadera misión consiste en dejar rienda suelta a la expansión del mercado capitalista, y esto a pesar de la contradicción que implica someter un espacio público, común, a decisiones sectoriales de carácter privado. Edward S. Herman ha hablado de “políticas de traición” para caracterizar estos desplazamientos propios de lo que se va conociendo como neoliberalismo.





Los estados modernos apostaron por la educación general. Hicieron de la enseñanza básica un derecho y de la educación superior una virtud nacional. El acceso a una idea muy parcial de Cultura hizo de ésta un espacio ambiguo: ámbito para la creatividad y el libre ejercicio de la razón a la vez que amortiguador de conflictos sociales agudos. Billy Elliott, en la película Stephen Daldry (2000), no va a la universidad, pero casi, y quizá sirve como ejemplo de esta ambigüedad de largo alcance: la huelga minera perdió la batalla pero al menos el niño aprendió a bailar. Hoy el gobierno parece decidido a que no sea posible ni siquiera eso, aprender a bailar. Al menos desde la Revolución Francesa, sí, la que diera lugar al Terror, el estado se ha convertido en un vínculo precario entre necesidades sociales e intereses de minorías en posición de privilegio. En los momentos duros, o sea, prácticamente en todo momento, no ha dudado hacia dónde inclinar el (des)equilibrio de una balanza imposible. Sólo en situaciones excepcionales, como con Unidad Popular en Chile a principios de los setenta, el gobierno se puso del lado de la gente, dando así un giro a la naturaleza histórica del estado. Y entonces otros estados acudieron armados hasta los dientes a obstaculizar ese cambio de la manera más atroz.







Por eso hay que alegrarse hoy: los países con intereses coloniales han profesionalizado sus ejércitos, los países pobres no reciben tanto a tropas de asesinos redentores como la visita amable de factorías multinacionales al servicio de los países ricos (pero protegidas por sus propios ejércitos nacionales), los discursos racistas se pasaron de moda porque ya la práctica institucional los ha incorporado... A la población que malvive por debajo del umbral de la pobreza, que por cierto ha aumentado desorbitadamente desde los sesenta hasta constituir más de dos tercios del total mundial, hoy ya no se la masacra con napalm porque la miseria trabaja sola y el olvido tiene las manos limpias. En los países avanzados, las masas de trabajadores y estudiantes, por fin, se rebelan menos y sólo una minoría quijotesca de radicales antisistema confía aún en la práctica de una sociedad justa. Y es que hoy el totalitarismo a la vieja usanza (político-militar) ha dejado paso al totalitarismo invisible del mercado y la cultura o, si se prefiere, a la democracia de la indiferencia y la incomunicación.






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3. Supongo que a estas alturas (aunque no se comparta) se ve por qué toda esta paráfrasis anterior me parece necesaria. Sería una ingenuidad imperdonable pensar que la crisis que hoy vive la universidad pueda resolverse sólo en términos universitarios. La universidad forma parte de una estructura de poder que la asfixia. Por eso asistimos a una polarización de las posiciones: quienes se sienten más cerca de su función social y libertaria miran el escenario entre la rabia y la impotencia; quienes se ubican de acuerdo con la defensa del poder establecido hacen malabarismos para que el escenario no se venga abajo y de paso tener entretenido al resto, numeroso, de indiferentes ante lo que pasa.


Hoy disponemos de una oportunidad inédita para replantear el principio de autonomía: una especie de escudo que ha venido haciendo intocable la universidad al tiempo que ponía a sus miembros a un paso de la autosuficiencia y la prepotencia. En sentido estricto, ninguna institución social, sea la Universidad o sea el Arte, ni debería ni podría ser autónoma con respecto a la vida en común. En realidad, el discurso de la autonomía universitaria ha sido una forma secular de defender una independencia relativa con respecto a las fuerzas históricas dominantes (del estado y del mercado), y esta independencia relativa es la que la reforma legal en curso quiere traducir a una independencia cero.


En este punto, la distancia -que no separación- existente entre universidad y sociedad sitúa aquélla en un espacio intersticial, susceptible de inducir fisuras y cambios en la relación entre vida social y dinámica institucional. Por eso la universidad es peligrosa para la autoridad, y por eso todos los filtros son pocos y el Informe Bricall se dedicó a sistematizarlos como una forma de solventar el mal endémico de la masificación: jerarquización interna, precarización de los contratos, endurecimiento del acceso, reducción de becas, encarecimiento de tasas... Si hay demasiados estudiantes, como es el caso, y obviamente sería oportuno reducir su número por aula, la solución no pasa por una redistribución de los presupuestos y las prioridades de inversión (que hoy siguen focalizadas en una concepción militarista del estado) para ampliar y enriquecer el espacio educativo y de investigación sino, más bien, por reducir el número de estudiantes. Algo demasiado parecido a las soluciones que el Fondo Monetario Internacional viene proponiendo para acabar con la pobreza, a escala planetaria, como para no descubrir ahí la reproducción de una misma lógica sistémica.










