martes, 3 de junio de 2008

Confesiones de un blogger

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Está de moda premiar blogs. Y consolidar redes sociales. Aupar para ser también re-conocido en el gesto y en su dádiva. Estamos en la sociedad del reconocimiento. Tanto re me preocupa, más aún dada mi escasa cultura musical.

¿Por qué tengo un blog?

En principio para dejar huellas de mis asombros como lector y de mis búsquedas como poeta. Miro al mundo a través de los mundos que un poeta, filósofo, historiador, humanista crea. Y re-creo, ahora sí, en mi manera de re-formular sus textos y avances, posibles caminos o desiertos desde los que interrogarse por los conflictos y misterios del presente, el mundo y la vida íntima.

¿Por qué tengo relacionados blogs?

Sinceramente, por dos motivos. Para poder seguirles y para que me lean los artículos de otros. También mis textos, pero menos.

No creo que la producción poética sea un ejercicio a validar en la red. La propia, digo. Yo llevo tiempo escribiendo y leyendo en la red. Y es por necesidad autoimpuesta. Y desde una óptica desvergonzada de intercambio, en muchas ocasiones. Legítima, si. Terapéutica, a veces. Pero dudo que en mi caso me haya ayudado con mi dificultad de escribidor. Lo que me aporta el blog son relaciones personales virtuales. Y buenas lecturas. También una inversión en tiempo que no se si justifica esos buenos ratos. Y mucha moralla.

Gracias a Arturo Borra y Laura Giordani he leído a poetas que desconocía. Igual me pasa con el blog de Ana Pérez Cañamares, Javier Gil o Nuria Ruiz o Danhir. Siguiendo con ejemplos, encuentro muy interesante la labor divulgativa y de conciencia de Carla Badillo, Eloísa Otero, La Palabra Itinerante o el colectivo Addison de Witt. No puedo dejar de asombrarme y disfrutar con la plasticidad y belleza de lo que nos muestra Ana Mª Espinosa o del ingenio de Julio Obeso. Son todos y otros muchos que no nombro y adoro (Lu Bosca, Gari, Jesús GE, Pedro Montealegre, Marcos Canteli, Fran Garcia, Alicia Martinez, Miriam, Sandra Rubio, Sopa de Poetes, Mark, Maika, Etc., Etc.,) unos amigos digitales o de hueso, carne y distancia con los que mantengo un vivo contacto.

¿Por qué conviene descubrir la lentitud?

Estar en multiples sitios a la vez es un sueño antiguo: don de ubicuidad. E internet casi lo consigue. Pero tiene, como toda ganancia, su contrapartida. La velocidad y dispersión. La ceguera y el flojeo.

Para un poeta la lentitud es una casa desde donde la escritura Es. Y la soledad, esa República anticontemporánea, es el cómo. Desde la soledad y sin premios, aplausos, reconocimientos ni repeticiones o replicas. Así, en esa precariedad, el poeta y el poema acuerdan sobre papel su voluntad de existir.

Mis primeras lecturas del día son los blogs que os comentaba y otros. Pero cada día a ritmo más lento.

Estoy volviendo a los libros de los muertos. Esos poetas que ya no están con nosotros de cuerpo presente pero cuya voz crece y crece y nos lleva (Holan, Vallejo, Dalton, Gloria Fuertes, Lautremont, Celan, Pizarnik...). Y también algún libro de poetas vivos (NO sé renunciar a Eduardo Milán, Mendez Rubio, Gamoneda...). Y vuelvo sin dejar del todo este Nuevo Mundo.

¿Por qué decir esto?

Leer es lo importante.
Amar es lo suficiente.
Vivir el lugar y la hora.

Escribir vendrá si estas tres fuerzas confluyen, se mezclan y reodenan. Y el poema será tras el trabajo de la tachadura y la distancia, del retorno, la corrección y el ajuste.

Mientras acabo estas líneas, veo dos libros que se vienen conmigo a la cama, a las últimas lecturas de la jornada. Que si empiezo con blogs como decía antes, sobre las 7 hasta las 10 de la mañana. Pasadas las 23:00 H y hasta las 2 de la madrugada el papel gana y me vence. En esta ocasión en manos me pongo de "PARA UN TIEMPO HERIDO" de Enrique Falcón y para suavizar el aterrizaje "LA DESTRUCCION DE LA FORMA" de Mendez Rubio. Eso no quita que entre medias lea algún poema como éste:

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Como la fruta se deshace en gozo,
Como en delicia cámbiase su ausencia
En una boca do su forma muere,
Aspiro aquí a mi futura humareda,
Y el cielo canta al alma consumida
El cambio de las costas en rumor.


