miércoles, 23 de enero de 2008

DOMINGO RIVERO: YO, A MI CUERPO


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Algo tiene de justicia sobrehumana el rescate de una obra incrédula de sí, secreta y pudorosa. Algo tiene, también, de traición a los pactos que dicha obra contrajo con la reticencia y el olvido, que no conocen, por candidez o fe, el recurso desesperado de la psicología inversa para salvarse de las llamas (como Kafka) o la confianza en los lectores futuros para deshacerse de su condición malogradamente édita y, en consecuencia, triunfalmente manuscrita (como Lautréamont). Una obra que germina al calor –antes bien, a la tibieza– de la penumbra, que nunca pretendió nacer a la luz de una estudiada inspiración, cuya escritura habría sido inconcebible sin lentitud ni retraimiento, sin la destilación a cuentagotas de un oficio que se considera ajeno o secundario, sin una conciencia estoica del fracaso.


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Guiada por la esencialidad, la poesía de Rivero jamás pretendió ser un museo léxico, sino la habitación de unas pocas palabras personales, apenas amueblada con objetos gastados por el uso popular: una silla, un traje, una lámpara, un sillón, una piedra. En el despojamiento de su estancia lírica, en lo rústico de su dicción, se confirma el juicio de Gamoneda sobre la voz y el voto de pobreza –“la cultura de la pobreza”, según sus términos– que tomaron la literatura y la poesía españolas desde un principio. Así Rivero y Unamuno, lejos de ser dos excepciones, son dos eslabones de una larga cadena estética y moral: ahí están Cervantes, manco y preso a la hora de escribir Don Quijote de la Mancha; Góngora, bajo el rico manto bordado de sus Soledades; Jorge Manrique, San Juan de la Cruz y, a lo largo del siglo XX, los últimos Miguel Hernández y José Ángel Valente, Luis Cernuda, Claudio Rodríguez, María Victoria Atencia, Gamoneda mismo y Luis Feria, ese otro excepcional poeta canario, también injustamente relegado.


“Nunca aspiré a la gloria –reconoce nuestro autor con eco machadiano–, ni me atrajo/ de la fama el estruendo, ni soñé que mi nombre/ pueda en su libro recoger el tiempo./ De esa ambición mi corazón no sabe…”


Estos treinta y seis poemas de Rivero, sabiamente introducidos por Francisco Brines, han emprendido el vuelo necesario a la gloria, cuya etimología no entraña la notoriedad, sino la bienaventuranza. Vuelo necesario y no fatal porque Rivero planea a ras de tierra, cuidadoso de no ambicionar la luz del sol que cegaría sus ojos y fundiría sus humildes alas de cera, hilo y plumas, Ícaro contradictorio. ~


LETRAS LIBRES (fragmentos del artículo publicado por Hernan Bravo, México)


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Publicado en la editorial Acantilado, Yo a mi cuerpo, de Domingo Rivero.

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YO, A MI CUERPO
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¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?
¿Por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fue niño y joven, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

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Tu pecho ha sollozado compasivo
por mí, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, y altivo
con mi ambición latió cuando era fuerte.
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Y hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseria.
¿Por qué no te he de amar? ¿Qué seré el día


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que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!
Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.



Domingo Rivero


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Domingo Rivero (Gran Canaria, 1852-1929) cursó estudios de Derecho en Sevilla y Madrid. Durante tres años vivió en París y Londres. Regresó a su tierra natal en 1881 y fijó su residencia en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Allí ejerció, durante años, los cargos de relator y, más tarde, secretario de gobierno de la Audiencia Territorial. Sus primeros versos vieron la luz en 1899, pero prefirió siempre el silencio público y no editó libro alguno durante su vida. Su poema más conocido, el soneto titulado "Yo, a mi cuerpo", se publicó en 1922 en las páginas de la revista de Manuel Azaña "La Pluma", y no es su único poema memorable, como cabe advertir en este libro.

2 comentarios:

Ana Maria Espinosa dijo...

Todo un ejemplo de poeta y poesía.
Un soneto "pa quitarse el sombrero"

Qué buena también esta entrada.

Buen miércoles.

Viktor Gómez dijo...

Ana, lo que te comentaba, el análisis de Jaime Siles a este soneto, publicado en un libro que se llama Translecturas, si no recuerdo mal, es soberbio.

Intentaré pasártelo.

Un beset,

Tu Víktor