4. El presidente del gobierno alzó la voz: “Que la universidad rinda cuentas a la sociedad”. Pero lo que se estaba entendiendo por “sociedad”, como lo que el Informe Bricall entendiera por “representantes de los intereses sociales” era de hecho una élite empresarial y política –si es que esta distinción tiene todavía algún referente válido por separado. Nadie puede oponerse en un régimen democrático a que un Consejo Social supervise el trabajo académico, pero es más discutible, por la misma razón, que un Consejo Social esté basado en los valores instrumentales y mercantilistas de grandes compañías al estilo del Banco Santander o Teléfonica –que casualmente habían cofinanciado el citado informe apenas año y medio antes.


Por supuesto que la universidad debe rendir cuentas a la sociedad que la mantiene y para la que trabaja. Y es cierto que eso no se está haciendo como es debido. Pero no hace falta ser un lince para adivinar que sociedad no significa lo mismo si la definimos como se está haciendo o si la representamos en un Consejo Social a través de la mediación dialógica de estudiantes, colectivos sociales de base, amas de casa, parados o inmigrantes, por ejemplo. Creo que un modelo de universidad entendida como puente real con la sociedad, en el sentido más humilde de las dos palabras, se parecería más a una universidad popular en el sentido impulsado por las Madres de Plaza de Mayo en Argentina: descentralización, participación creativa y autocrítica, apertura horizontal y comunicativa... pero no es eso lo que la reforma desde Bolonia se propone sino precisamente avanzar en la dirección contraria.


Por suerte, mientras un nutrido grupo de profesores y estudiantes mira hacia otra parte, como a verlas venir, cada vez hay más jóvenes que, como Sara García, escriben en sus trabajos finales como estudiantes de último curso de carrera: “el analfabetismo es la solución de los conflictos sociales”. La obsesión del poder por un saber tecnocrático, esto es, acrítico, se topa con frases como ésta, que delatan la urgencia de una intervención reconstructiva no sólo, y ante todo, entre las instituciones y la sociedad sino, además, entre quienes trabajan la universidad desde abajo: estudiantes, profesores, investigadores y personal de administración y servicios. Sólo así la universidad puede responderle a la sociedad de su tiempo, es decir, hacer frente con ello al argumento central de sus enemigos. De ahí que el debate sobre el modelo de universidad haya que asumirlo como parte de un debate sobre un modelo de sociedad. En nuestros días, el aprendizaje universitario convive de hecho con una sociedad y una democracia modelo-karaoke: donde un monitor de televisión (no se olvide, en pedagogía se llama ya a la TV el “aula sin muros”) nos invita a reproducir un repertorio de melodías conocidas gracias a una actuación, por nuestra parte, que se parece menos a la participación que a su simulacro. La universidad, en fin, debería colaborar en la construcción de una democracia que, como diría Paul Virilio, hoy se encuentra desaparecida.

Antonio Méndez Rubio

8 comentarios:

Nocturna dijo...

Viktor:

Las palabras de Antonio Méndez Rubio me recuerda al clima que se vive en los países de latinoamérica, efectivamente es imprescindible "otro modelo de sociedad".
El problema es que faltan voluntades fuertes para concretarla.

Besos esperanzados, por otro mañana...

(:

Víktor Gómez Valentinos dijo...

Danhir:

Somos una hecatombe con una responsabilidad histórica que nuestros nietos evaluarán (espero que con indulgencia) si es que hay algo digno de tal.

Hagamos. La acción hoy más que nunca es necesaria en tres ámbitos.

El individual

El privado

El público.

Se que tú estás ahí. ¿Me harías un favor?

Aunque sea un extracto o todo, podrías hacer circular este artículo por tu lar. Creo que es oportuno al igual que nosotros nos alimentamos espiritualmente de los Eduardos (Galeano y Milan) o de Gelman, Blanca Varela, etc., vosotros oigais a los pocos que desde aquí tienen las cosas claras y toman partido.

Un beset

Viktor

assembleacontrabolonya dijo...

Hola, desde la Assemblea Contra Bolonya queremos agradecer la ayuda prestada a Antonio por el artículo, y a Viktor por permitir que esta visión de la Universidad Pública se pueda leer en su blog.
Queremos hacer un llamamiento a los estudiantes en concreto, y a la sociedad en general, para luchar juntos contra un Plan de Bolonia privatizador, mercantilista y elitista de la Universidad.
Con el Plan se triplican las tasas académicas y se instauran las hipotecas como modelo alternativo a las becas.
¿Es esta la Universidad que queremos?