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Paul Valery traducido por Anibal Nuñez.


Buenas noches, compañeros de blogs, cafés, tertulias y talleres,

Vuestro Víktor

domingo, 1 de junio de 2008

¿EN QUÉ CONSISTE AVANZAR?

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- ¿en qué consiste avanzar?

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leo un rugoso papel--- Beben frente
al Paseo ----- Suman silencios el día
y su frontera ----- No será tarde aún
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Una niña ha vuelto a aparecer
-- sin sonrisa
---------------------- colgada de su helor
Otro avión desciende y
entre turistas sin rostro ---- mono y fuego en la cartera

Nadie perdona
--------------- el estupor quiere hacerla desaparecer
Víktor Gómez

jueves, 29 de mayo de 2008

Arturo Borra contesta a "Lo que son las cosas" de Antonio Méndez

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"La poesía es porvenir que el poeta exhala"

Arturo Borra

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El joven poeta y ensayista
Arturo Borra (Santa Fe, Argentina, 1972, reside actualmente en España) es un especialista en comunicación y pensamiento crítico que vive y escribe en esa morosa disposición del artista en la intemperie, dialógico, insurrecto y activo. Interpelado por el artículo en defensa de la Asamblea contra Boloña que Antonio Méndez Rubio titula "Lo que son las cosas" deja casi a vuela pluma esta interpeladora y vivencial reflexión, que ahonda en la problematica impuesta por un sistema neoliberal sobre los puntos de resistencia a su voraz acción antirrevolucionaria, anti-intelectual y anti-cívica. Ante esa agresiva usurpación de lo nuestro, ante el acoso a las estructuras que se ofrecen para pensar y formar ciudadanos de conciencia habrá que significarse. No cabe, no existe la neutralidad.

Para tomar partido.


Víktor Gómez

A. Crespo, Quique Falcón y Arturo Borra



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En la década de los 90, en Argentina, las políticas menemistas procuraron instalar un modelo universitario privatizado y orientado ideológicamente por el neoconservadurismo: a partir de la tristemente célebre “Ley de Educación superior” no sólo se proponía el arancelamiento universitario, sino además la restricción en el ingreso, la superación de “pruebas” por parte de los universitarios –realizada por el ministerio de educación, sin ningún criterio de especialidad-, la externalización de los controles de la mentada “calidad educativa”, la tendencia a transferir del ciclo básico a los postgrados ciertos saberes técnicos, convertidos en bienes intelectuales comercializables y, por si fuera poco, la instauración de un sistema de distribución en los que los beneficiados serían aquellos que más implantaran las políticas universitarias restrictivas y elitistas promovidas por el Banco Mundial y el FMI. El proyecto, desde luego, no sólo apuntaba a “rentabilizar” un espacio que no tiene por qué ser rentable; también instituía la mercantilización de los saberes, la instrumentalización profesionalista de las carreras universitarias y la creciente despolitización de la formación, reduciéndola a un producto económica, más allá de sus dimensiones políticas e intelectuales. El corolario de todas esas medidas nefastas fue la impugnación de una educación reflexiva y crítica que no aceptara, simplemente, su subordinación a un mercado capitalista que reduce a los sujetos educativos a mera fuerza de trabajo (calificada).
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Una década y media después, las mismas injerencias, las mismas estrategias de selectividad económica, se repiten en Europa, en buena medida, como método de afianzar la alianza entre mercado y universidad, y como forma de dar acceso sólo a aquellos que de antemano ya están alineados a una sociedad que no cuestiona las relaciones de propiedad ni mucho menos la existencia misma de las clases sociales. Otra vez, la centralización dogmática de la “economía de mercado” tiene como contracara la pretensión de reducir la universidad a un espacio de adoctrinamiento acrítico y despolitizado.

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Creo que habría que tomar nota de lo ocurrido en América Latina. Los movimientos estudiantes nos movilizamos por casi una década para impedir eso, aunque sólo lo conseguimos a medias, porque si bien no se aranceló, se hicieron concesiones de hecho bastante perversas. Como sea, esta reforma propuesta no sólo es reaccionaria: va por afianzar la dominación simbólica (aunque apele a su retórica eufemística). No se trata aquí de repetir el tópico de la ignorancia como condición de la dominación –aunque sea cierto-; lo que se discute, en primer lugar, tampoco es un modelo de financiación. No: está en juego el tipo de conocimientos que debe producir la universidad; en pocas palabras, la legitimidad misma de la academia como espacio crítico. Contra ese discurso modernizador no bastan las movilizaciones ni los pronunciamientos públicos, por demás de necesarios. Hay que dar batalla también en un nivel técnico, mostrando las consecuencias negativas de estos modelos educativos que son también modelos de sociedad. En cualquier caso, articular esas luchas significa también recuperar las experiencias históricas que en muchos países hemos protagonizado sin querer.

Un abrazo,
Arturo Borra

PD: aunque el estado sea co-responsable de esas políticas, tampoco deberíamos olvidar que uno de los objetivos de los organismos internacionales de crédito es demantelar los ya devaluados estados de bienestar europeos. Este desmantelamiento –A. L. lo padeció- no sólo perjudica a las clases desfavorecidas, sino que además, reduce más todavía la posibilidad de desarrollar una política redistributiva.



La poesía es porvenir que el poema exhala.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Antonio Méndez Rubio: "Lo que son las cosas" , escrito en apoyo a La Asamblea contra Boloña

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ESTE ARTICULO ES MUY IMPORTANTE. POR FAVOR, LEEDLO HASTA EL FINAL. OS ASEGURO QUE IMPORTA Y VALE LA PENA



Víktor Gómez



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"Lo que son las cosas" de Antonio Méndez Rubio

Aquest és un article que ens ha oferit Antonio Méndez Rubio, professor de la Universitat de València, per a penjar-lo al blog com a suport per a l'Assemblea contra Bolonya. El article és una actualització d'un text fet per al seu llibre "La apuesta invisible" (2003). Des de l'assemblea li donem les gràcies per a donar-nos suport i oferir-nos la seua ajuda.

Para más información:

www.assembleacontrabolonya.blogspot.com

dirección:

assembleacontrabolonya.gmail.com


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LO QUE SON LAS COSAS
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1. A propósito del espacio académico de producción de conocimiento, como se está sabiendo, la crisis ha dejado de ser un momento esporádico de conmoción para instalarse con renovada fuerza en sus pilares. La universidad, y especialmente el pensamiento crítico dentro de ella, viven hoy a escala internacional un episodio de barbarie, sorda y callada por lo general, pero insidiosa, y barbarie al fin y al cabo. Como le ocurría a Jacques Derrida hace ya dos décadas, la situación obliga a decir que la cuestión de saber ante qué y ante quién se es responsable, tiene mayor legitimidad y vigencia que nunca, y tal vez no hayamos pensado lo suficiente que “la autonomía de las universidades como de aquellos que habitan en ellas, estudiantes y profesores, es una treta del Estado”. El mercado neoliberal, en tiempos como éstos de recrudecimiento obsceno y sin excusas, ha descubierto la treta y no está dispuesto a que las cosas sigan como estaban. Pero esta mutación institucional en curso rehegemoniza una estructura universitaria que debe seguir sirviendo a los intereses del sistema, ahora inmediatamente económico y mediatamente político, con la nueva condición de que las decisiones clave queden definitivamente no ya lejos sino fuera del ámbito de lo público y del bien común. Por eso en las palabras de Derrida se trasluce que sigue pendiente un lema que ha vuelto a poner sobre la mesa la movilización en protesta contra la actual reforma universitaria: “La universidad para quien la trabaja”.



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2. Allá por la segunda mitad de los años sesenta, en muchas universidades se gritaba aquello de “seamos realistas, pidamos lo imposible”. No supe nada de este tipo de reivindicaciones, ni del lugar del que procedían, hasta mucho tiempo después, cuando un esfuerzo colectivo de generaciones empezaba a hacer real el sueño universitario para muchos jóvenes de clase trabajadora, como era mi caso. También más tarde tuve noticia de un suceso histórico sobrecogedor en aquellos mismos años: en Zaire, el mariscal Mobutu Seseko y su Mouvement Populaire pour la Révolution habían sacado a todos los estudiantes de la universidad para enrolarlos en el ejército. No era un hecho aislado ni irrelevante en el panorama internacional. De hecho, sería fácil poner ejemplos todavía más terribles y cercanos en el tiempo y en el espacio. Pero aquel gesto dictatorial respondía a un cruce de fuerzas muy abierto, a un choque de promesas que atravesaban las estructuras económicas y geopolíticas de un mundo en conflicto. Esa especie de summum tardío del totalitarismo moderno aplicado al terreno de la cultura actualizaba una vieja frase de los tiempos del nazismo alemán: “cuando oigo la palabra cultura, saco el revólver” –Millán Astray le haría un cover glorioso con su “mueran los intelectuales”.