Para más información: www.assembleacontrabolonya.blogspot.com

dirección: assembleacontrabolonya.gmail.com

Víktor Gómez Valentinos dijo...

Es un honor teneros por aquí. A mi solo me resta estar en mi pequeñez a vuestra disposición.

Un abrazo grande

Víktor

Ana María Espinosa dijo...

Estupendo Víktor. Ha sido interesantísimo leer a Antonio Méndez.

Víktor Gómez Valentinos dijo...

Ana:

Recomiendo una lectura pausada en papel, mejor que sobre pantalla. Tiene mucha miga y mucha molla.

Un beset

Víktor

Anónimo dijo...

En la década de los 90, en Argentina, las políticas menemistas procuraron instalar un modelo universitario privatizado y orientado ideológicamente por el neoconservadurismo: a partir de la tristemente célebre “Ley de Educación superior” no sólo se proponía el arancelamiento universitario, sino además la restricción en el ingreso, la superación de “pruebas” por parte de los universitarios –realizada por el ministerio de educación, sin ningún criterio de especialidad-, la externalización de los controles de la mentada “calidad educativa”, la tendencia a transferir del ciclo básico a los postgrados ciertos saberes técnicos, convertidos en bienes intelectuales comercializables y, por si fuera poco, la instauración de un sistema de distribución en los que los beneficiados serían aquellos que más implantaran las políticas universitarias restrictivas y elitistas promovidas por el Banco Mundial y el FMI. El proyecto, desde luego, no sólo apuntaba a “rentabilizar” un espacio que no tiene por qué ser rentable; también instituía la mercantilización de los saberes, la instrumentalización profesionalista de las carreras universitarias y la creciente despolitización de la formación, reduciéndola a un producto económica, más allá de sus dimensiones políticas e intelectuales. El corolario de todas esas medidas nefastas fue la impugnación de una educación reflexiva y crítica que no aceptara, simplemente, su subordinación a un mercado capitalista que reduce a los sujetos educativos a mera fuerza de trabajo (calificada).
Una década y media después, las mismas injerencias, las mismas estrategias de selectividad económica, se repiten en Europa, en buena medida, como método de afianzar la alianza entre mercado y universidad, y como forma de dar acceso sólo a aquellos que de antemano ya están alineados a una sociedad que no cuestiona las relaciones de propiedad ni mucho menos la existencia misma de las clases sociales. Otra vez, la centralización dogmática de la “economía de mercado” tiene como contracara la pretensión de reducir la universidad a un espacio de adoctrinamiento acrítico y despolitizado.
Creo que habría que tomar nota de lo ocurrido en América Latina. Los movimientos estudiantes nos movilizamos por casi una década para impedir eso, aunque sólo lo conseguimos a medias, porque si bien no se aranceló, se hicieron concesiones de hecho bastante perversas. Como sea, esta reforma propuesta no sólo es reaccionaria: va por afianzar la dominación simbólica (aunque apele a su retórica eufemística). No se trata aquí de repetir el tópico de la ignorancia como condición de la dominación –aunque sea cierto-; lo que se discute, en primer lugar, tampoco es un modelo de financiación. No: está en juego el tipo de conocimientos que debe producir la universidad; en pocas palabras, la legitimidad misma de la academia como espacio crítico. Contra ese discurso modernizador no bastan las movilizaciones ni los pronunciamientos públicos, por demás de necesarios. Hay que dar batalla también en un nivel técnico, mostrando las consecuencias negativas de estos modelos educativos que son también modelos de sociedad. En cualquier caso, articular esas luchas significa también recuperar las experiencias históricas que en muchos países hemos protagonizado sin querer.

Un abrazo,
Arturo Borra

PD: aunque el estado sea co-responsable de esas políticas, tampoco deberíamos olvidar que uno de los objetivos de los organismos internacionales de crédito es demantelar los ya devaluados estados de bienestar europeos. Este desmantelamiento –A. L. lo padeció- no sólo perjudica a las clases desfavorecidas, sino que además, reduce más todavía la posibilidad de desarrollar una política redistributiva.

Víktor Gómez Valentinos dijo...

Arturo:

Tan sustancial y claro es tu decir, esa replica al escrito de Antonio Méndez en el que interconectamos una realidad con otra para desvelar el trasfondo pérfido, perverso y reincidente que lo subiré como post este finde para que los que nos leen entiendan en toda su dimensión la gravedad de una neutralidad ante el acoso constante de los poderes económicos del Capital privado sobre la Enseñanza.

Es lamentable pero hay una incomoda callada general ante la invasión de los intereses de unos pocos magnates en los espacios públicos de conocimiento e investigación que me hacen preguntarme si realmente esta es una sociedad anestesiada o extasiada en esa patologia de la abundancia que impide, como a los obesos, moverse por agilidad aunque le amenace las mandibulas del lobo.

Un abrazote,

Tu Víktor