El suceso, y luego comprendimos mejor por qué, tenía que darse en un país del llamado Tercer Mundo, en la zona de sombra y muerte que proyectaba una sociedad de consumo en ascenso imparable a una escala global. Claro que para mucha gente el ejemplo sonará como de otro mundo. Pero el ejercicio de pensar, además de molesto, juega a menudo malas pasadas. Por ejemplo, ayuda a descubrir líneas de proximidad histórica entre nuestro entorno inmediato y el acontecimiento liderado por Mobutu: el control estatal (estatal-mercantil) de la universidad como pieza clave en la reconstrucción de un orden social demagógico y autoritario, la negación justamente de un espacio de pensamiento libre y, en suma, la realización de ese proceso en nombre de una supuesta necesidad y soberanía popular. Decía Weber que la estructura política del estado dispone de la violencia como medio específico. Una observación oportuna, sobre todo porque se trata de un tipo de estructura en el que todavía vivimos. Eso sí, una estructura que ha madurado democráticamente lo suficiente como para haberse dado cuenta de que su verdadera misión consiste en dejar rienda suelta a la expansión del mercado capitalista, y esto a pesar de la contradicción que implica someter un espacio público, común, a decisiones sectoriales de carácter privado. Edward S. Herman ha hablado de “políticas de traición” para caracterizar estos desplazamientos propios de lo que se va conociendo como neoliberalismo.





Los estados modernos apostaron por la educación general. Hicieron de la enseñanza básica un derecho y de la educación superior una virtud nacional. El acceso a una idea muy parcial de Cultura hizo de ésta un espacio ambiguo: ámbito para la creatividad y el libre ejercicio de la razón a la vez que amortiguador de conflictos sociales agudos. Billy Elliott, en la película Stephen Daldry (2000), no va a la universidad, pero casi, y quizá sirve como ejemplo de esta ambigüedad de largo alcance: la huelga minera perdió la batalla pero al menos el niño aprendió a bailar. Hoy el gobierno parece decidido a que no sea posible ni siquiera eso, aprender a bailar. Al menos desde la Revolución Francesa, sí, la que diera lugar al Terror, el estado se ha convertido en un vínculo precario entre necesidades sociales e intereses de minorías en posición de privilegio. En los momentos duros, o sea, prácticamente en todo momento, no ha dudado hacia dónde inclinar el (des)equilibrio de una balanza imposible. Sólo en situaciones excepcionales, como con Unidad Popular en Chile a principios de los setenta, el gobierno se puso del lado de la gente, dando así un giro a la naturaleza histórica del estado. Y entonces otros estados acudieron armados hasta los dientes a obstaculizar ese cambio de la manera más atroz.







Por eso hay que alegrarse hoy: los países con intereses coloniales han profesionalizado sus ejércitos, los países pobres no reciben tanto a tropas de asesinos redentores como la visita amable de factorías multinacionales al servicio de los países ricos (pero protegidas por sus propios ejércitos nacionales), los discursos racistas se pasaron de moda porque ya la práctica institucional los ha incorporado... A la población que malvive por debajo del umbral de la pobreza, que por cierto ha aumentado desorbitadamente desde los sesenta hasta constituir más de dos tercios del total mundial, hoy ya no se la masacra con napalm porque la miseria trabaja sola y el olvido tiene las manos limpias. En los países avanzados, las masas de trabajadores y estudiantes, por fin, se rebelan menos y sólo una minoría quijotesca de radicales antisistema confía aún en la práctica de una sociedad justa. Y es que hoy el totalitarismo a la vieja usanza (político-militar) ha dejado paso al totalitarismo invisible del mercado y la cultura o, si se prefiere, a la democracia de la indiferencia y la incomunicación.






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3. Supongo que a estas alturas (aunque no se comparta) se ve por qué toda esta paráfrasis anterior me parece necesaria. Sería una ingenuidad imperdonable pensar que la crisis que hoy vive la universidad pueda resolverse sólo en términos universitarios. La universidad forma parte de una estructura de poder que la asfixia. Por eso asistimos a una polarización de las posiciones: quienes se sienten más cerca de su función social y libertaria miran el escenario entre la rabia y la impotencia; quienes se ubican de acuerdo con la defensa del poder establecido hacen malabarismos para que el escenario no se venga abajo y de paso tener entretenido al resto, numeroso, de indiferentes ante lo que pasa.


Hoy disponemos de una oportunidad inédita para replantear el principio de autonomía: una especie de escudo que ha venido haciendo intocable la universidad al tiempo que ponía a sus miembros a un paso de la autosuficiencia y la prepotencia. En sentido estricto, ninguna institución social, sea la Universidad o sea el Arte, ni debería ni podría ser autónoma con respecto a la vida en común. En realidad, el discurso de la autonomía universitaria ha sido una forma secular de defender una independencia relativa con respecto a las fuerzas históricas dominantes (del estado y del mercado), y esta independencia relativa es la que la reforma legal en curso quiere traducir a una independencia cero.


En este punto, la distancia -que no separación- existente entre universidad y sociedad sitúa aquélla en un espacio intersticial, susceptible de inducir fisuras y cambios en la relación entre vida social y dinámica institucional. Por eso la universidad es peligrosa para la autoridad, y por eso todos los filtros son pocos y el Informe Bricall se dedicó a sistematizarlos como una forma de solventar el mal endémico de la masificación: jerarquización interna, precarización de los contratos, endurecimiento del acceso, reducción de becas, encarecimiento de tasas... Si hay demasiados estudiantes, como es el caso, y obviamente sería oportuno reducir su número por aula, la solución no pasa por una redistribución de los presupuestos y las prioridades de inversión (que hoy siguen focalizadas en una concepción militarista del estado) para ampliar y enriquecer el espacio educativo y de investigación sino, más bien, por reducir el número de estudiantes. Algo demasiado parecido a las soluciones que el Fondo Monetario Internacional viene proponiendo para acabar con la pobreza, a escala planetaria, como para no descubrir ahí la reproducción de una misma lógica sistémica.










4. El presidente del gobierno alzó la voz: “Que la universidad rinda cuentas a la sociedad”. Pero lo que se estaba entendiendo por “sociedad”, como lo que el Informe Bricall entendiera por “representantes de los intereses sociales” era de hecho una élite empresarial y política –si es que esta distinción tiene todavía algún referente válido por separado. Nadie puede oponerse en un régimen democrático a que un Consejo Social supervise el trabajo académico, pero es más discutible, por la misma razón, que un Consejo Social esté basado en los valores instrumentales y mercantilistas de grandes compañías al estilo del Banco Santander o Teléfonica –que casualmente habían cofinanciado el citado informe apenas año y medio antes.


Por supuesto que la universidad debe rendir cuentas a la sociedad que la mantiene y para la que trabaja. Y es cierto que eso no se está haciendo como es debido. Pero no hace falta ser un lince para adivinar que sociedad no significa lo mismo si la definimos como se está haciendo o si la representamos en un Consejo Social a través de la mediación dialógica de estudiantes, colectivos sociales de base, amas de casa, parados o inmigrantes, por ejemplo. Creo que un modelo de universidad entendida como puente real con la sociedad, en el sentido más humilde de las dos palabras, se parecería más a una universidad popular en el sentido impulsado por las Madres de Plaza de Mayo en Argentina: descentralización, participación creativa y autocrítica, apertura horizontal y comunicativa... pero no es eso lo que la reforma desde Bolonia se propone sino precisamente avanzar en la dirección contraria.


Por suerte, mientras un nutrido grupo de profesores y estudiantes mira hacia otra parte, como a verlas venir, cada vez hay más jóvenes que, como Sara García, escriben en sus trabajos finales como estudiantes de último curso de carrera: “el analfabetismo es la solución de los conflictos sociales”. La obsesión del poder por un saber tecnocrático, esto es, acrítico, se topa con frases como ésta, que delatan la urgencia de una intervención reconstructiva no sólo, y ante todo, entre las instituciones y la sociedad sino, además, entre quienes trabajan la universidad desde abajo: estudiantes, profesores, investigadores y personal de administración y servicios. Sólo así la universidad puede responderle a la sociedad de su tiempo, es decir, hacer frente con ello al argumento central de sus enemigos. De ahí que el debate sobre el modelo de universidad haya que asumirlo como parte de un debate sobre un modelo de sociedad. En nuestros días, el aprendizaje universitario convive de hecho con una sociedad y una democracia modelo-karaoke: donde un monitor de televisión (no se olvide, en pedagogía se llama ya a la TV el “aula sin muros”) nos invita a reproducir un repertorio de melodías conocidas gracias a una actuación, por nuestra parte, que se parece menos a la participación que a su simulacro. La universidad, en fin, debería colaborar en la construcción de una democracia que, como diría Paul Virilio, hoy se encuentra desaparecida.

Antonio Méndez Rubio

martes, 27 de mayo de 2008

NOPOEMA AUTOMATICO de Lu Bosca

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Le scaphandre et le papillon
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Conseguir que un poema sangre
como mis ojos por tus ojos
de una sola pasada – por debajo de ti,
solo de ti - tú que inventas la luz en cada despedida

que afilas cuchillos y los escondes
entre tus versos – astillas amarillas queman más que un cristal engullido
–y no sabes de las dudas, no entiendes del silencio y parece mentira
que hayas vivido tanto y que estés tan ciego

que has vivido tanto
-o acaso te quedaste en una esquina
esperando se desbordase el hueco con paciencia fría
y no sabes
del poemario submerso entre los vértices de mi cráneo,
palabras como neuronas golpeando las paredes de mi cráneo en forma de tres iniciales,
las tuyas,
y esta mañana tus manos eran en el recuerdo más que el suave polvo de las alas de la mariposa
-jamás pondría eso en un poema- me he dicho-
y ahora son la escafandra
la profunda llaga que supura miedo negro
que rebota una y otra vez
una
y
otravez
contra las paredes de mi agujero neuronal
-jamás estuviste y yo escribía para nadie
y no tengo derecho a la queja
no hay espacio en esta sociedad podrida para mis quejas
ni si quiera para la de nuestros hijos
y anoche te escribí otra vez desde el silencio amor
atado
qué aterrador es saber
qué aterrador no saber
y te escribía que
no hay brechas que tapiar
no hay
más que espera y silencios creados
por la repetición continua de una sola voz
-siempre la misma-
que espera
y pensaba que tú
sí, tú,
te acurrucas lejos de la superficialidad en la que crece el hombre-
y que eres raíz tiempo saliva luz,
todo, al menos para mí,
pero hay un yonki en la escalera que ya no recuerda mi nombre,
se arrodilla y pide pero no recuerda quién soy,
-la pequeña del grupo-
y a la angustia se la va comiendo el tiempo que avanza incompadecido- como tus palabras, como tus actos de fin de semana
-y yo no escribo poesía social porque lo que yo escribo
no
es
poesía
y mi vida tampoco es social
porque lo que yo vivo
no
es
vida.
Y ahora que venga alguien a decirme quéo que ese yonki me ofrezca un pinchazo.

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Lucía Bosca, acabando filología publica en Dolmen de empatía, Poetas sin futuro, y es una de las más activas dinamizadoras de poesía en Valencia.

http://magiadepalabras.blogspot.com/2008/05/nopoema-automtico.html

lunes, 26 de mayo de 2008

Entrevista a Antonio Mendez: coherencia, extraño cuerpo del mundo (III)

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Esta es una entrevista atípica al poeta, ensayista y profesor Antonio Méndez Rubio. La realiza valientemente Rosa Torres Pujol, estudiante de periodismo, posibiltando un diálogo fecundo, unas señales en medio de un camino por desbrozar desde el conflicto de la vivienda y los ciudadanos.

Escuchar hasta el final. El asunto no es baladí. Ante la situación de alarma social por la situación de la vivienda en España, habla un hombre desde su humilde y sabia coherencia. Es uno y multiple el poeta, profesor, ciudadano, ensayista, conversador, vecino, intelectual...

Esta palabra es atrevidamente clara, cercana, sospechosa de insurreción.
Habla desde un antipoder. Y es verdad:

http://mmedia.uv.es/

Gracias,

Víktor

ANTONIO MENDEZ RUBIO: coherencia, extraño cuerpo del mundo (II)

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"La luz los atravesó con fuerza
pero esta vez era ciega"
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Antonio MENDEZ RUBIO